• Últimas gestiones diplomáticas. EE.UU. se quita la máscara


    La tarde del 26 de abril se llevó a cabo en Washington la primera reunión del Órgano de Consulta de la OEA donde la Argentina se disponía a solicitar la aplicación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR)

Publicado el 29 Noviembre 2021  por


La tarde del 26 de abril se llevó a cabo en Washington la primera reunión del Órgano de Consulta de la OEA donde la Argentina se disponía a solicitar la aplicación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), uno de los tantos instrumentos jurídicos implementados por Estados Unidos para controlar la política del hemisferio y robustecer su posición hegemónica a nivel mundial.

Se trataba (y se trata aun) de un pacto de defensa mutua, el primero desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, suscripto el 2 de septiembre de 1947 en el marco de la Conferencia Interamericana para el Movimiento de la Paz y la Seguridad del Continente celebrada en Río de Janeiro a instancias de la Casa Blanca. El mismo tiene en el Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos su mecanismo de consulta e incluye, además de los países miembro, los territorios de Alaska, Groenlandia y las islas Aleutianas.

Trinidad y Tobago, única nación de habla inglesa, se incorporó en 1962; Bahamas, independiente desde 1973, lo haría inmediatamente después de finalizada la guerra en el Atlántico Sur y Canadá en 1990, luego de 42 años de cavilación1.

A muchos llamó la atención que al año siguiente de su creación, Costa Rica decidiese disolver sus fuerzas armadas por considerar que el acuerdo era garantía suficiente para asegurar su defensa3.

Si bien el TIAR fue invocado en una veintena de oportunidades, solo se utilizó una vez, en octubre de 1962, durante la Crisis de los Misiles. Argentina pretendía aplicarlo para fortalecer su postura pero se daría de bruces contra la realidad cuando más de un canciller le espetara su condición de nación agresora.

Integraban el organismo, los cancilleres de los países signatarios a excepción de Cuba.

La convocatoria requería una mayoría de dos tercios sobre un total de veintidós votos, de los cuales el equipo del canciller Costa Méndez contaba como seguros doce.

Reunidos los representantes de cada país, el primero en hacer uso de la palabra fue su presidente, quien abrió las sesiones pasando el micrófono al embajador argentino Raúl Quijano. El diplomático porteño, que había ejercido la cartera de Relaciones Exteriores en los últimos meses del gobierno derrocado por la Junta Militar, pronunció un importante discurso donde expuso los derechos históricos de su país sobre las islas y denunció la agresión de Gran Bretaña contra el hemisferio. La acusó de potencia colonialista extracontinental que estaba poniendo en riesgo inminente la paz y la seguridad de las tres Américas y continuó refiriéndose a la gestión de Alexander Haig a la que definió de parcial.

Dijo que solo se había limitado a demostrar la existencia de un terreno más o menos propicio para la negociación y cerró refiriéndose a la postura flexible de la Argentina, siempre abierta a dialogar y llegar a un acuerdo salvo en una cosa: la soberanía sobre los archipiélagos.

El discurso de Costa Méndez giró dentro de la misma temática y finalmente, cuando terminó de hablar, invocó la aplicación del tratado, moción que intentaría fortalecer durante la reunión de cierre el 28 de abril, con otra extensa exposición.

En aquella ocasión, además de Quijano y Costa Méndez, hicieron uso de la palabra los representantes de todos los países miembros a excepción de México y Chile.

Al finalizar la sesión, el canciller argentino comprendió que le iba a resultar imposible obtener los dos tercios que su gobierno necesitaba para la aplicación del tratado y lograr una acción conjunta contra Inglaterra, razón por la cual, decidió cambiar de táctica.

Lo que hizo fue sugerir una resolución que obligase a Londres a retirar su fuerza, denunciando que aquella, al amenazar territorio argentino, lo hacía también con el continente entero. Fustigó y criticó duramente a la Comunidad Económica Europea por su incondicional apoyo al Reino Unido e intentó imponer el concepto de que la crisis se hallaba enmarcada en un diferendo norte-sur.

Las exposiciones continuaron durante todo el día siguiente y finalizaron en la mañana del 28, lapso en el que hicieron uso de la palabra todos los delegados. El de Bolivia, Gonzalo Romero, manifestó la solidaridad de su pueblo con la Argentina y condenó el colonialismo, llamando a ambas partes a solucionar el conflicto por la vía diplomática. Finalizó agradeciendo los esfuerzos del secretario de Estado norteamericano allí presente, al intentar una solución pacífica y cedió la palabra al canciller del Brasil, Ramiro Saravia Guerreiro, quien recordó la tradicional posición de su nación en favor de los reclamos argentinos. Al mismo tiempo apoyó el plan peruano en favor de una tregua, así como el cumplimiento integral y no selectivo de la Resolución 502 de las Naciones Unidas, finalizando con una crítica a la CEE por la posición intransigente que había adoptado.

Cuando le llegó el turno al representante colombiano, Carlos Lemos Simmons, la desazón argentina no tuvo límites. El diplomático dijo, entre otras cosas, que el TIAR no había sido concebido para expresar solidaridad emocional sino para establecer normas bajo cuyo amparo se debían preservar la paz y la armonía. Agregó que ninguno de los estados-miembro supuso, al ratificarlo, que se trataba de un instrumento para favorecer soluciones de fuerza sino precisamente, para impedirlas y cerró con una lapidaria abstención. Con ello dejaba en claro que el país agresor era la Argentina y que, por esa razón, el tratado no se podía invocar.

El representante de Costa Rica, Bernd H. Niehaus Quesada, sostuvo que el conflicto del Atlántico Sur no era exclusivo de una nación sino de todo el continente y apoyó todos los reclamos argentinos, solicitando el pronto retiro de las unidades navales del Reino Unido. También agradeció a Haig los servicios prestados y se mostró proclive al proyecto de paz de Perú.

Pedro V. Díaz, embajador chileno, dijo que Argentina debió haberse ajustado a lo resuelto por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y anunció su voto de abstención. Era lo que se esperaba y por esa razón, al contrario de lo que ocurrió con Colombia, sus palabras no generaron ninguna expectativa.

Su par dominicano, Pedro Padilla Tanor, expresó que su gobierno veía con gran preocupación el enfrentamiento entre dos naciones amigas de su patria aunque sostuvo los reclamos argentinos, haciendo especial hincapié en la necesidad de evitar la lucha armada y llegar a un acuerdo negociado, algo similar a lo expuesto por su colega ecuatoriano, Luis Valencia Rodríguez.

A través de su representante, Alfonso Alonso Lima, Guatemala se manifestó plenamente identificada con la Argentina pues mantenía con Gran Bretaña un pleito similar en relación a Belice, de ahí su invitación de apoyar la postura de Costa Méndez.

El embajador de Haití, Jean-Robert Estimé, reconoció los derechos argentinos e intimó a hallar una solución diplomática, al igual que el hondureño Edgardo Paz Barnica, quien también pidió el retiro de la flota.

Mas o menos lo mismo dijeron sus pares de Nicaragua, Miguel D’Esoto; Paraguay, Alberto Nogués y Uruguay, Estanislao Valdez Otero, quien además de poner énfasis en la historia común de su país con la Argentina, habló del reconocimiento de sus reclamos y la necesidad de apoyarlos dentro de las vías pacíficas, condenando las aspiraciones coloniales de Gran Bretaña.

Como era de esperar, Trinidad y Tobago se manifestó contraria a la nación sudamericana. Su canciller, Besil Ince, criticó el uso de la fuerza por parte de Buenos Aires y solicitó el retiro de las tropas. Javier Arias Stella, representante de Perú habló de los estrechos lazos de hermandad que unían a su país con la Argentina y manifestó su ferviente apoyo, lo mismo su colega venezolano, José Alberto Zambrano Velasco, quien se refirió también a la disputa que desde hacía un siglo mantenía su nación con Inglaterra por la Guayana Esequiba.

El panameño José Illueca dio su apoyo a la causa malvinense y el mexicano Rafael de la Colina, se mostró algo proclive al expresar: “…cualesquiera que sean las vicisitudes de los próximos meses, la gloriosa patria de San Martín, por el sendero de la negociación y de los demás procedimientos pacíficos considerados en nuestra carta, reivindicaremos plenamente la soberanía de las islas Malvinas”.

La posición de Colombia cayó como un balde de agua fría en la Argentina y generó reacciones de rencor por parte de la opinión pública, acicateadas principalmente por el periodismo. “Traicioneros” y “Caín  de América” se la llamó mientras se instaba a la población a beber café de Brasil.

Bogotá consideraba que si bien había razones susceptibles de ser discutidas, los archipiélagos australes habían estado bajo dominio ininterrumpido y efectivo de Gran Bretaña durante 149 años. Preguntó porqué, si la Argentina consideraba a las Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur como parte de su territorio, no solicitó la aplicación del TIAR cuando este fue aprobado en 1947 y recién lo hizo cuando ella misma utilizó la fuerza. Aseguró que si bien su país defendía el reclamo de Buenos Aires, la acción emprendida el 2 de abril le quitaba a Gran Bretaña el peso de haber provocado la agresión y finalizó solicitando el cumplimiento, por las partes, de la Resolución 502 de las Naciones Unidas, presentando un proyecto anexo donde exhortaba a ambas naciones a buscar una solución pacífica.

Quien realmente se quitó la máscara ese día fue Alexander Haig, que al momento de hacer uso de la palabra acusó lisa y llanamente a la Argentina de país agresor (en realidad lo era por haber llevado a cabo la invasión).

Dada la situación, explicó que el TIAR no era aplicable en ese caso, dio a entender que Buenos Aires estaba tratando de manipular la situación e instó a la OEA a no inmiscuirse en el esfuerzo de paz que llevaba a cabo Washington. Un silencio sepulcral siguió a sus palabras, quebrado recién cuando habló el canciller de Guatemala.

El 28 por la mañana la OEA emitió la Resolución 28/82 , aprobada por 17 países sobre 21, a saberse, Argentina, Bolivia, Brasil, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua, México, Panamá, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela, contra 4 abstenciones, EE.UU., Colombia, Chile y Trinidad y Tobago. La misma, reconocía los derechos argentinos sobre las islas Malvinas sin mencionar a los otros dos archipiélagos; urgía a Gran Bretaña a poner fin a las hostilidades y a la Argentina a evitar actos que agravasen la situación, deplorando, de paso, las medidas coercitivas de la Comunidad Económica Europea.

La aprobación fue acompañada por un cerrado aplauso y las felicitaciones de los presentes a Costa Méndez, las cuales recordaron la sesión del día 26 cuando todos los ministros se pusieron de pie a excepción de Haig.

El cónclave significó un importante triunfo diplomático para la Argentina, el único que consiguió durante la crisis y dejó satisfecho al gobierno y la opinión pública nacional. Sin embargo, el columnista Manfred Schonfeld de “La Prensa”, trajo a todos a la realidad al apuntar en un artículo de su autoría que, pese al voto favorable, en el momento de los hechos iba a ser la Argentina la que se enfrentaría a Inglaterra y no los países del TIAR.

No se equivocaba el prestigioso periodista. Los resultados no fueron para nada contundentes ya que el tratado no se aplicó y las cosas siguieron su curso desfavorable para Buenos Aires.

De todos modos, aquella reunión constituyó una elocuente derrota para la política del Departamento de Estado norteamericano, que no pudo sacar ventajas en favor de sus intereses. Fue una de las pocas veces que la organización, entidad creada por Washington para manipular la política regional, se puso abrumadoramente en su contra.

Al otro día, después de una reunión en el Consejo Nacional de Seguridad celebrada en Washington y luego de que Reagan aceptase su recomendación de apoyar abiertamente a Gran Bretaña, Haig apareció ante las cámaras de televisión, para hacer un anuncio oficial.

Según los periodistas Van der Kooy, Kirschbaum y Cardoso, su rostro pétreo intentaba en vano disimular el desagrado que le provocaban los anuncios que tenía que hacer, a saberse, el fracaso de su gestión y el agravamiento del conflicto en el Atlántico Sur por la intransigencia argentina.

A partir de ese momento, el gobierno norteamericano efectuó un giro radical acusando al país sudamericano de agresor y anunciando oficialmente su apoyo incondicional a su obsecuente aliada.

Con aquella novedad, la opinión pública internacional pudo confirmar lo que se venía sospechando desde el comienzo de la crisis: Washington iba a sostener la causa de Londres aportando cuanto estuviera a su alcance para que el Reino Unido saliese victorioso, incluyendo ayuda militar y la aplicación de severas medidas económicas contra Buenos Aires.

Galtieri se enfureció al conocer la noticia, mucho más que sus compañeros de la Junta a la cual Haig en algún momento calificó de “gavilla de matones”. En medio de su estallido, maldijo a Reagan, a quien desde ese mismo momento dejó de considerar amigo y aliado, y se refirió al secretario de Estado con términos irreproducibles.

La prensa británica, por el contrario, saludó con grandes titulares la decisión norteamericana. “Un millón de gracias”, publicó el sensacionalista “The Sun”; “Un amigo de verdad” dijo “The Times” mientras el resto del país parecía respirar aliviado.

Casi inmediatamente, la maquinaria bélica norteamericana se puso en marcha.

Además de sus instalaciones militares de la isla Ascensión, Estados Unidos proveyó al Reino Unido de buena parte del combustible utilizado por los barcos, aviones y helicópteros que Inglaterra despachó hacia Malvinas.

La gran movilización incluyó buques petroleros, 4700 toneladas de pistas metálicas desplegables para las operaciones aeronavales; un primer lote de 75 misiles todo-sector Sidewinder AIM-9L junto a sus equipos de montaje, radares para el sistema de misiles Sea Wolf, sistemas antimisiles Vulcan-Falax, misiles antirradares Shrike, misiles antibuques Harpoon, sofisticados equipos de detección submarina, 8 sistemas de misiles superficie-aire Stinger, indicadores de objetos con sistemas láser, equipos de visión nocturna para complementar los que Inglaterra ya tenía, equipos de comunicaciones criptográficos y de guerra electrónica, repuestos para armamento diverso, municiones, 18 contenedores CTU-24 para lanzamiento en paracaídas, carpas, calefactores, agua potable y raciones de todo tipo. También trascendió que fue alistado y puesto a punto el portahelicópteros USS “Guam” para el caso de que alguno de los portaaviones británicos fuese dañado y además, envió hacia la isla Ascensión un escuadrón completo de aviones AV-8B Harriers II provisto de misiles Sidewinder, transportado en las bodegas de aviones C-5A de la USAF.

Sin embargo, la principal ayuda que los Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte brindaron a las fuerzas del Reino Unido fueron sus sofisticados satélites de comunicaciones e información táctica, entre ellos los de la serie NATO-3, los KH-11 Kennen de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Vortex, los cuales sumados a la acción de los aviones de control y vigilancia aérea (AWACS), prestarían una valiosa ayuda a que los ingleses han intentado minimizar2.

La Argentina se iba a enfrentar a la tercera potencia aeronaval del mundo apoyada por la nación más poderosa de la Tierra y sus aliados de la OTAN.








Notas
1 Nicaragua ingresó en 1948 y Ecuador al año siguiente.
2 Ver Anexo I: “La ayuda exterior”.
3 El pequeño país centroamericano redujo sus fuerzas armadas a un simple cuerpo de seguridad, del que dependen la policía, el Servicio Nacional de Guardacostas (SNG) y el Servicio de Vigilancia Aérea (SVA).


Fuente: Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Autor: Alberto N. Manfredi (h)

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