• Escaramuzas en territorio enemigo


    El 1 de junio por la tarde, el Escuadrón 801 perdió una nueva unidad durante una patrulla de reconocimiento armado al sur de Puerto Argentino.

Publicado el 19 Septiembre 2021  por


El 1 de junio por la tarde, el Escuadrón 801 perdió una nueva unidad durante una patrulla de reconocimiento armado al sur de Puerto Argentino.

El capitán Ian Mortimer (avión matrícula XZ456) volaba a aproximadamente 13.000 pies de altura, cuando a las 14.50 (17.50Z) creyó distinguir movimientos cerca del aeropuerto. Decidido a indagar, hizo un leve giro hacia el norte para aproximarse en línea recta a la pista, En ese preciso instante, de manera repentina, advirtió un fugaz resplandor en tierra e inmediatamente después lo que parecía ser la estela de un misil.

Mortimer sobrevolaba las aguas del mar, a 7 millas de la capital malvinense, cuando sintió un fuerte estremecimiento.

“Al ver al misil ascendiendo, dejando una estela de humo gris claro, giré en alejamiento, elevé la nariz e intenté que el proyectil me sobrepasara. Nunca imaginé que podría acertarme, estaba convencido que me hallaba más allá de su alcance y que quedaría corto. Salió de mi campo visual unos dos mil pies debajo de mi avión, y miré hacia la nariz, esperando ansiosamente verlo reaparecer del otro lado, muy debajo y cayendo hacia el mar. En cambio, sentí una enorme explosión en la cola de mi avión. Lo que más recuerdo fue la increíble violencia de todo eso, cuando la cabina conmigo dentro empezó a dar volteretas por el cielo. Tiré de la manija d eyección antes de medio segundo del impacto; creo que estaba invertido cuando emergí de la cabina”.

Mortimer salió violentamente despedido, dio un par de vueltas en el aire y abrió su paracaídas, iniciando un lento descenso hacia aguas abiertas. Una fuerte brisa lo empujó cinco millas al este, alejándolo de la zona de impacto.

Tardó diez minutos en zambullirse y solo dos en inflar su balsa salvavidas. Ya sobre ella, se desprendió de las correas que lo sujetaban al paracaídas y echó un primer vistazo a su alrededor para ver donde se encontraba.

Al parecer estaba a salvo aunque no por mucho tiempo; el mar comenzaba a agitarse y el frío era intenso, lo que hacía su rescate imperioso.

Tomó su radio de emergencia SABRE y a través de ella hizo un primer llamado:

“Mayday, mayday, líder Silver a base”.

Minutos después volvió a insistir.

“Mayday, mayday, mayday, líder Silver, derribado por Roland cinco millas al sur de Stanley”.

Antes de apagar el aparato, alcanzó a escuchar una voz en inglés que parecía confirmar la recepción.

Mortimer rogaba que las estaciones de transmisión enemigas no hubiesen captado la señal y mientras obscurecía, extrajo dos pastillas para el mareo y se las colocó en la boca. A lo lejos logró distinguir un helicóptero Chinook seguido por un avión bimotor que lo buscaban cerca de donde se había estrellado su avión. Afortunadamente la providencial ráfaga que lo empujó hacia el este después de eyectarse, lo salvó de caer prisionero.

Aún así, sabía que debía ser rescatado y por esa razón volvió a encender su radio para enviar un nuevo mensaje.

“Mayday, mayday, líder Silver a base. A cualquier Sea Harrier en el área, hay dos blancos a bajo nivel cinco millas al sur de Stanley.

En ese momento, las aeronaves argentinas viraron y se dirigieron hacia su posición. El avión pasó por encima de su cabeza a gran velocidad y el helicóptero lo hizo dos o tres minutos después, pero ambos viraron cuando la amenaza de los cazas británicos se hizo palpable.

Mortimer achicaba el agua de su balsa cuando el sol se ocultó y las sombras comenzaron a envolverlo. Resignado a pasar la noche en el mar, encendió su baliza luminosa y después de dos minutos la apagó. Media hora después volvió a repetir la operación y así lo hizo, una y otra vez, hasta que a las 23.30 (02.30Z), creyó percibir el sonido de un rotor.

Pese a no sentirse plenamente seguro si se trataba de una aeronave propia o enemiga, estaba tan congelado que volvió a encender la baliza, sin importarle a esa altura quien merodeaba en los alrededores. Un minuto después, tenía sobre sí la gigantesca silueta de un Sea King británico, “…una hermosa imagen que mejoraba a cada momento…”,. De su parte posterior pendía un cable y en su extremo, un soldado irlandés, el cabo Mark Finucane del Escuadrón 820 (HMS “Invinsible”), quien lo sujetó fuertemente y lo amarró al tirante para subirlo a bordo.

Recién entonces supo que se trataba del helicóptero matrícula XZ574 al comando del teniente Keith Dudley, cuya tripulación lo buscaba hacía horas.


Casi en el mismo momento en que finalizaba el combate de Top Malo House, se lanzaba la operación de comandos conjunta a bordo de tres Bell UH-1H que debían depositar a sus avanzadas en las elevaciones centrales, en espera del grueso de la fuerza.

Como siempre acontecía en estos casos, los aparatos volaron pegados al suelo y a gran velocidad. El que transportaba a la sección del teniente Alejandro Brizuela, de la CC601, se posó a menos de un kilómetro de distancia del monte Estancia mientras los dos restantes siguieron vuelo, el primero hacia Bluff Cove, donde depositó a la gente de la CC602 al mando del capitán Tomás Fernández y el segundo al monte Kent, donde debido a un error del piloto, dejó a la gente del capitán Andrés Ferrero en la parte posterior del cerro, a menos de 500 metros de su ladera.

El teniente primero Fernández, quien llevaba al capitán Jorge A. Durán como segundo, ubicó a su gente en la cara opuesta, un tanto hacia el este y dos kilómetros más adelante a la del capitán Eduardo M. Villarruel, a efectos de que reconocieran el terreno, detectasen presencia enemiga y estableciesen tanto sus avenidas de aproximación como sus corredores aéreos.

Al llegar al monte Kent, la sección de Ferrero fue atacada por un pelotón enemigo que abrió fuego con dos morteros e igual número de ametralladoras pesadas. Una veintena de efectivos ingleses se hallaban apostados allí y parecían estar esperándolos.

Lo primero que se escuchó fue una terrible explosión, cuya onda expansiva arrojó al jefe de la sección sobre la turba y le hizo creer que todos sus hombres habían muerto. Al cabo de un instante, en medio de los disparos y estallidos, la voz del teniente primero Francisco Maqueda, le hizo ver que no era así. Casi enseguida escuchó hablar al sargento primero Arturo Oviedo, agazapado a escasos metros de su posición y eso le devolvió el espíritu combativo.

Despojados de sus mochilas, los comandos se aplastaron sobre el terreno, cubriéndose tras unas rocas y esperaron en tanto escuchaban las voces de mando del enemigo a menos de 100 metros de distancia.

La principal preocupación de Ferrero era dar el alerta a Puerto Argentino y detener al grueso de la fuerza, porque lejos de lo que se suponía, los británicos ocupaban el monte Kent y eso los tomaría por sorpresa. Mientras cavilaba, se dio cuenta que desde otras posiciones, sus hombres respondían el fuego pues las trazadoras iban de un lado a otro, rebotando en todas direcciones.

Sabiendo que su sección iba a ser aniquilada, se puso a rezar pidiendo un milagro y este se presentó en la forma de una tormenta de nieve extremadamente cerrada que apenas permitía ver a un metro de distancia.

Eso facilitó el repliegue, el cual se hizo a toda velocidad, descendiendo por la pendiente bajo una persistente nevada y con algo de viento. En ese momento, el sargento primero Oviedo extravió el camino y se desprendió del grupo, no así sus compañeros, quienes pese a encontrarse exhaustos, siguieron avanzando dificultosamente, orientados por la brújula de Ferrero. De ese modo, en medio de la borrasca, evadieron el cerco enemigo y alcanzaron una pequeña elevación desde la que pudieron distinguir las lejanas luces de Puerto Argentino.

Pasado un tiempo prudencial desplegaron sus bolsas de dormir, se cubrieron con sus ponchos y se dispusieron a pasar la noche después de racionar unas tabletas de chocolate.

Ferrero tardó un buen rato en concentrar el sueño, angustiado como estaba por dar pronto aviso a su gente y detener la operación a tiempo.

En otro sector, bastante más lejos, el teniente primero Horacio Lauría abrió fuego hacia donde el fragor del combate le indicaba que se hallaban apostados los ingleses. Detrás suyo se habían sucedido una serie de explosiones y una voz, la del sargento primero Raimundo Viltes, pedía auxilio lastimosamente pues un disparo le había perforado el pie. Algo más atrás, el sargento primero Orlando Aguirre avisaba que habían caído en una emboscada y era imperioso efectuar un repliegue.

Cuando se abatía sobre ellos una lluvia de balas, Lauría ordenó contraatacar y se lanzó a la carrera hasta donde se encontraba Viltes herido. Al llegar lo ayudó a incorporarse y apoyando gran parte de su cuerpo sobre su hombro derecho, procedió a replegarse. En ese momento, numerosas bengalas iluminaron la obscuridad obligándolos a arrojarse nuevamente al suelo.

Una de esas bengalas, les mostró la espantosa realidad de la lucha, con las balas de los británicos perforando con violencia las mochilas que habían dejado tiradas sobre el terreno.

Durante la retirada, luego de vadear a un río de piedra, Lauría y Viltes se toparon con el sargento primero José Núñez, que también se replegaba acosado por el fuego enemigo.

A las 09.00 día siguiente, los comandos se desplazaban sobre el terreno y en esa situación divisaron a lo lejos a un grupo de hombres que se movía como para rodearlos.

Lauría estaba a punto de abrir fuego pero una voz lo alertó a tiempo, advirtiéndole que se trataba de una patrulla propia.

-¡Argentina!

Era el grupo de Brizuela que los recibió con gran emotividad pues sus componentes creían que la avanzada había sido completamente diezmada.

El sargento primero enfermero Manuel Vallejo procedió a practicarle a Viltes las primeras curaciones y poco después, todo el pelotón se dirigió hacia el monte Estancia, con la intención de acampar allí, a resguardo de los observadores enemigos.

Esa misma mañana, helicópteros propios relevaban a los comandos aferrados en el monte Kent, depositando en su lugar nuevos efectivos.

Uno de ellos, un Puma de la Prefectura Naval, transportaba refuerzos pertenecientes al escuadrón de fuerzas especiales “Alacrán” de la Gendarmería Nacional, al mando de su jefe, el comandante Jorge San Emeterio, con la misión de prestar apoyo a sus pares del Ejército1.

El helicóptero voló rumbo al el monte Longdon y después de contornear sus laderas, enfiló hacia el Kent, donde debía posarse para dejar a los comandos. Pero antes de alcanzar su cima, un cohete lanzado por un Blow Pipe impactó con notable precisión en su estructura, provocando su derribo.

Desde el monte Estancia el teniente Brizuela y su gente vieron con estupor como la máquina estallaba en el aire y se precipitaba a tierra, sobre la base del cerro.

Desesperado por socorrer a su gente, Brizuela corrió los tres kilómetros que lo separaban del lugar, seguido de cerca por Vallejo y el sargento primero Alejo Cantero. En esos momentos, el comandante San Emeterio y los sargentos Miguel Pepe y Ramón Acosta, trabajaban afanosamente para sacar a los heridos del interior en llamas del helicóptero, aún a riesgo de sus vidas.

Lograron extraer a nueve soldados pero no pudieron evitar la muerte de otros seis, que perecieron en el interior de la aeronave abrazados por las llamas, entre ellos el subalférez Guillermo Nasif, que en 1981 había efectuado el curso de comandos con la gente del Ejército.

Cuando la máquina estalló, los gendarmes se replegaron hacia la capital sin ver al grupo de Brizuela, que llegó al lugar pocos minutos después.


La fracción al mando de Villarruel se acercaba al monte Estancia cuando advirtió presencia enemiga en el establecimiento rural que daba nombre a la elevación2, única edificación visible en el inmenso páramo desértico.

Tras ordenar un alto, los comandos buscaron cobertura y enseguida distinguieron a una decena de soldados británicos caminando hacia la vivienda.

Para no ser detectados, se desplazaron en dirección a una pequeña loma situada entre los montes Kent y Estancia y poco después dieron con el teniente primero Enrique Rivas y el sargento Orlando Aguirre (09.00), quienes se encontraban allí desde el día anterior.

Los comandos intercambiaban información cuando aparecieron en vuelo rasante, dos Sea Harrier provenientes del este.

Los aviones pasaron a 100 metros de la posición donde se hallaban ubicados sin atacarlos, porque los confundieron con tropa propia. Desaparecían en el horizonte, camino a San Carlos, mientras en el monte Kent los helicópteros argentinos se elevaban y se dirigían velozmente a la capital llevando a bordo a los comandos evacuados.

Desde uno de los aparatos alguien percibió las señales que les hacía desde tierra el sargento primero Luis Gerardo Luna quien a su vez advirtió al piloto. La aeronave hizo un breve viraje y se posó sobre la turba para recogerlo. Eso le permitió a Villarruel acercarse y después de darse a conocer, y entregar la información de que tropas inglesas ocupaban el cerro. Era imperioso pasar el mensaje pues se debía detener el inminente envío de comandos hacia allí.

Se le encomendó al aviador contactar a los mayores Rico y Castagneto e informarles que las secciones habían sido atacadas y dispersadas, que no tenían radio, que el personal se encontraba bien y que solicitaba dos morteros de 120 mm con sus respectivas municiones porque todo parecía indicar que el enemigo se hallaba en posesión del monte Estancia.

Cuando el helicóptero levantó vuelo, los efectivos en tierra pudieron observar movimiento de tropas en Teal Inlet, a escasos 2 kilómetros de distancia, lo que generaba nuevos riesgos para las posiciones propias.

Los Harrier que habían sobrevolado la zona minutos antes, reaparecieron para atacar las laderas del monte Kent, suponiendo que aún quedaban comandos argentinos allí. Pasaron a baja velocidad arrojando sus bombas beluga y accionando sus cañones, cuyos proyectiles levantaban grandes trozos de turba al hacer impacto sobre la superficie.

Faltos de armamento adecuado para atacarlos, Villarruel y sus hombres emprendieron el regreso al monte Estancia y en el trayecto alcanzaron a ver sobre la cima del Kent, a soldados luciendo la típica indumentaria blanca de las campañas árticas. Los británicos los vieron pero creyendo que eran integrantes de alguno de sus batallones, no los atacaron.

Percatado de ello, Ferrero les hizo señas de un modo tan convincente, que aquellos le respondieron de igual manera, ignorantes de que quienes estaban enfrente eran comandos enemigos.

El grupo de Ferrero, integrado por los tenientes primeros Horacio Lauría y Horacio Guglielmone, el teniente Alejandro Brizuela, el sargento Mario “Perro” Cisneros, el sargento ayudante Alonso Albornoz y el sargento primero Luis Gerardo Luna, siguió replegándose, ignorando los pedidos de Viltes para que lo dejaran ahí solo, a efectos de no retrasarse. Así siguieron hasta las 16.00 cuando aparecieron por el este otros dos Sea Harrier volando a escasos 30 metros del suelo entre Bluff Cove Peack y monte Estancia.

Ahí sí, ante lo dificultoso que se estaba tornando el repliegue, decidieron dejar a Viltes y seguir adelante. Lo dejaron en una cueva que hallaron en el camino, en compañía del teniente primero Lauría, con el aparato de radio y la mochila del teniente primero Maqueda quien compadecido de su suerte, se las entregó.

Antes de partir, Ferrero llevó a un lado a Lauría y le dijo en voz baja que en caso de verse obligado a abandonar la posición, inyectara morfina a su compañero herido y una vez drogado, lo matase de un disparo para que no cayese en manos del enemigo. La medida era absolutamente innecesaria porque los británicos estaban demostrando un trato correcto y humanitario hacia los prisioneros y en ningún momento aplicaron métodos brutales. Según su razonamiento, era preferible perder a un hombre y no a dos, pero mientras escuchaba a su superior, Lauría ya tenía resuelto desoír la directiva. Después de todo, los ingleses no eran norvietnamitas.

A las 15.00, la sección de Ferrero reinició la marcha comprometiéndose a regresar por sus compañeros a la mayor brevedad posible.

Eran cerca de las 17.00 cuando llegaron a las estribaciones de Dos Hermanas donde encontraron apostado al escalón del capitán De la Serna que los estaba esperando con una moto. De esa manera, guiados por aquel, arribaron al puesto de mando de Aldo Rico, quien recibió a todos con un fuerte abrazo.

Ferrero narró su odisea, dando cuenta de cómo los británicos habían desbaratado la operación y solicitó volver en busca de Lauría y Viltes; sin embargo, el estado de agotamiento del grupo era tal, que el jefe de la Compañía se opuso terminantemente, argumentando que lo harían, pero al día siguiente.

Los recién llegados fueron subidos a un camión y trasladados hasta el gimnasio en Puerto Argentino donde se encontraron con el capitán Tomás Fernández que acababa de regresar solo porque durante la retirada, la sección a su mando se había extraviado (con el correr de las horas sus integrantes irían reapareciendo de a poco).

La historia que trajeron los comandos, no convenció ni a Jofre, ni a Menéndez, ni a Parada quienes pusieron en duda la presencia británica en Bluff Cove Peack y monte Estancia. Su desconfianza no solo generó malestar entre sus subordinados sino que volvió a mostrar su ineptitud como estrategas militares y máximas autoridades del archipiélago.


Esa misma noche (1 de junio), aviones Canberra MK-62 procedentes de Río Gallegos bombardearon el monte Kent. Habían partido del continente a las 03.59 bajo el indicativo “Huinca”, conformando una escuadrilla de tres bombarderos armados con proyectiles MK-17, para atacar posiciones a 51º 41’ S / 58º 10’ O, de la mencionada altura.

El avión Nº 1, matrícula B-108, llevaba como tripulantes al mayor Jorge Chevalier (piloto) y al primer teniente Ernesto Lozano (navegante); el Nº 2, con la matrícula B-105, al capitán Carlos Bertoldo (piloto) y al primer teniente Juan Reyes (navegante) y el Nº 3, matrícula B-109, al capitán Eduardo García Puebla (piloto) y al primer teniente Jorge Segat (navegante).

Volando sobre la Gran Malvinas, a la altura de las coordenadas 51º 40’ S / 58º 00’ O, el avión del capitán Bertoldo dejó de trasvasar combustible al tanque ventral y por esa razón debió regresar, aterrizando en la capital santacruceña a las 05.44. Los otros dos siguieron en descenso hasta divisar el objetivo, a las 04.49 abrieron sus compuertas y un minuto después, a una altura de 160 pies, dejaron caer sus bombas.

Mientras las cargas estallaban con gran estruendo en las laderas del monte, los bombardeos viraron y emprendieron el regreso, elevándose paulatinamente a medida que se alejaban. Los estallidos iluminaron el área y fueron vistos desde Puerto Argentino, seguidos por el lejano ruido de las detonaciones.

Cinco minutos después, el Sea Harrier matrícula ZA177 del teniente Andy McHarg3, entró en el área de detección del radar Malvinas en R 030º, a 20 millas náuticas de la capital, poniendo en alerta a los operadores de radares.

Como el CIC operaba con el radar de Ejército4, carecía de enlace con los Canberra y por esa razón, no podía establecer contacto con ellos. Urgido por advertirles sobre el peligro que corrían, estableció urgente comunicación con la FAS para que, a través del CIC Río Gallegos transmitiese la información al capitán Bertoldo.

A las 05:05 hs el Sea Harrier de McHarg perseguía a la escuadrilla “Huinca”; Lo hacía sobre los campos que se extendían al oeste de Darwin mientras trepaban hasta los 25.000 pies de altura. En esos momentos, un misil disparado desde tierra, se aproximó vertiginosamente a los aviones, obligándolos a lanzar bengalas y rejillas de aluminio con el fin de desviarlo. Al mismo tiempo desprendieron sus tanques de punta de plano e iniciaron el viraje de evasión para alejarse del área lo más rápidamente posible.

Ignorando que eran perseguidos por un avión enemigo, los pilotos lograron eludirlo gracias a las maniobras evasivas. Una hora y media después avistaban su base, donde aterrizaron con una diferencia de quince minutos, el N1 a las 06.30 y el Nº 3 a las 06.45. McHarg también emprendió el regreso porque pese a haber estado a solo 4 millas de los bombarderos enemigos, se encontraba al límite de su radio de acción y no deseaba correr riesgos.


Rico y Castagneto intentaron infructuosamente conseguir helicópteros para recoger a Viltes y Lauría. Por esa razón, el capitán médico Llanos propuso hacerlo en motocicleta, idea aprobada por ambos jefes pese a los riesgos que implicaba. El capitán Fernández Funes se ofreció para llevarla a cabo, seguido por los sargentos José Raúl Alarcón Ferreira  y Orlando Díaz con quienes conformaría una suerte de sección motorizada.

A todo esto, Lauría ya había determinado replegarse y ayudando a su compañero, se puso en marcha muy lentamente comprobando a los 400 metros, que el esfuerzo era enorme y en esas condiciones no se podía seguir. En vista de ello, el herido se colocó en cuatro patas y comenzó a gatear, tratando de aligerar la situación de su compañero. De ese modo, al cabo de un par de horas, alcanzaron el punto donde Llanos y Alarcón Ferreira los encontraron.

Los comandos descendieron y cargaron a ambos en sus motocicletas ignorando que los británicos observaban sus movimientos y esperaban el momento oportuno para atacarlos.

En su camino de regreso encontraron al capitán Frecha quien con la ayuda del sargento primero Héctor Cruz, intentaba mover un Land Rover empantanado. En ese preciso instante, el enemigo abrió fuego de artillería y eso los obligó a abandonar el vehículo (incluyendo su preciosa carga de Blow Pipes y municiones) y alejarse presurosamente junto a los recién llegados.

Para su fortuna, regresaron sanos y salvos. Vilches pudo ser atendido en el hospital y al día siguiente fue evacuado hacia Río Gallegos en el “Bahía Paraíso”. Lamentablemente, al llegar al continente, le debieron amputar el pie5.

El 2 de junio por la mañana, Frecha y Cruz regresaron por el Land Rover, acompañados por el sargento ayudante Nicolás René Artunduaga de la CC601, pero al aproximarse al vehículo, la artillería enemiga volvió a abrir fuego impidiéndoles acercarse. Lograron el objetivo veinticuatro horas después, aunque solo para recuperar los lanzamisiles y su carga de proyectiles porque el tractor que los había conducido hasta el lugar sufrió una pinchadura y no pudo desatascar el rodado.

Ese mismo día, cuando el grupo de Frecha estuvo de regreso, Aldo Rico hizo formar a su gente y una vez frente a ellos, pronunció palabras muy duras, criticando el desempeño y procedimiento de la Compañía. Los efectivos quedaron perplejos e incluso consternados porque los términos de su jefe fueron extremadamente hirientes. Escucharon en el más completo silencio, sin articular palabra, dolidos y avergonzados por creer que no estaban cumpliendo con su deber ni con la misión para la cual se habían preparado con tanto ahínco. Sin embargo, lejos estaba aquel de sentir lo que decía porque sabía muy bien que sus hombres estaban dándolo todo, aún más de lo esperado, luchando contra un adversario duro y muy superior, en un clima hostil y extremadamente riguroso. Sin embargo, iba a exigirles aún más, hasta llevarlos al límite de sus fuerzas.









Notas
1 La máquina despegó de la cancha de fútbol contigua a la Casa de Gobierno. A ella había intentado subir, infructuosamente, el teniente Jorge M. Vizoso Posse, de la CC602.
2 Estancia House próxima al extremo sur de la caleta Salvador.
3 Escuadrón 800. Provenía del “Hermes” encabezando un PAC formada por cuatro aeronaves.
4 El radar del CIC había sido destruido durante la misión Black Buck del día anterior.
5 En el mismo buque regresaba un hermano suyo que también había prestado servicios en las islas.


Fuente: Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Autor: Alberto N. Manfredi (h)

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