• Sapper Hill


    A las 07.00 del aquel aciago 14 de junio, solamente tres posiciones argentinas resistían en monte Tumbledown, una de ellas, la del bravo teniente Vázquez

Publicado el 30 Agosto 2021  por


A las 07.00 del aquel aciago 14 de junio, solamente tres posiciones argentinas resistían en monte Tumbledown, una de ellas, la del bravo teniente Vázquez y otra el BIM5 al mando del capitán Robacio. Para entonces, el conscripto Acosta agotaba las últimas cargas de su ametralladora pesada MAG y sus compañeros Güida y Pérez, a cargo de los morteros de 60 mm, combatían con fusiles porque los proyectiles destinados a sus piezas se habían consumido.

En esa situación se encontraban estos últimos cuando una granada cayó en su trinchera y sus esquirlas les destrozaron las piernas.

Ahogados por el humo, los soldados se arrastraron fuera del pozo, tosiendo sin parar, hasta que un grupo de ingleses se les acercó a brindarles ayuda. Tumbledown estaba cayendo.

En otra parte, el contraataque del subteniente Vilgré La Madrid se prolongó hasta las 06.30 gracias al apoyo de fuego del teniente de navío Ubaldo Pagani y las piezas de 155 mm del Grupo 3 de Artillería.

Durante el repliegue fue rescatado el conscripto Muelas, un ametralladorista escocés fue abatido por el cabo Valdés con la granada de un fusil PDF y en un punto distante, la ametralladora MAG del cabo segundo Robles contenía un intento de penetración por el flanco izquierdo.

A las 08.30, el teniente Miño, herido en una pierna, ordenó el repliegue hasta la posición ocupada por el teniente Villarraza, llevándose consigo al suboficial Ponce, al guardiamarina De Marco y a los veintiún hombres que tenía a su cargo. Una hora después, sin ninguna baja, alcanzó el puesto de mando del capitán Robacio quien el ver las condiciones en las que se encontraba, lo derivó al hospital mientras retenía a su gente para reagruparla en Sapper Hill, siguiente objetivo de las fuerzas británicas.

Para entonces, las compañías “Obra” y “Nacar”, o mejor sería decir, lo que quedaba de ellas, se habían replegado en tanto la Sección 4 del teniente Vázquez se rendía al enemigo tras una lucha catalogada por los mismos británicos como heroica. Los argentinos en Tumbledown perdieron 30 hombres y tuvieron cerca de un centenar de heridos en tanto los ingleses acusaron 10 muertos y 53 heridos aunque todo parece indicar que ocultan algunas bajas más.

El siguiente objetivo británico, según se ha dicho, era Sapper Hill, último bastión de la defensa argentina antes de Puerto Argentino. Lo defendía la 3ª Sección de la Compañía “Mar”, a cargo del guardiamarina Alejandro Koch cuyas posiciones debieron ser reubicadas por encontrarse de cara a la costa.

Mientras los ingleses se aprestaban a lanzar el ataque, algunas secciones como la del cabo segundo Carlos Jorge Sini reforzaban el perímetro defensivo, desplegándose unos 100 metros una de otra.

El batallón recibió la orden de retroceder hasta la capital, movimiento que debía efectuar bajo la protección de la sufrida sección del guardiamarina Koch.

A las 13.30, cuando éste último se dirigía al puesto de comando para solicitar órdenes, aparecieron tres Sea King provenientes del recientemente evacuado monte Williams, con la evidente intención de desembarcar efectivos.

El cabo segundo Sini observaba con verdadero espanto a Koch, caminando sin percatarse de lo que ocurría y como un conscripto lo alertaba a gritos indicándole ponerse a cubierto.

Los aparatos lanzaron una cincuentena de efectivos desde muy baja altura, los cuales se desplegaron por el terreno, a 300 metros de un contenedor abandonado y 1000 de donde se encontraba Koch.

El guardiamarina corrió hasta un puesto de ametralladoras y una vez ahí, ordenó a sus servidores abrir fuego. Los hombres se apresuraron a obedecer disparando varias ráfagas, mientras los conscriptos apostados cerca accionaban sus fusiles FAL.

Cuenta Emilio Villarino en Batallón 5, que los ingleses, sorprendidos por una presencia que no esperaban, se dispersaron velozmente y buscaron cobertura detrás del contenedor, respondiendo la agresión con sus armas automáticas y sus morteros1.

Alcanzado por el fuego de las ametralladoras, uno de los helicópteros comenzó a humear y otro se posó pesadamente, con el rotor averiado a causa de los impactos.

El combate fue creciendo en intensidad a medida que los británicos avanzaban.

La metralla hirió al conscripto Leyes en el cuello y la cabeza, lo mismo a su compañero Eleodoro Monzón, que recibió un impacto cuando iba a disparar su lanzacohetes. Al soldado Walter Cabral se lo dio por muerto al no responder los llamados de Sini y el apuntador Sergio Robledo, cayó herido por las esquirlas de un proyectil de mortero.

Koch corrió hasta donde se hallaba tirado Cabral y vio con preocupación que presentaba una grave herida en el pie en tanto Robledo yacía inconsciente. El resto de la sección comenzó a replegarse en “combate retrógrado”, maniobra muy conocida por los conscriptos por haberla practicado infinidad de veces antes de pasar a las islas, y así llegaron hasta la capital.

Durante los enfrentamientos en Sapper Hill cayó herido el soldado Marcos Irrázabal, ametrallado por dos Sea Harrier cuando corría por el campo junto a un compañero, en procura de alimentos. Los proyectiles le dieron en el brazo izquierdo al que debieron amputarle una vez finalizada la guerra.

La primera sección se replegó bajo las órdenes del conscripto Paredes, quien asumió el mando tras la muerte de Leyes. La última en hacerlo fue la de Koch, a la cual también pertenecía el soldado ametralladorista Colbeneyer. Mientras retrocedían, Sini cargó al herido Acosta y se lo llevó a cuestas, dejando a sus espaldas al agonizante soldado Robledo, quien acabó muriendo luego de pedirle al cabo Daniel Emiliano Benítez y al mismo guardiamarina Koch, que se habían acercado para socorrerlo, que lo dejasen allí y se pusiesen a salvo.

Así fue como llegaron a un descampado de 800 metros de extensión que debieron atravesar en medio de la resolana, cubiertos por el inesperado apoyo de la ametralladora manipulada por el conscripto Castillo, de la sección al mando del cabo Maciel.

Al ver al grupo de Koch en retiraba, Castillo abrió fuego, conteniendo a los británicos el tiempo suficiente como para darle a los suyos tiempo de replegarse.

Para entonces, los británicos dominaban las alturas circundantes y estrechaban el cerco en torno a la capital. Entonces, sus avanzadas en Sapper Hill fueron testigo del aterrizaje de un nuevo Hércules C-130 en cuyas bodegas transportaba pertrechos y se aprestaba a evacuar personal.

Al verlo tocar tierra, el mayor Armitage del Para 2 ordenó tirar contra él pero sus disparos quedaron cortos. Según cuenta Thompson, el oficial habría mascullado entre dientes algo así como “¡Amartillen los malditos cañones y tiren!”2.

El Hércules en cuestión era el aparato matrícula TC-65 al comando del capitán Víctor H. Borchet, que bajo el indicativo “Pato”, había partido de Comodoro Rivadavia a las 15.30 (18.30Z) llevando a bordo el último cañón SOFMA de 155 mm con su correspondiente munición. Según recuerda el comodoro Roberto F. Mela, uno de sus tripulantes: 

Ya en tierra nos dirigimos al extremo de pista más cercano a Puerto Argentino, donde habitualmente hacíamos las descargas, pero nos dijeron que fuéramos al otro porque ahí ya caían algunas granadas. Así que dimos media vuelta y fuimos a la otra cabecera.

Súbitamente ¡alerta roja!: una patrulla de Harrier se acercaba al lugar. Llegó la orden terminante de evacuar el Hércules, por lo que cortamos motores y corrimos, en plena obscuridad, a buscar refugio a los lados de la pista. Permanecimos casi una hora esperando un ataque que al final no se produjo. Exactamente a las 20:30 horas nos avisó el radar de Malvinas que los Harrier se habían alejado y nos ordenaban despegar de inmediato. Corrimos hasta el avión, pusimos en marcha los motores en tiempo record, un rápido carreteo por la pista sembrada de esquirlas y a las 20:35 estábamos en el aire con nuestra carga de casi setenta evacuados, entre ellos dos periodistas de la televisión argentina.

Cuando salimos nos pegamos tanto al agua que el altímetro marcaba por debajo de cero. No sé como hicieron los pilotos (los entonces capitanes Víctor Borchert y Hernán Daguerre), pero una vez en el aire nos sentíamos más confiados porque estábamos en nuestro elemento. Aterrizamos en los primeros minutos del 14 de junio, poco más de nueve horas después de la partida. Dormimos algunas horas y al despertar nos enteramos de que Puerto Argentino había caído3


La tripulación del Hércules regresó al continente sin problemas, con la doble satisfacción de haber cumplido la misión de manera impecable y de haber sido el último avión en romper el bloqueo británico4.

De haberse prolongado un día más la guerra, la pista de Puerto Argentino hubiera quedado al alcance de las piezas de artillería británicas y el efectivo puente aéreo que los argentinos mantuvieron vigente durante todo el conflicto, habría dejado de ser una realidad.

Esa noche, entre las 23.00 y las 24.00, los comandos argentinos de las compañías 601 y 602 abordaron el “Forrest” y cruzaron a la vecina península de Cambers para iniciar operaciones desde ese punto. Mientras eso ocurría, el capitán Robacio solicitaba los mencionados refuerzos a los regimientos de Infantería 6 (Sección B) y 3 (Sección A) a efectos de sostener su posición.

En tanto se desarrollaban las batallas en Tumbledown y Williams, se le ordenó al Grupo 3 de Artillería al mando del teniente coronel Martín A. Balza y al Grupo de Artillería Aerotransportada 4 del teniente coronel Carlos A. Quevedo, abrir fuego sobre posiciones enemigas ubicadas a 1500 metros al noreste de Goat Ridge ya que desde ese punto se hostilizaba al BIM5.

La Compañía B del GADA 101 informó acerca de la detección de un desembarco a 500 metros al este de sus posiciones, en los extremos de Puerto Williams, por lo que, siendo las 00.59 del 14 de junio, se le ordenó al teniente coronel Mohamed Alí Seineldín que el regimiento a su cargo disparase con sus morteros en aquella dirección. Al mismo tiempo, las baterías del teniente coronel David Comini del RI3 y las del teniente coronel Jorge Halperín del RI6, batían Puerto Penarrow, permitiendo a los comandos efectuar patrullas de rastrillaje.

Mientras la gente de Seineldín producía bajas entre los efectivos del SAS y el SBS que intentaban desembarcar cerca del GADA 101, los combates en Tumbledown arreciaban.

A las 02.40, el RI25 comenzó a recibir fuego naval, lo mismo la sección de comandos del capitán Rodrigo Alejandro Soloaga, segundo jefe del Escuadrón de Exploración CB1-10. Poco más de dos horas después, la situación del RI7 era insostenible (como la de todo el dispositivo de defensa argentino) por lo que, desde su comando se informó que ya no se podía sustentar la posición y era imposible seguir resistiendo. Quien sí lo hizo un tiempo más, fue el mencionado capitán Soloaga, cosa que hizo saber al general Jofre a través de la radio.

Con el fuego enemigo cada vez más violento, la artillería argentina batía el área ubicada a 1000 metros al norte de Moody Brook, en las mismas puertas de la capital del archipiélago. Para entonces, las defensa de Wireless Ridge se hallaban completamente desorganizadas y el perímetro defensivo colapsado.

A las 05.00 el comando de la X Brigada le ordenó al mayor Oscar R. Jaimet batir las laderas de aquel monte y eso le permitió a la Sección 4 del RI3 avanzar sobre los viejos cuarteles mientras los grupos de Artillería 3 y Artillería Aerotransportada 4 brindaban apoyo con su fuego.

A las 05.30 el capitán Robacio notificó que su batallón era atacado desde el oeste por más de un regimiento y casi al mismo tiempo, observadores adelantados daban cuenta que los guardias galeses comenzaban a ocupar Sapper Hill.

Lentamente la Argentina perdía terreno.

A las 09.35, el capitán Robacio comunicó que iniciaba el repliegue junto a la Compañía B del RI6 y así se hizo. Después de combatir con heroísmo, sus efectivos comenzaron a moverse de manera ordenada, destruyendo las armas que no podían cargar, además de un jeep, un camión de la Sección Comunicaciones de la Infantería de Marina y un helicóptero Puma de la PNA que se encontraba en las inmediaciones de la casa del gobernador (utilizaron para ello granadas de mano). También arrojaron al agua un buen número de ametralladoras evitando de ese modo, que cayesen en manos del enemigo y éste las utilizase en su contra.

La gente del BIM5 se replegaba ordenadamente con el capitán Robacio a la cabeza (algo realmente emocionante), cuando los batallones restantes lo hacían desordenadamente e improvisando como mejor podían.

Una cosa que llamó poderosamente la atención de los jefes de las unidades fueron ciertas voces impartiendo a los gritos la orden de retirada, las cuales no fueron emitidas por nadie. Como muchas de ellas evidenciaban acentos diferentes al argentino, se llegó a la conclusión de que elementos infiltrados por el enemigo intentaban provocar una desbandada general (que no se produjo). Por esa razón, el general Jofre, con plena determinación, ordenó disparar contra todo aquel que procediera de manera sospechosa o diese la sensación de estar intentando generar confusión. 

Con el repliegue del BIM5 y sus unidades de refuerzo, la resistencia argentina llegó prácticamente a su fin. Aun así se siguió luchando por un buen tiempo y en ese sentido, el camino entre Moody Brook y Puerto Argentino continuó siendo intensamente batido por la artillería enemiga.







Notas
1 Emilio Villarino, Batallón 5, Aller Atucha y Asociados, Bs. As.
2 Julian Thompson, op. cit.
3 Revista Aeroespacio, Nº 547
4 Integraban su tripulación, además de Borchet y Mela, el capitán Hernán Alberto Dagerre, los suboficiales auxiliares Héctor Antonio Sosa, Hugo Delmar Castellini y Carlos Humberto Paoloni y el suboficial ayudante Manuel Roberto Carabajal. En ese avión regresó al continente la bandera que flameó en la Base Aérea Militar "Malvinas" y fueron evacuados los corresponsales de guerra Nicolás Kasansew, Alfredo Lamela y Alberto Novo. Lamela sufrió un desmayo a causa de la tensión nerviosa experimentada durante el vuelo. Años después, se supo que había sido un micro infarto.


Fuente: Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Autor: Alberto N. Manfredi (h)

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