• Bajo fuego en Puerto Howard


    La mañana del 19 de mayo, la Compañía de Comandos 601 estaba lista para efectuar el cruce a la Gran Malvina en cumplimiento de una nueva misión.

Publicado el 23 Septiembre 2021  por


La mañana del 19 de mayo, la Compañía de Comandos 601 estaba lista para efectuar el cruce a la Gran Malvina en cumplimiento de una nueva misión. Informes enviados por el RI5 acantonado en Puerto Howard, venían dando cuenta de movimientos extraños en el lugar y por esa razón era imperioso efectuar una recorrida para determinar su origen.

Según un análisis efectuado por Castagneto y el mayor Doglioli, el desembarco británico iba a tener lugar en Fitz Roy, San Carlos o el istmo de Darwin, entre el 19 y el 21 de ese mes y por esa razón llamó mucho la atención que la compañía de comandos fuese enviada a una misión carente de sentido, lejos de las zonas de peligro, en áreas que Inteligencia no había señalado.

Puerto Howard era el único punto ocupado por las fuerzas argentinas que la aviación británica todavía no había atacado y por esa razón, el mayor Castagneto suponía que debía enviarse hacia allí al grupo de emboscada de la Compañía, al mando del capitán Frecha, seguro de que el enemigo iba a realizar alguna acción en ese sector.

Después de racionar en caliente, los efectivos seleccionados recogieron sus equipos y echaron a andar hacia el campo de fútbol contiguo a la casa del gobernador, donde esperaban posados tres helicópteros Puma para trasladarse a la zona asignada.

Los aparatos, con capacidad para veinte personas cada uno, estaban listos para levantar vuelo pero la niebla, extremadamente densa aquella mañana, había hecho imposible su partida. Por esa razón, los soldados debieron descender y esperar sentados sobre el césped hasta que el clima mejorase.

Cerca de las 12.30 la bruma se disipó y entonces los comandos se incorporaron y abordaron las aeronaves. Una vez todos arriba, las mismas se elevaron y poniendo proa al oeste enfilaron hacia la Gran Malvina, escoltados por un Agusta A-109 de ataque.

A gran velocidad, desplazándose a muy baja altura, la formación atravesó el sector norte de la isla Soledad, cruzó el gran brazo de agua que baña Teal Inlet y sobrevoló Puerto San Carlos, localidad en la cual habían estado 48 horas antes.

Cruzaron el estrecho al ras de las olas, casi en su misma desembocadura y a la altura de Punta Roca viraron hacia el sur, en dirección a Puerto Howard.

A medida que avanzaban, la niebla comenzó a concentrarse y a tornarse más densa, dificultando notablemente la visión. Eso preocupó a los pilotos y al mismo Castagneto porque los helicópteros carecían del instrumental adecuado para volar a ciegas y existía el riesgo de impactar contra los acantilados.

Hasta tal punto se hizo crítica la situación que por un momento se pensó abortar la operación y regresar al punto de partida. Afortunadamente, a los pocos minutos, la vista de un peñasco les permitió orientarse y seguir avanzando y algo más adelante, comprobar que volaban sobre tierra firme.

Como la bruma hacía prácticamente imposible la navegación, el piloto se volvió hacia Castagneto y le preguntó si debía detenerse.

-¡¿Aterrizamos aquí?! – gritó por encima del ruido producido por el rotor.

-¡Sí! – gritó el jefe de los comandos y acto seguido, las máquinas comenzaron a descender posándose suavemente en las laderas del monte Rosalía.

Los comandos saltaron a tierra y procedieron a montar el campamento, armando las carpas y desplegando sus bolsas de dormir. Los pilotos, en cambio, permanecieron en el interior de sus aparatos, al amparo de las inclemencias del tiempo, atentos a la radio.

Para protegerse de la helada y la ventisca, los hombres de Castagneto colocaron sus mochilas junto a las bolsas de dormir y eso mitigó en parte sus efectos. Y es que a esa altura, las ráfagas se habían tornado realmente huracanadas, con una llovizna helada y un frío que calaba los huesos.

En esas condiciones pasaron la noche, despertando a la mañana siguiente completamente empapados y entumecidos, aunque dispuestos a seguir.

Recién a las 10.00 el tiempo mejoró un poco y eso les permitió subir a los helicópteros y reemprender la marcha, sin embargo, quince minutos después debieron posarse nuevamente porque el clima había vuelto a empeorar.

Reanudaron el avance cerca del mediodía y así siguieron hasta que en la lejanía se recortó la silueta de una casa solitaria1, hacia la cual se aproximaron para hacer una inspección. Siguiendo las instrucciones, adoptando las correspondientes medidas precautorias, apuntando con sus armas en tanto se hacían gestos con las manos para comunicarse entre sí.

La permanencia en aquel establecimiento no fue prolongada. Los efectivos recorrieron los alrededores y las 14.00, después de comprobar que el paraje se hallaba deshabitado, siguieron viaje bajo un cielo completamente despejado.

Al cabo de media hora, habiendo recorrido 30 kilómetros en dirección sudoeste, arribaron a destino, donde fueron recibidos por los integrantes del Regimiento de Infantería 5, apostado en el lugar.

Ni bien se terminaron de instalar, Castagneto despachó dos secciones de reconocimiento, una en cada helicóptero, para explorar las regiones situadas el norte y noroeste de las posiciones del regimiento.

Pasada una hora, el mayor Roberto Oscar Yanzi, a cargo de las aeronaves, manifestó a Castagneto su intención de regresar a Puerto Argentino porque debía hacer recarga de combustible. Cuando terminó de hablar, el jefe de los comandos se negó rotundamente; a su entender, era imperioso que los aparatos permaneciesen allí porque el general Menéndez se los había  asignado a la Compañía. Yanzi se manifestó en desacuerdo y por esa razón llamó por radio a la capital para hablar con el general Parada y con su jefe, el teniente coronel Reveand. Esa actitud generó un fuerte intercambio de palabras entre Castagneto y el piloto, el cual finalizó abruptamente cuando la gente de Yanzi emprendió el regreso y los cuarenta comandos quedaron allí, librados a su suerte.

Según argumentaba Reveand, las aeronaves debían preservarse de los ataques aéreos y permaneciendo en Puerto Howard quedaban sumamente expuestas. De nada le sirvió al jefe de la 601 insistir, ni aún después de manifestar a los gritos que mucho más valía la vida de un soldado.

Los comandos pernoctaron en el galpón de esquila del establecimiento, muy cerca del muelle donde se alojaba la sección de Ingenieros, soportando el frío y la humedad.

El 21 por la mañana, antes del amanecer, el capitán Frecha se dedicó a recorrer el caserío y sus alrededores, buscando un terreno donde instalar la emboscada antiaérea. Fue así como dio con un punto próximo al puesto de mando del RI5, en el centro del poblado, donde decidió apostar la sección antiaérea en forma escalonada. A la gente de Frecha la ubicó a 150 metros de la costa, en proximidades de la bahía, muy cerca de una pila de turba seca que los kelpers tenían allí; a la del teniente primero Sergio Fernández en segundo lugar, algo retrasada y a la del cabo primero Jorge Martínez a 20 metros de distancia, algo más cerca del pueblo, como unidad de puntería 3.

Cerca de las 08.15 comenzaron a escucharse ruidos de rotores. En un primer momento se pensó que se trataba de máquinas propias porque parecían llegar desde el istmo de Darwin pero alguien informó que se trataba de una máquina no identificada patrullando las inmediaciones del estrecho.

No podía ser un helicóptero argentino por la sencilla razón de que ese no era el tipo de tareas asignadas a ellos. Castagneto reparó en ese detalle y recordó que la Aviación de Ejército solía sortear el estrecho a baja altura, siempre por el sector más angosto.

El aparato en cuestión era un Lynx artillado que se aproximaba lentamente a Shag Cove, donde su silueta se pudo apreciar mejor. Una vez sobre la caleta, se mantuvo estático en el aire algunos minutos y luego se retiró a gran velocidad, pasando a 4 kilómetros al este de Puerto Howard, fuera del alcance de sus baterías.

Superado el incidente, Castagneto corrió al puesto de comunicaciones para llamar a Puerto Argentino y confirmar si su grupo iba a ser recogido. En esas se encontraba ocupado cuando el poderoso sonido de unas turbinas, hizo temblar el área. Un Harrier GR.3 se dirigía velozmente hacia el caserío.


El teniente primero Sergio Fernández lo vio venir y se dijo a sí mismo “Bueno, llegó el momento. Entramos en combate”. Inmediatamente después miró su reloj y vio que las agujas señalaban las 09.55.

La gente del regimiento empezó a correr adoptando posiciones de combate mientras los componentes de la sección de emboscada antiaérea se colocaban sus Blow Pipe sobre los hombros y apuntaban hacia el sudeste, en dirección a la bahía.

El avión enemigo llegaba en trayectoria oblicua, a unos 20 metros de la superficie y gran velocidad cuando Frecha y Fernández dispararon.

El Harrier hizo un giro tan brusco hacia la derecha que pareció pronto a estrellarse al otro lado de la bahía, pero a 300 metros de la superficie volvió a cambiar de rumbo y sin disminuir la velocidad, pasó sobre Puerto Howard y se alejó. Los cohetes de Frecha y Fernández salieron al mismo tiempo, siguieron de largo y explotaron a la distancia.

El avión sobrevoló el caserío a tal velocidad que la gente del RI5 no tuvo tiempo de reaccionar. Sin percatarse de ello, el piloto enfiló hacia el interior de la isla y se perdió más allá de los cerros, en dirección oeste.

En ese mismo momento, Castagneto abandonó su posición y corrió a toda prisa hacia donde se encontraban Frecha y Fernández, impelido por estar junto a ellos en el momento de mayor peligro. Cuatro minutos después, llegó un segundo Harrier, siempre por el mismo sector.

Frecha y Fernández lo vieron venir y lo dejaron aproximarse para apuntar y disparar con mayor seguridad (lo hacía a 750 km/h). Ni ellos ni su jefe imaginaban que se trataba del mismo Harrier GR.3. Era el aparato matrícula XZ972 (ex L/233 OCU) del teniente Jeff Glover2, proveniente del “Hermes”. Había escoltando durante un trecho a su jefe de sección pero debido a problemas en sus sistemas de a bordo, aquel regresó dejándolo solo.

El propio Glover cuenta que había volado con su avión desde Saint Mawgan, Cornwall, hasta el “Atlantic Conveyor” y una vez en la isla Ascensión abordó el ferry “Norland” hacia a la zona de combate.

Aquel 21 de mayo hizo su primer vuelo para brindar apoyo aéreo a los buques que operaban junto a las fuerzas desembarcadas en San Carlos. Cuando su jefe emprendió el regreso, llamó al HMS “Antrim” solicitando instrucciones y fue entonces que le ordenaron dirigirse a la zona de Howard.

Volando a 6000 metros de altura, el aviador divisó el caserío y cuando iniciaba el descenso desde los 30 km de distancia, notó con preocupación que los blancos se hallaban en pleno poblado. Eso lo perturbó porque no se lo esperaba y no estaba dispuesto a descargar sus bombas donde hubiera civiles.

Glover pasó sobre las casas y se dirigió velozmente hacia el interior de la isla para tomar altura y establecer una nueva comunicación con el “Antrim”.

A través de la radio, propuso al operador de a bordo efectuar una segunda pasada con el objeto de utilizar su cámara de reconocimiento y obtener tomas de las posiciones enemigas. Recibido el visto bueno se dirigió nuevamente al poblado, volando a baja altura mientras accionaba su equipo fotográfico.

Cuando Frecha y Fernández lo vieron venir, volvieron a apuntar sus Blow Pipe y una vez el aparato en sus miras, dispararon.

El misil del primero se clavó en tierra, a solo 25 metros de donde se hallaba apostado (finalizado el combate se lo debió detonar) pero el del segundo, dio de lleno en Harrier, provocando una fuerte explosión que por una fracción de segundos, lo ocultó de la vista. Casi al instante, su punta emergió de la nube de humo e inmediatamente después, comenzó a caer.

Al ver aquello, la guarnición argentina comenzó a lanzar gritos de entusiasmo al tiempo que disparaba contra el avión, aún con pistolas y fusiles livianos. El propio jefe del regimiento, coronel Juan Ramón Mabragaña, lo hizo a cuerpo descubierto, accionando su FAL en medio del dispositivo.

Glover notó su aeronave fuera de control y comprendiendo que todo intento de preservarla era en vano, accionó la palanca bajo el asiento y se eyectó.

Al ver al piloto descender con su paracaídas, los argentinos incrementaron su poder de fuego disparando frenéticamente mientras lanzaban sonoros gritos de triunfo (incluyendo varios “sapucais”).

Puerto Howard era un pandemonio con el fragor de las armas, los alaridos frenéticos de los soldados, el llanto de las mujeres kelpers, los chillidos de los niños y las expresiones de asombro de los adultos que habían salido de sus moradas a presenciar la escena.

Mientras Glover caía desmayado, con el hombro derecho luxado a causa del golpe contra el borde de la cabina, los soldados intentaban abatirlo con sus armas.

Por un momento la situación pareció desbordarse con los conscriptos disparando de manera descontrolada contra el aviador abatido pero la oportuna intervención de oficiales y suboficiales evitó que ocurriese algo similar a lo acaecido ese mismo día en San Carlos, cuando la fracción del teniente primero Esteban abatió a los pilotos de los helicópteros derribados.

Al caer al mar Glover recuperó el conocimiento pero enseguida notó que se había enredado en el paracaídas y eso lo asustó. Haciendo un esfuerzo supremo logró sacar la cabeza del agua y de esa manera, pese a los dolores y el mareo, pudo mantenerse a flote.

Aunque le dolían mucho el brazo izquierdo y la cara, probó nadar hacia la costa pero el paracaídas y su bote de goma inflable se lo impidieron.

En tierra, mientras tanto, oficiales y tropa del RI5 y la Compañía de Comandos 601 corrieron hacia el lugar para sacarlo del agua. Castagneto y Llanos se aproximaron en dos motocicletas y con profundo alivio vieron que ninguno de los disparos había alcanzado a Glover. En el lugar se encontraba el oficial médico quien una vez en la orilla, se quedó observando fijamente a Glover sin atinar a hacer nada. El inglés le devolvió la mirada algo atontado, con la vista perdida, mientras se mecía lentamente por el movimiento del agua.

Decidido a inspeccionar el punto donde se había estrellado el avión, Castagneto se alejó de la costa  en tanto Llanos, acompañando a media docena de efectivos del RI5, abordó un bote y comenzó a remar en dirección al británico.

Glover los vio avanzar apuntándoles con sus armas y permaneció quieto cuando lo liberaron de las correas que lo amarraban al paracaídas. Una vez a bordo, el médico le preguntó si estaba lastimado y recién entonces hizo un gesto con su mano señalando que le dolía el hombro. Tenía el rostro muy varios hombres ayudaron a bajarlo, lo sentaron en la parte posterior de la motocicleta de Llanos y éste lo condujo al club social del poblado, adaptado por los argentinos como improvisado hospital. En esos momentos, las pocas camas que existían se hallaban ocupadas, por lo que al británico le fue adaptada una mesa.

Glover fue bien atendido; en ningún momento se lo sometió a presión ni a apremios. Ni bien llegó se le quitó la ropa, se le hizo un examen físico e inmediatamente después se le entablilló el brazo. Previamente le fue aplicada una inyección de morfina y finalizada su intervención, fue puesto a dormir, no sin antes entregar su tarjeta de identificación, tal como lo estipulaba la Convención de Ginebra.

Mientras tanto, Castagneto llegaba a los restos en llamas del Harrier, después de bordear la costa en paralelo a la bahía, cruzar el río y avanzar un trecho más.

El avión era una maza de hierros retorcidos que, en su caída, había matado a un caballo. El jefe de los comandos descendió de la motocicleta y procedió a efectuar un exhaustivo análisis ocular cargando después, la mayor cantidad de piezas para su posterior análisis.

Llevó esos restos a Puerto Howard y una vez allí los exhibió ante sus hombres y las autoridades del RI5, destacando por sobre los demás, el trozo de fuselaje con la escarapela británica3. Unos días después, el capitán Frecha exhibió esas pruebas a la televisión, destacando especialmente la brújula del tablero que el teniente Sergio Fernández conserva como recuerdo hasta el día de hoy.

Si exceptuamos la escaramuza nocturna del 4 de mayo, cuando elementos desconocidos atacaron el puesto de mando del general Menéndez, aquel fueel bautismo de fuego, tanto de la Compañía de Comandos 601 como del Regimiento de Infantería 5, apostado en el lugar desde el comienzo del conflicto.

Los sucesos de aquella jornada ayudaron a mantener en alto la moral pues no solo se había derribado un avión enemigo sino que además, se había tomado un prisionero.

Pocas horas después, el personal apostado en el área fue testigo de la gran batalla aeronaval de San Carlos, con el ir y venir de los cazas propios, su lucha desigual con los Sea Harrier y el lejano accionar de la artillería.

El derribo del avión de Glover tuvo lugar a las 09.55 hora argentina sin que se produjese otra incidencia hasta las 15.20 cuando una repentina alerta roja puso fin a la reunión que en esos momentos celebraban Castagneto, Mabragaña y personal de ambas unidades (CC601/RI5), donde se analizaba la documentación capturada al piloto inglés. En esos momentos, tres cazas enemigos se acercaban a muy baja altura provenientes del norte.

Ni bien se recibió el alerta, el personal de ambas unidades corrió a sus puestos de combate. Castagneto lo hizo impartiendo órdenes a los gritos, indicándole al teniente Fernández que corriera hacia donde se encontraba el lanzador del sargento Martínez y disparara con él.

-¡Gallego, agarrá el Blow Pipe de Martínez y tirales!4

Fernández obedeció pero en plena carrera se dio cuenta que no iba a llegar a tiempo y por ese motivo, enfrentando al aparato que se le venía encima se arrodilló, apuntó con su FAL y comenzó a disparar. La actitud fue imitada por Castagneto y otros efectivos ni bien se arrojaron cuerpo a tierra.

El avión británico pasó tan cerca de ambos que según el jefe de la compañía, con solo estirar su brazo lo hubiera tocado.

Quien sí tuvo tiempo de agarrar el lanzamisiles y disparar fue el sargento Martínez pero en el apresuramiento, apuntó mal y erró al objetivo. Al mismo tiempo, el cañón Oerlikon de 20 mm y las ametralladoras del RI5 abrieron fuego simultáneamente en tanto los conscriptos gritaban pidiendo más aviones, descargando de ese modo la tensión.

-¡¡Manden más aviones, carajo!! ¡¡Manden más!!

El segundo caza pasó inclinado de costado, tratando ofrecer el menor blanco posible y como su compañero, tampoco atacó.

Mientras tanto, la batalla entre los Dagger y Sea Harrier en San Carlos había cobrado sus dos primeras víctimas. Las tropas argentinas apostadas en Puerto Howard vieron caer dos aparatos propios al norte de sus posiciones y a sus pilotos descendiendo en paracaídas, generando las consabidas expectativas.

Sin perder tiempo, Castagneto despachó en su búsqueda al capitán Frecha, al médico Pablo Llanos y al sargento Quintana, quienes partieron raudamente en sus motocicletas, urgidos por socorrer a los aviadores. Cuando se alejaban a campo abierto, el jefe de la Compañía procedió a montar una nueva emboscada y para ello mandó desplegar el paracaídas de Glover, colocándolo sobre el terreno junto a su bote neumático y su baliza de radio llamadas.

La idea era montar un señuelo en torno a los restos del Harrier abatido y hacerle creer a los británicos que su hombre se hallaba en las inmediaciones, esperando ser rescatado. Con ese fin organizó una sección de seis hombres al mando de García Pinasco, y la envió hacia el lugar del desastre para que desplegase el señuelo.

Los comandos colocaron los objetos intentando dar la sensación de que el piloto merodeaba por los alrededores y después de encender la baliza tomaron posiciones en los alrededores. Alguien debería acudir en auxilio y ellos lo emboscarían.

Pasaron cerca de dos horas cuando a las 17.00, el teniente Anadón creyó percibir ruido de helicópteros. Minutos después, apareció un Sea King al sur de la bahía el cual, en efecto, parecía buscar a Glover.

Era el momento esperado. Los hombres de García Pinasco controlaron el armamento y se mantuvieron estáticos en sus posiciones, listos para abrir fuego ni bien su jefe lo ordenase. Pero cuando tenían al helicóptero en la mira, alguien disparó un cañón sin retroceso y una andanada de municiones antitanque y ametralladoras de 12.7, se abatió sobre el aparato.

Al ver que el helicóptero viraba velozmente y emprendía la retirada, la gente de García Pinasco comenzó a maldecir, presa del desconcierto y la furia. El regimiento había abierto fuego, ignorando que las fuerzas especiales se aprestaban a abatir a la aeronave, evidenciando graves problemas de comunicación.

En la desesperación, Fernández apuntó con su lanzamisiles pero falto de tiempo para guiarlo, falló por muy poco, perdiendo de ese modo otra presa importante.


A varios kilómetros de allí, Frecha y Llanos se desplazaban a gran velocidad en pos de los pilotos abatidos cuando, repentinamente, a causa de un declive del terreno, perdieron el equilibrio y volaron por el aire. Quintana, que iba en el asiento trasero de Frecha se dio un fuerte golpe y no pudo seguir, razón por la cual sus compañeros se vieron en la necesidad de dejarlo allí.

Llegaron ambos a un alambrado cerrado por una tranquera, donde Frecha se detuvo para abrirla y seguir por otros 30 kilómetros, hasta que el inconfundible sonido de los Harrier los hizo detener.

Eran dos aparatos que avanzaban directamente hacia ellos con la evidente intención de atacarlos. Al verlos venir, Frecha tomó su fusil y se arrojó a la turba sin imaginar lo que estaba a punto de presenciar.

Con los cazas encima de ellos, Llanos se quitó la chaqueta y alzando sus brazos comenzó a saludar, esperando engañar a los pilotos.

Y en verdad lo logró. El primer inglés lo confundió con un pastor kelper y después de pasar sobre su cabeza, comenzó a tomar altura para alejarse batiendo sus alas a modo de saludo. Llanos estaba pálido pero Frecha lo estaba aún más al ver la decidida actitud de su compañero.

La búsqueda de los aviadores no arrojó resultados. Mucho tiempo después de la guerra, se supo que uno de ellos los vio pasar pero prefirió mantenerse oculto por temor a que fueran ingleses.

Comenzaba a anochecer cuando los motociclistas emprendieron el regreso. De ese modo, desandando el camino, recogieron a Quintana y dos horas después llegaron al punto de partida, apenados por no haber dado con su gente.









Notas
1 Se trataba de Rosalía House.
2 Glover había nacido en Liverpool, casualmente el 2 de abril de 1958.
3 Le habían pintado la franja blanca de azul.
4 Isidoro Ruiz Moreno, op. cit.


Fuente: Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Autor: Alberto N. Manfredi (h)

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