La Guerra de Malvinas se perdió en Londres y en Madrid, no en las Islas

Si queremos una República Argentina verdaderamente soberana, debemos tener una seria y firme Política de Estado. Con políticos comprometidos con los intereses de la Nación y no con las próximas elecciones. Con la vista puesta en Londres y Malvinas, y no en las cámaras de la televisión argentina.
Como argentinos de bien debemos exigir a los gobernantes de turno una verdadera política de compromiso con la Causa Malvinas y perenne en el tiempo pese al color político de los distintos gobiernos. Comenzando con la “denuncia y derogación de los Tratados de Madrid”, ley de protección de capitales británicos en el territorio y todo aquel instrumento que, disfrazado de legalidad, lesione los intereses nacionales.

 

Cada 2 de abril en la República Argentina se conmemora el aniversario de la recuperación de las islas irredentas del Atlántico Sur por nuestras FFAA. Muere allí, nuestro primer Héroe de la Gesta, el Capitán Giachino, quien al solicitar al gobernador la rendición de la plaza lo hizo como un caballero y como respuesta recibió un disparo mortal.
Más tarde otra muestra del traidor proceder del gobierno británico se da cuando el crucero General Belgrano es atacado cuando se retiraba de la zona de conflicto por haber cumplido su misión, sin el menor reparo por la suerte de sus tripulantes, en las azarosas y frías aguas del Atlántico Sur. El ataque misilístico del submarino atómico costó la vida de 323 marinos argentinos.
Luego, ya en plena batalla, los certeros ataques de la aviación argentina hicieron buen uso de los 4 misiles Exocet que poseían, volando al ras de las aguas para evitar ser detectados por los radares enemigos.
En el campo diplomático cabe agregar el falaz engaño del gobierno norteamericano de Reagan, que no tuvo reparos en simular una posición neutral en el conflicto asumiendo per se la función de intermediario, haciéndole creer a un poco informado presidente de facto que suponía que le habían dado luz verde para encarar semejante aventura bélica. No reparó, el poco preparado general, que unen a ambos países vínculos culturales, históricos, comerciales y geoestratégicos. Además, es su principal aliado y conspicuo miembro de la OTAN. Mientras, se ganaba tiempo de esta manera para que llegaran los casi 200 barcos de la fuerza de tareas británica al escenario del conflicto.
Este sucio juego lo cumplió el secretario de Estado, mientras que el ministro de Defensa le proporcionaba toda la ayuda bélica necesaria, incluso satelital, para lo que tuvo que desviar la órbita de uno de sus satélites Landsat a fin de cubrir la zona del conflicto y de esta manera darles información precisa a las fuerzas inglesas.
A ello cabe agregar la actitud carente de sinceridad del presidente Pinochet de Chile, que le proporcionó toda clase de apoyo al invasor británico, mientras aseguraba a nuestro país que la frontera oeste estaba bien resguardada.
“Sin esa ayuda”, escribió un alto oficial retirado de la Royal Navy en sus memorias, “difícilmente hubiéramos ganado la guerra”.
En definitiva, fue una guerra relámpago, mal preparada, que concluyó con la rendición de nuestras FFAA ante las del Reino Unido, evidentemente mejor equipadas. Pero no constituyó un paseo para las tropas de élite inglesas fogueadas en muchos escenarios y equipo adecuado al terreno donde iban a actuar. Los propios británicos destacan el coraje y valentía de nuestros soldados.
 
Luego del cese de hostilidades:
Todo esto preparó el camino para lo que años más tarde haría incursionar a la Argentina por el camino de la humillación y pérdida de soberanía. Todos los países que fueron derrotados por los Estados Unidos y sus aliados hubieron de pagar caro ese atrevimiento.
En Versalles, al finalizar la Primera Guerra Mundial, los perdedores fueron castigados muy severamente con pérdidas territoriales, pesadas indemnizaciones, sanciones financieras, sociales y políticas. El país más castigado fue Alemania. Este exceso en las sanciones hirió muy profundamente la sensibilidad del pueblo alemán, lo que, unido al desastre económico de la República de Weimar, posibilitó el triunfo de Hitler como canciller de Alemania en 1933. De allí al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, sólo mediaba un paso que costó a la humanidad 60 millones de víctimas.
En forma similar que Alemania, Austria, Japón, Italia e Irak, a la Argentina también era necesario castigarla por la Guerra de las Malvinas.
Según las textuales palabras de Wynston Churchill (nieto) en el parlamento británico: “A la Argentina hay que revolcarla en el fango de la humillación
El cese de hostilidades simplemente significó la rendición del jefe militar de las islas al jefe británico de ocupación y el retiro de las tropas argentinas.

Haciendo un poco de historia:
Nos encontramos con que el 2 de febrero de 1825, se firma el «Tratado de Amistad, Comercio y Navegación» entre el Reino Unido y las Provincias Unidas del Río de la Plata, tratado, que luego repetiría Chile, Colombia, México, Perú y Venezuela, transfiriendo la conducción económica y financiera a los británicos.
En ese Tratado se estableció una “Perpetua Amistad”, pero no frenó al Reino Unido que, en forma oscura y traidora, invadiera las Islas Malvinas en 1833, estableciendo una serie de privilegios, como transformar en inembargables sus posesiones, la libre navegación en mares y ríos, la aplicación de la “cláusula de Nación más favorecida” en todos los negocios, incluso, más que las que pudieran recibir las empresas argentinas. Se ratificó en el Tratado Roca-Runciman suscripto en Londres el 1 de mayo de 1933 y, en las Declaraciones Conjuntas del 19 de octubre de 1989 y, 18/19 de diciembre de 1989 en París, convertidas luego, en elTratado del 14/15 de febrero de 1990, comúnmente llamado Acuerdo de Madrid y, en el Tratado de “Promoción y Protección de Inversiones” en Londres el 11 de diciembre de 1990, complementario del anterior, convalidado por la Ley del Congreso de la Nación Nº 24.184.
 
El Tratado de Versalles argentino
Su nombre propio es “Tratado Anglo-Argentino de Promoción y Protección de Inversiones”. Fue firmado en Londres en 1990 y con la aprobación de nuestros representantes en el Congreso de la Nación, se convirtió en ley N° 24.184.
Como dicha norma constituye una vergüenza para el país, es necesario destacar quiénes fueron sus firmantes: el Presidente Carlos Menem y su entonces Ministro de Relaciones Exteriores Domingo Cavallo.
Entre otras humillantes cláusulas, se destacan por su ignominia las siguientes: Según dicho tratado el Reino Unido tendrá el control sobre las FFAA argentinas, especialmente en la rica Patagonia, donde ya existen vastas inversiones yanquis e inglesas. El art. 5º del Tratado dispone que la economía argentina se abriría y desregularía en forma irrestricta (art. 12) de manera que empresas estatales pudieran ser vendidas y privatizadas a precio vil (petróleo, minería, ferrocarriles, autopistas, líneas aéreas, electricidad, gas, agua, fondos de pensiones, seguros, reaseguros, bancos, etc.).
 
Madrid: la firma del acuerdo de paz entre Argentina y Gran Bretaña.
El embajador argentino en España en aquel entonces, Lucio García del Solar, confesó con toda sinceridad su desconocimiento del tema Malvinas hasta que la casualidad lo colocó -dice él- en el trance de constituirse en el negociador por la Argentina, en las tratativas realizadas entre 1989 y 1990, que concluyeron con el restablecimiento pleno de las relaciones diplomáticas ocho años después de finalizada la Guerra de las Malvinas. El documento se firmó en 1990.
Nos conmueve la sinceridad del embajador, pero nos preocupa mucho saber que la suerte de tan importante acuerdo estuviera en manos de un diplomático que confiesa sin rubor desconocer uno de los más importantes temas de la agenda de la diplomacia argentina.
El acuerdo implicaría la reapertura de las respectivas representaciones diplomáticas.
Entrando en la parte sustantiva del acuerdo, diremos que la bilateralidad que se determina en el mismo para la política militar, para la política exterior y para la política económica, implica el reemplazo de la República Argentina independiente por una virtual confederación anglo-argentina.
De allí que otros califican este acuerdo como el ingreso de la república sudamericana en la Comunidad Británica de Naciones. De hecho, Argentina pasa a formar parte de Commonwealth.
Es decir, la Argentina adhiere a todo a cambio de nada. Una franca derrota.
El Dr. Julio C. González (Los Tratados de Paz por la Guerra de Malvinas, 1998), desenmascaró con valentía y dignidad ciudadana este ruin Tratado, quien oportunamente entendió que, «el vocablo “declaración” es inapropiado e improcedente, ya que, cuando tal manifestación genera obligaciones recíprocas para los Estados que la suscriben y para terceras organizaciones jurídicas internacionales, el término que debe usarse es “Tratado”, y, por lo tanto, si no media aprobación del Congreso no habrá de ser obligatorio para la República ni tendrá el carácter de ley suprema de la Nación».
Casi nadie está exento de responsabilidades. El recientemente fallecido Dante Caputo fue el gestor inicial del Tratado de Madrid y, no pudo concluirlo porque se aceleró el fin del gobierno en 1989, pero luego, como Diputado, dio su voto afirmativo al Protocolo de Garantías de Inversión en 1992. Los Tratados los terminó concretando Cavallo y casi todos los diputados y senadores nacionales de las distintas extracciones partidarias transformaron en Ley el proyecto elevado por Carlos Menem, Guido Di Tella, Domingo Cavallo y León Arslanián, que, según Julio C. González «fue redactado por el Foreign Office»
Finalmente, diremos que el vaciamiento del patrimonio del Estado vendiendo por la décima parte de su valor las empresas de servicios públicos, la política de vaciamiento del patrimonio de los particulares esquilmados por impuestos y gravámenes confiscatorios y la política de despojo de los salarios y jubilaciones constituyen lisa y llanamente el pago de la indemnización que nos impuso Gran Bretaña para resarcirse de los gastos de la Guerra de las Malvinas.
En 2016, los Cancilleres Malcorra y Faurie ratificaron el Tratado de Madrid para llevar adelante el pacto Foradori-Duncan y seguir entregando nuestros recursos a cambio de absolutamente nada.
Desde estos originales tratados de sumisión y vergüenza, han pasado los años y los distintos Gobiernos en Argentina. Todos ellos llenaron las pantallas televisivas con grandilocuentes discursos, sólo declamativos, a favor de la Soberanía Argentina sobre Malvinas y los territorios ocupados por Gran Bretaña en nuestro Atlántico Sur, sin que ninguno de ellos, de 1990 a la fecha, haya denunciado y derogado estos viles y entreguistas tratados de Madrid.
 
Conclusiones:
Si queremos una República Argentina verdaderamente soberana, debemos tener una seria y firme Política de Estado. Con políticos comprometidos con los intereses de la Nación y no con las próximas elecciones. Con la vista puesta en Londres y Malvinas, y no en las cámaras de la televisión argentina.
Como argentinos de bien debemos exigir a los gobernantes de turno una verdadera política de compromiso con la Causa Malvinas y perenne en el tiempo pese al color político de los distintos gobiernos. Comenzando con la “denuncia y derogación de los Tratados de Madrid”, ley de protección de capitales británicos en el territorio y todo aquel instrumento que, disfrazado de legalidad, lesione los intereses nacionales.

 
 
                                                                                                                 Conrado Zamora
                                                                                                                      Presidente

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