• La batalla diplomática


    El 2 de abril de 1982 el mundo despertó conmocionado. De un día para otro, el lejano Atlántico Sur pasaba a ocupar las primeras planas de los diarios y noticieros del planeta, desplazando a otros escenarios conflictivos.

Publicado el 08 Diciembre 2021  por


El 2 de abril de 1982 el mundo despertó conmocionado. De un día para otro, el lejano Atlántico Sur pasaba a ocupar las primeras planas de los diarios y noticieros del planeta, desplazando a otros escenarios conflictivos como el Medio Oriente, el Golfo Pérsico, Centroamérica o el sudeste asiático.

Tras la batalla de Puerto Stanley, aquella misma mañana, una sección de Infantería helitransportada del Ejército al mando del teniente primero Carlos Daniel Esteban, desembarcó del “Almirante Irizar” y tomó los caseríos de Puerto Darwin y Prado del Ganso (incluyendo su aeródromo), requisando sus casas, confiscando algunos vehículos y secuestrando el armamento que encontró en poder de los civiles.

El “Almirante Irizar” siguió hacia Bahía Fox, sobre la costa este de la Gran Malvina, muy cerca de donde se levantaba otro caserío y funcionaba un establecimiento rural de relativa importancia, y dejó otra fracción que constituyó la primera avanzada en esa porción del archipiélago. Finalizada la operación, el rompehielos regresó a Puerto Argentino donde descargó 200 tambores de combustible y poco después recibió a bordo al teniente de fragata Diego García Quiroga para ser atendido de sus heridas.


En el campo de la diplomacia, la cuestión no difería mucho. En realidad, la batalla de las negociaciones había comenzado algún tiempo antes, comprometiendo a importantes figuras del quehacer internacional.

El 1 de abril, alrededor de las 21.30 (hora argentina), el teléfono que comunicaba la Casa Rosada con el presidente de los Estados Unidos sonaba insistentemente en el despacho presidencial. Un Galtieri intranquilo miraba el aparato mientras iba y venía por la habitación. Sabía de sobra quién estaba llamando y por nada del mundo deseaba atenderlo. De todos modos, estaba al tanto que aquello iba a suceder y que a la larga, debería contestar.

En realidad, los norteamericanos también sabían que Galtieri no los quería escuchar. Desde hacía meses estaban alerta, preparados para una cosa así, en especial desde el extraño y nada positivo reemplazo del embajador argentino en Londres, Carlos Ortiz de Rozas, por un militar, el vicealmirante Rodolfo Carmelo Luchetta, ex gobernador de la provincia de Santa Fe.

El primero en sorprenderse con aquel cambio fue el propio embajador, experimentado diplomático porteño, descendiente de una de las familias más distinguidas del país, a la que había pertenecido el omnipotente dictador Juan Manuel de Rosas1, “el tirano de las pampas”, con quien Inglaterra y Francia habían mantenido duras disputas e incluso una guerra2.

Ortiz de Rozas viajó a Buenos Aires para entrevistarse con su superior, el ministro de Relaciones Exteriores y Culto, Dr. Nicanor Costa Méndez, quien le acababa de ofrecer la embajada de Italia, propuesta que el diplomático cambió por la de Naciones Unidas.

La reunión entre ambos tuvo lugar en el Palacio San Martín, la lujosa sede de la Cancillería, donde Costa Méndez le comunicó a su subordinado que Luchetta iba a ser su reemplazante y que la solicitud de hacerse cargo de la representación argentina en las ONU había sido rechazada. Su nuevo destino iba a ser el Vaticano, donde Ortiz de Rozas debería negociar el espinoso asunto del Canal de Beagle en lugar de Guillermo Moncayo, cuya gestión no convencía al gobierno. Era embajador ante la Santa Sede otro representante de la aristocracia argentina, el Dr. José María Álvarez de Toledo, quien venía ocupando ese puesto desde el año anterior.

Londres vio con muy malos ojos el reemplazo de un embajador civil por otro militar, sentimiento que su representante en Buenos Aires, Anthony Williams, comunicó a las autoridades de gobierno a través del mismo Ortiz de Rozas, a quien había llamado a su residencia de la Av. Gelly y Obes, para tratar el asunto. El argentino tomó nota de su queja pero le dijo a su par que aquella no era la vía correcta para presentar ningún reclamo por lo que Williams decidió concurrir directamente a la Cancillería.

Ortiz de Rozas también se dirigió hacia allí, ganándole de mano y cuando el anglosajón llegó al ministerio, en otros tiempos fastuoso palacio de la familia Anchorena, se encontró con que el vicecanciller Enrique Ros, a quien iba a ver, se hallaba ocupado. En realidad estaba reunido con Ortiz de Rozas, quien le refería la charla que habían mantenido en la residencia del inglés.

En eso estaban ambos, cuando la secretaria de Ros interrumpió la conversación para informar que Williams esperaba afuera y solicitaba una entrevista urgente. Se le mandó decir que debía esperar, razón por la cual, el diplomático británico se fue a dar una vuelta por los alrededores, uno de los lugares más bellos y elegantes de Buenos Aires.

Precisamente allí, frente al Palacio San Martín y al no menos ostentoso Círculo Militar, antigua residencia de la familia Paz3, había tenido lugar una de las batallas más crudas de la Primera Invasión Inglesa4, en 1806. Williams ignoraba que Ortiz de Rozas se le había adelantado.

El embajador británico regresó y una vez frente a Ros, presentó su queja. La misma fue rechazada y generaría un ataque se furia del mismo Galtieri, quien aullando como un poseído dijo a los gritos que los ingleses debían dejarse de molestar (ese no fue el término que utilizó) ya que la Argentina podía hacer lo que quería con sus diplomáticos. Al menos en eso, el corpulento dictador estaba en lo cierto.

Ortiz de Rozas aceptó la misión vaticana con una condición: que le diesen poder de decisión y que solo le rendiría cuentas al canciller y al presidente de la Nación; tenía muy malos recuerdos de los tiempos de la crisis del Beagle, cuando los diplomáticos argentinos hicieron las veces de simples mensajeros de los militares.

Aquel agitado 1 de abril el embajador norteamericano Harry Shlaudeman inquirió frontalmente al general Galtieri exigiéndole una respuesta concreta en cuanto a si se iba a producir un ataque argentino al archipiélago malvinense. Detrás suyo se había estado moviendo el formidable aparato de inteligencia de los Estados Unidos y éste había llegado a la conclusión de que una acción militar era inminente. Eso fue, además, lo que sir Nicholas Henderson, embajador británico en Washington, había recogido después de 48 horas de intenso trabajo y de mantener contactos con el Departamento de Estado norteamericano, noticia que informó luego a su canciller, Lord Carrington.

En forma impetuosa, Galtieri respondió (a Shlaudeman) que no iba a responder nada porque su gobierno no tenía que rendirle cuentas a nadie, por lo que el norteamericano, muy nervioso, se dirigió a su embajada para telefonear al secretario de Estado, Alexander Haig y confirmar sus sospechas.

Pasadas las 22.00 hs. el teléfono del despacho presidencial volvió a sonar y cuando Galtieri manifestó su molestia, Costa Méndez, que se encontraba presente, le aconsejó que atendiese. Se encontraban presentes numerosos funcionarios, entre ellos el teniente coronel Bauzá, especialista en conexiones telefónicas de alta complejidad y el secretario de la Cancillería, Roberto García Moritán, que, a pedido de Costa Méndez, haría las veces de intérprete. Bauzá había instalado tres aparatos con una extensión, para escuchar las conversaciones en forma simultánea.

Galtieri atendió y tras las salutaciones de rigor, Reagan fue directo al grano diciendo que tenía información fidedigna de que la Argentina adoptaría medidas de fuerza respecto de las islas Malvinas y eso lo preocupaba mucho, por lo que creía conveniente hallar una alternativa para evitar el uso de la fuerza.

Sentado frente a su escritorio Galtieri le agradeció su preocupación y después habló de los diecisiete años de conversaciones infructuosas con Gran Bretaña, del desdén con el que aquella había tratado el tema, de que las islas eran territorio argentino por derecho propio y que el Reino Unido había amenazado a ciudadanos argentinos, trabajadores civiles que se encontraban legítimamente en las Georgias del Sur, a quienes el gobierno tenía la obligación de proteger. Reagan insistió en continuar con las conversaciones a lo que el mandatario argentino respondió que su país no había variado su vocación negociadora y el norteamericano agregó que tenía buenas razones para asegurar que Gran Bretaña iba a utilizar la fuerza para recuperar lo que creía y estaba convencida, era suyo. Ofreció los buenos oficios de su gobierno y propuso como representantes a su vicepresidente, George Bush y a la embajadora Janne Kirkpatrick de las Naciones Unidas.

Ante las respuestas evasivas de Galtieri, Reagan agregó una frase con la que pretendió tocar la conciencia de su interlocutor. Dijo que un conflicto de tal naturaleza repercutiría en todo el hemisferio creando una grave tensión por lo que, recalcando las buenas relaciones existentes entre su administración y la Argentina, volvió a insistir en una solución pacífica.

La respuesta de su contraparte fue terminante: solo habría solución si Gran Bretaña reconocía esa misma noche la soberanía argentina en las Malvinas, cortando así toda posibilidad al intento de Reagan.

Entonces, el presidente norteamericano cambió de táctica, dejando ver con cautela y astucia, cual iba a ser su postura si el conflicto se agravaba.

- Señor presidente, creo que es mi obligación advertirle que Gran Bretaña está dispuesta a responder militarmente a un desembarco argentino. Así me lo ha hecho saber el Reino Unido. Además, la señora Thatcher, mi amiga, es una mujer decidida y ella tampoco tendría otra alternativa. El conflicto será trágico y tendrá graves consecuencias hemisféricas – y ante la dura postura de Galtieri agregó – La opinión pública norteamericana y  mundial adoptarán una actitud negativa frente al uso de la fuerza por parte de la Argentina. Además, el esfuerzo que se ha hecho para reconstruir las buenas relaciones entre nuestros gobiernos se verá gravemente afectado. Gran Bretaña, señor presidente, es un amigo muy estrecho de los Estados Unidos y la nueva relación que mantiene hoy Washington con Buenos Aires, lograda después de un largo esfuerzo hecho ante la opinión pública, se verá irremediablemente afectada.

Y a continuación siguió la amenaza solapada pero latente que el presidente norteamericano dejó entrever cautelosamente, creyendo que de ese modo lograría ablandar a su par argentino.

-Solo puedo decir que lamento no haber tenido éxito al transmitir mi preocupación por el efecto de esta situación en el futuro del hemisferio. Intenté crear un buen clima de diálogo para persuadirlo de que no utilice la fuerza pero no podía dejar de llamarlo porque sé cuáles serán las consecuencias de esta acción.

Lamentablemente, los argentinos no se percataron del contenido de esas palabras.


La mañana del 2 de abril el mundo se hallaba desconcertado. En Buenos Aires, como en el resto del país, la gente se volcó a las calles para exteriorizar su alegría, olvidando los violentos incidentes que habían tenido lugar tres días antes, tanto en la capital como en las principales ciudades, cuando el gobierno reprimió una marcha de protesta organizada por la Multipartidaria, en repudio a la política económica y social. El saldo de aquellas manifestaciones fue de un muerto en la ciudad de Mendoza, varios heridos y decenas de detenidos.

Sin embargo, aquel histórico 2 de abril, nadie parecía recordar eso.

Eran las 14.30 cuando la Cadena Nacional de Radio y Televisión cortó sus programas habituales para anunciar que el general Galtieri iba a hacer el anuncio oficial de que las islas Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur habían sido recuperadas.

Compatriotas.

En nombre de la Junta Militar y en mi carácter de presidente de la Nación, hablo en este crucial momento histórico a todos los habitantes de nuestro suelo para transmitirles los fundamentos que avalan una resolución plenamente asumida por los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas que interpretaron así el profundo sentir del pueblo argentino.

Hemos recuperado, salvaguardando el honor nacional, sin rencores, pero con la firmeza que las circunstancias exigen, las islas australes que integran por legítimo derecho, el patrimonio nacional.

Esta decisión obedeció a la necesidad de poner término a la interminable sucesión de evasivas y dilaciones instrumentadas por Gran Bretaña para perpetuar un dominio sobre las islas y su zona de influencia.

Esta actitud fue considerada por el Gobierno Nacional en las actuales circunstancias, como prueba concluyente de su falta de buena voluntad para entablar negociaciones serias y en corto plazo, sobre el objeto central de la disputa y reconocer de una vez y para siempre, que sus supuestos derechos no tienen otro origen que un acto de despojo.

La situación que se planteó se refería a un virtual emplazamiento a un grupo de argentinos, para que abandonara las islas Georgias, donde ese grupo desarrollaba legalmente un trabajo común, siendo que su situación jurídica estaba protegida por acuerdos establecidos oportunamente por los dos países.

El envío de una fuerza naval y el término perentorio que se le quiso imponer, son demostraciones claras de que se persiste en encarar la cuestión con argumentos basados en la fuerza y sólo se ve la solución en el desconocimiento liso y llano de los derechos argentinos.

Frente a esa inaceptable pretensión, el gobierno argentino no puede tener otra respuesta que la que acaba de dar en el terreno de los hechos.

La posición argentina no representa ningún tipo de agresión contra los habitantes de las islas cuyos derechos y modo de vida serán respetados con la misma hidalguía que lo fueron los pueblos liberados durante nuestras guerras libertadoras, pero no hemos de doblegarnos ante los hechos intimidatorios de fuerzas británicas que, lejos den haber usado las vías pacíficas de la diplomacia, han amenazado con el uso indiscriminado de esas fuerzas.

Nuestras fuerzas solo actuarán en la medida de lo estrictamente necesario. No perturbarán en modo alguno, la vida de los habitantes de las islas y, bien por el contrario, protegerán a las instituciones y personas que convivan con nosotros. Más no tolerarán desmán alguno en tierra insular o continental.

Tenemos clara la importancia de la actitud asumida, y para su defensa, se levanta la nación argentina íntegra. Espiritual y materialmente sabemos muy bien que  es nuestro el respaldo de un pueblo consciente de su destino, conocedor de sus derechos y obligaciones, y que desde hace mucho tiempo aspira a reintegrar las islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur y zonas de influencia, al territorio nacional.

El paso que acabamos de dar se ha decidido sin tener en cuenta cálculo político alguno. Ha sido pensado en nombre de todos y cada uno de los argentinos, sin distinción de sectores o banderías y con la mente puesta en nombre de todos los gobiernos, instituciones y personas que en el pasado, sin excepción y a través de 150 años, han luchado por la reivindicación de nuestros derechos.

Sé, y lo reconozco con profunda emoción, que el país entero vive el alborozo de una nueva gesta y que se apresta a defender lo que es propio, sin reparar en sacrificios que, es posible, debamos realizar o en problemas sectoriales que, por comprensibles que sean, jamás podrán anteponerse al interés nacional supremo, donde se juega el ser o no ser de la Patria.

Ruego con fe cristiana que quienes hoy son nuestros adversarios comprendan a tiempo su error y reflexionen profundamente antes de mantener una postura que es rechazada por los pueblos libres del mundo y por todos los que han sufrido el cercenamiento de su territorio, el colonialismo o la explotación.

Ruego con fe cristiana por nuestros hombres en el mar austral, por vuestros hijos, esposos, hermanos, padres; por los conscriptos, suboficiales y oficiales que son la avanzada de un esfuerzo argentino que no cejará hasta la victoria final.

Invocando la protección de Dios y su Santa Madre, comprometámonos todos los argentinos a cumplir con nuestro deber, como lo hicieron las generaciones del siglo pasado, que no repararon en la rudeza del clima, en las distancias, en la enfermedad o en la pobreza cuando se trató de defender la libertad.

Ellas, al integrar la misión libertadora de Belgrano al Paraguay, las del Alto Perú, allende la cordillera, por el Pacífico con el general San Martín a su frente o en le desierto, no vacilaron en abandonar la familia, las comodidades, lo poco o mucho que tenían. Esta, nuestra generación de hoy, es capaz de emularlas. ¡¿O no somos capaces de hacerlo?! Yo creo en vosotros. Debemos todos creer en nosotros mismos y levantar, todos unidos, muy en alto, nuestra bandera, como emblema de la libertad, para que flote soberana y definitivamente en nuestra Patria Grande.

Ello no basta para que persistamos en nuestra tradición de país amante de  la paz y el respeto a todas las naciones del orbe, ni impedirá que con gesto de amistad que nace de nuestra hidalguía natural, retomemos en un plano de dignidad, la vía diplomática que asegure institucionalmente  la situación que hemos alcanzado, el clara salvaguarda de legítimos intereses que siempre hemos sabido respetar.

Nuestros brazos siempre estarán abiertos para sellar compromisos nobles y para olvidar agravios del pasado en pos de un futuro de paz, que deseamos para el mundo civilizado.

¡Al gran pueblo argentino, salud!

Dios así lo quiera.


Este discurso grandilocuente, cargado de errores históricos y falacias, fue largamente ovacionado por la multitud que se había reunido en Plaza de Mayo.

En las islas Británicas, en tanto, el estupor no tenía límites, sumándose al mismo una creciente cuota de indignación.

Aquel día, las oficinas de Fleet Street recibieron en forma constante, comunicaciones procedentes de sus agencias noticiosas en Buenos Aires dando cuenta de lo que acontecía en el sur.

El orgullo del pueblo británico estaba herido hasta tal punto, que en la Cámara de los Comunes el segundo del Ministerio de Relaciones Exteriores, Humphrey Atkins, aseguraba que tales noticias eran falsas y que no se había producido ningún desembarco.

Sin ninguna duda el gobierno de Su Majestad había sido tomado por sorpresa y cuando la opinión pública lo supo, su gabinete comenzó a tambalear.

El prestigioso diario “The Times” consideró errónea la forma de proceder de los funcionarios londinenses. El director de la Falklands Island Company, Brian Frow, dijo en la capital británica que aquellos habían sido excesivamente blandos ante Buenos Aires y los periódicos conservadores “Daily Telegraph” y “Daily Express” anunciaron la invasión con títulos como “Humillación” y “Vergüenza”.

John Nott, que se había defendido argumentando que haberse adelantado a los hechos habría precipitado las cosas, anunció la urgente reunión de una fuerza naval que en un primer momento estaría integrada por dos portaaviones a los que se unirían otras unidades.

En el Parlamento se abordó el tema de los 1800 habitantes de las Malvinas, sin mencionar a los civiles que estaban en las Georgias, súbditos de la corona británica todos, quienes según lo que argumentaban los constituyentes, quedarían a merced de la feroz dictadura argentina, tema con el que los británicos machacarían a lo largo de todo el conflicto.

El ministro de Relaciones Exteriores, Lord Carrington, se hallaba de viaje por Bruselas e Israel cuando a las 18.00 hs. del 2 de abril su par de Defensa, John Nott, anunció en conferencia de prensa que las islas australes de Gran Bretaña habían sido invadidas por la Argentina, noticia que generó la estampida de los periodistas presentes.

La reunión en la Cámara de los Comunes tuvo lugar al día siguiente, sábado el 3 de abril y fue la primera vez que se hacía en fin de semana desde la crisis del Canal de Suez, último conflicto armado del Reino Unido del que, para mayor preocupación de los presentes, había salido derrotado.

Al iniciarse la reunión, el viceministro de Relaciones Exteriores y portavoz de esa cartera en el recinto, Humphrey Atkins, solicitó la palabra para pedir disculpas por su equivocación del día anterior, al haber asegurado que las noticias de la invasión eran falsas. A continuación, la primera ministra, visiblemente nerviosa, se puso de pie y comenzó su exposición, brindando un panorama de la situación. Dicen Eddy, Linklater y Gillman que lo primero que hizo fue asumir la responsabilidad por la pérdida territorial que Gran Bretaña había sufrido (la primera desde la Segunda Guerra Mundial), prometiendo a continuación que se pondría en marcha un vasto operativo para recuperarlas.

El debate fue intenso y duró más de tres horas durante las cuales Margaret Thatcher, aunque firme en apariencia, dio muestras de estar perturbada pues no hablaba con claridad, sobre todo durante los virulentos ataques de los parlamentarios opositores que, irritados, la increparon por no haber previsto y evitado la invasión. Fue entonces que confirmó que las primeras unidades navales zarparían el lunes 5 de abril, aduciendo la necesidad de defender a los casi dos mil ciudadanos británicos que poblaban los archipiélagos.

Uno de los ataques más certeros que la primera ministra soportó y ante el cual estuvo a punto de sucumbir, fue el del laborista Michael Foot, que había convencido a muchos de los presentes que la culpa de todo lo que estaba ocurriendo era del gobierno. La pregunta clave fue ¿por qué no se había actuado con mayor rapidez como lo habían hecho los laboristas en 1977. Sir Nigel Fisher, por su parte, efectuó una tonta proposición cuando mocionó pidiendo que la Argentina fuese expulsada de los mundiales de fútbol, una estupidez que parecía evidenciar que el parlamentario no tenía demasiada conciencia de la gravedad del asunto.

La Cámara de los Comunes solicitó la presencia de Lord Carrington por considerarlo el principal responsable de la crisis. Sin embargo, a último momento se decidió convocarlo unos días después pero en la Cámara de los Lores donde a pedido de Lord Shackleton, se lo trató con un poco más de benevolencia. El “Sunday Telegraph” calificó a aquello como la jornada más aciaga del gobierno conservador.

La crisis quedó en evidencia cuando el 5 de abril Lord Carrington presentó su renuncia. El ministro del Interior, William Whitelaw intentó disuadirlo por todos los medios pero no lo logró. Lo mismo hizo Margaret Thatcher con idénticos resultados. Junto a él dimitieron Humphrey Atkins, Richard Luce, tercero en escalafón y el ministro de Defensa John Nott. Habían rodado varias cabezas a causa del conflicto y era imperioso evitar que otras lo hicieran.

Margaret Thatcher se opuso terminantemente al alejamiento de aquel último funcionario y casi rogándole, le exigió que se quedara. Nott accedió pero con la condición de que se lo solicitase por escrito, cosa que aquella aceptó inmediatamente. De esa manera, en su segunda aparición ante la Cámara de los Comunes, el 7 de abril, la primera ministra apareció junto a un renovado ministro de Defensa, mucho más confiado y seguro de sí mismo, con quien presentó un nuevo informe al organismo, admitiendo en parte, lo que sostenía la oposición en cuando a que se habían cometido errores.

Carrington fue reemplazado por otro funcionario de carrera, Francis Pym, con quien la señora Thatcher no se llevaba muy bien.

Por esos días, la junta militar argentina recibió un telegrama de la reina Isabel II de Inglaterra exigiendo el inmediato retiro de sus fuerzas de los archipiélagos australes, algo que Buenos Aires ni siquiera tomó en cuenta.


Quienes estaban sumamente sorprendidos por la noticia de la recuperación de las islas eran los funcionarios del Proceso de Reorganización Nacional, entre ellos los ministros Alfredo Oscar Saint Jean, titular de la cartera de Interior y Roberto T. Alemann, de Economía quienes, como la mayoría de sus colegas, poco y nada sabían antes del 2 de abril.

El que había estado siguiendo las alternativas de los sucesos en el lejano sur fue Atilio Molteni, encargado de negocios de la embajada argentina en el Reino Unido, quien se sobresaltó cuando aquella mañana leyó en “The Times” de Londres, que su país había invadido los archipiélagos australes. Casualmente guardaba un artículo del mismo diario, aparecido en una edición anterior, donde el periodista Michael Fidman se refería a los militares argentinos como impredecibles y aseguraba que era posible un ataque a las islas. Por entonces las comunicaciones entre Buenos Aires y la capital de Inglaterra estaban prácticamente paralizadas y utilizar el teléfono implicaba un riesgo porque los servicios de inteligencia británicos conocían y dominaban las claves argentinas.

Molteni, bastante angustiado y desorientado, venía observando como se manejaban los agregados navales de la embajada, almirante Raúl González y capitán de navío Alfredo Febré y recordó que el 30 de marzo anterior, el primero había deslizado algo referente a las Georgias, asegurando que el incidente iba a traer consecuencias graves. Al día siguiente, un alto funcionario de Aerolíneas Argentinas le dijo que creía que estaban por suceder cosas importantes porque los vuelos entre ambos países se hallaban suspendidos.

En vista de ello, Molteni llamó al gerente de la sucursal del Banco de la Nación Argentina en Londres y lo alertó sobre la necesidad de transferir los fondos a alguna cuenta suiza dado que, de producirse algún acontecimiento imprevisto, era seguro que los ingleses iban a tomar represalias bloqueando los fondos y confiscando los bienes de nuestro país.

Mucho nerviosismo se vivía también en el Foreign Office.

Un día antes del ataque, el 1 de abril, el parlamentario conservador Ray Whitney se encaminó a la embajada argentina y le ofreció a Molteni el envío de un representante de su gobierno a Buenos Aires o al lugar donde la Junta creyese conveniente, para dialogar sobre el asunto. El argentino preguntó quien sería ese funcionario y Whitney le respondió que John Ure, su jefe en el gabinete de Lord Carrington o Richard Luce, aquel que había solucionado en Nueva York el asunto de Nicholas Ridley, un funcionario que había estado a punto de desencadenar un conflicto en 1979 cuando tras su visita a Puerto Stanley, hizo mordaces comentarios sobre el régimen militar y la violación de los derechos humanos.

Molteni guardó silencio un instante y al cabo de un rato sugirió como interlocutor al vicecanciller Enrique Ros. Mientras eso ocurría, Atkins volaba a Israel para reemplazar a Lord Carrignton a fin de que este pudiese volver a Londres.

Casi cuando el gobierno británico anunciaba la probabilidad de una crisis en el sur, en Washington, Esteban Tacaks recibió un llamado de la embajadora Jeanne Kirkpatrick, quien le informó que el gabinete estaba al tanto del inminente ataque. Tacaks quedó estupefacto porque, al parecer, carecía de información al respecto y no supo muy bien que decir. Quien sí lo sabía era el representante argentino ante las Naciones Unidas, Eduardo Roca, que de inmediato se comunicó con Costa Méndez para pedir instrucciones, utilizando para ello el teléfono que distorsionaba las voces.

Tacaks recibió otro llamado, esta vez el de Thomas Enders, subsecretario de Asuntos Interamericanos de los Estados Unidos, quien lo citaba urgentemente al despacho de Alexander Haig. El diplomático argentino llegó en menos de veinte minutos para escuchar la misma información que le pasara Kirkpatrick. Se le ofreció la mediación del vicepresidente Bush y se le dejó entrever cuales iban a ser las consecuencias si la Junta Militar rechazaba el ofrecimiento.

-Usted comprenderá, señor embajador, la importancia que tienen para mi país las relaciones con Gran Bretaña. Nosotros no deseamos una alternativa bélica porque quizás, no podamos ser neutrales.

Más claro imposible. Y como se vería en el futuro, aquellas palabras eran reales.

Tacaks regresó más que volando a la embajada y allí convocó a todos sus agregados a quienes puso al tanto de lo que ocurría. Acto seguido llamó a Buenos Aires para hablar con Costa Méndez que tomó nota de lo que el diplomático le dijo.

Mientras tanto, Ros citó al embajador soviético, Sergei Striganov, urgido por plantearle la necesidad del veto en el Consejo de Seguridad. Costa Méndez reiteraría el pedido al día siguiente y lo mismo haría con el representante chino mientas se cursaban telegramas a las legaciones argentinas en Moscú y Pekín instruyendo a sus titulares para que hiciesen lo propio ante esos gobiernos.

Los días 31 de marzo y 1 de abril el canciller porteño se reunió con el vacilante embajador británico, Anthony Williams, quien aguardaba una respuesta a la pregunta que Londres había formulado vía Molteni. Lo que obtuvo fue una durísima réplica de Costa Méndez que en pocas palabras, dejó entrever que la Argentina rechazaba la proposición.

En Estados Unidos, Janne Kirkpatrick invitó a Eduardo Roca y a Anthony Parsons, embajador del Reino Unido, a tomar el té en su domicilio. Con anterioridad, el secretario general de las Naciones Unidas, el peruano Javier Pérez de Cuellar, había convocado a ambos para expresarles su preocupación ante la amenaza de una guerra pero ni el argentino ni el inglés alcanzaron a verse por haber llegado en diferentes horarios. En vista de ello Cuellar hizo una apelación pública a ambos gobiernos solicitando una solución pacífica.

En cuanto a la invitación en casa de Janne Kirkpatrick, Roca prefirió no concurrir porque no sabía como actuar y tampoco tenía instrucciones al respecto. Además, estaba al tanto de que desde el 1 de abril la flota de su país amagaba el archipiélago malvinense y que la invasión se había pospuesto por cuestiones climáticas.

Roca llamó a la funcionaria y se excusó, manifestando la conveniencia de postergar la invitación para más adelante aunque dijo que tenía previsto dirigirse al Palacio de Cristal para ponerse en contacto con el funcionario británico en lo que creía, era un marco más adecuado.

El encuentro tuvo lugar, finalmente, en una pequeña sala contigua al Consejo de Seguridad, donde se desarrolló un breve diálogo que Parsons concluyó repentinamente, porque se lo acababa de convocar a su sede diplomática. Lo esperaba un cable urgente de Londres informando que la invasión al archipiélago era inminente.

Parsons leyó el mensaje en su despacho y con él en la mano, corrió de regreso al Palacio de Cristal para solicitar una reunión urgente del Consejo de Seguridad. El mismo se constituyó en su sesión Nº 2345, presidido por el zaireño (congoleño) Kamanda Wa Kamanda, quien abrió el cónclave dando la palabra a los británicos.

De su boca supieron los representantes de las naciones miembros, de la amenaza argentina. Después de escuchar, Kamanda invitó a ambas partes a evitar el uso de la fuerza y sometió el tema a tratamiento. De resultas de ello, fue aprobada la Resolución 502 por la que se instaba a ambas partes a dar una solución pacífica al asunto evitando, por todos los medios, el uso de la fuerza y respetando los principios de la Carta de las Naciones Unidas.

Argentina no salió bien parada de aquella reunión ya que solo obtuvo el apoyo de Panamá en tanto los franceses, fieles aliados de Inglaterra, consiguieron los votos de Togo, Zaire (Congo), Uganda, Jordania y Guyana, esta última, temerosa de sus problemas limítrofes con Venezuela, país que pidió y obtuvo un plazo de 24 horas para darle tiempo a su canciller de llegar a Nueva York.

El tema estaba instalado en el Consejo y constituía un triunfo para los británicos, en especial su embajador, quien de ese modo, había puesto en marcha la hábil diplomacia de su país, aquella que tantos éxitos le reportara a lo largo de la historia.

En Londres, Carrington (todavía ministro) y Noott discutían el envío de una fuerza militar al Atlántico Sur después que el segundo pusiese en estado de alerta a sus fuerzas armadas. Pocas horas después, un cable proveniente de Puerto Stanley daba cuenta que el archipiélago estaba siendo invadido.

Informado de lo que estaba ocurriendo, Costa Méndez recibió un llamado del embajador argentino en Moscú, Ernesto de la Guardia, quien lo puso al tanto de sus gestiones. El diplomático se había entrevistado con el viceministro de Relaciones Exteriores, Igor Zemskov y el embajador Arkadi Volski, quienes le habían garantizado que la Unión Soviética le estaba dando toda la consideración al asunto.

El canciller argentino llamó a Molteni (Londres) y a Roca (Washington) para informarles sobre el éxito del desembarco y antes de finalizar, le dijo al último que esa misma noche partía para la capital de los Estados Unidos, donde se verían antes de la sesión.

Aquel 1 de abril fue la jornada del gran triunfo británico en las Naciones Unidas, ello gracias a la iniciativa del embajador Parsons, quien a lo largo de sus dos años de gestión, había hecho numerosos amigos.

La Argentina acababa de hacer un nuevo cambio de embajadores, enviando a Roca a los Estados Unidos, por coincidencia, el 24 de marzo, aniversario del golpe de estado de 1976. Y de un inesperado regreso del diplomático a Buenos Aires por problemas de salud, Parsons supo sacar ventajas importantes.

Todo pareció jugar a favor de Inglaterra cuando Kamanda Wa Kamanda reemplazó a la señora Kirkpatrick en la presidencia del Consejo de Seguridad, el 31 de marzo, es decir, el día anterior al mencionado viaje, movida providencial para sus intereses porque Londres tenía motivos suficientes para sospechar que la embajadora era partidaria de la posición argentina.


En la capital británica, mientras tanto, la situación se complicaba para los argentinos.

Producida la recuperación, Molteni, intuyendo que el embargo y bloqueo de los bienes de su país en Gran Bretaña eran inevitables, se comunicó urgentemente con la sucursal londinense del Banco de la Nación Argentina para ordenar a su gerente la salida hacia Suiza de todo el dinero disponible. Se extrajeron unos u$s 500.000.000 pero quedaron otros u$s 1500.000.000 que no hubo tiempo de sacar. Después de eso, sabiendo que en cualquier momento las autoridades británicas tomarían medidas contra la sede diplomática, convocó en forma urgente a todo el personal y una vez reunido, lo puso al tanto de lo que estaba ocurriendo. Se encontraban presentes cuatro colegas suyos, Juan Eduardo Fleming, Jaureguiberry, Iglesias y Salvador, además de diez militares y cincuenta empleados civiles.

El jefe de la legación acompañó sus palabras con una suerte de arenga, diciendo entre otras cosas, que aquel 2 de abril era un día histórico porque se había recuperado una porción irredenta de nuestra tierra. Al finalizar, invitó a los presentes a entonar el Himno Nacional (un momento de gran emotividad) y acto seguido, dispuso la destrucción de toda la documentación mientras se aprestaba a hacer unas llamadas.

El personal de la embajada se movió presurosamente. Lo primero que hizo fue bajar de los altillos dos tambores de kerosén vacíos que se colocaron en el patio y una vez acondicionados, procedió a quemar los papeles junto con las claves existentes.

Molteni aprovechó la ocasión para retratar el momento, tomando fotografías de su gente cuando quemaba los archivos. Pocas veces un país latinoamericano había vivido situaciones propias de una película de guerra y espionaje como aquella.

En un determinado momento, uno de los agregados militares se acercó a Molteni para decirle que no debía ser tan fatalista y que sería bueno alejar de su mente el fantasma de un conflicto armado ya que el mismo era improbable. El consejero Carlos Echagüe estuvo de acuerdo, pero el tiempo les demostraría su error.

En esas estaban diplomáticos y empleados cuando llegó a la embajada la tan esperada citación del Foreign Office. Eran las 14.00 hs. en Londres y la cita para Molteni estaba programada para las 17.00 en punto.

El diplomático llamó a Buenos Aires y pidió con el canciller. Cuando Costa Méndez atendió, aquel le requirió instrucciones a lo que el ministro le ordenó proceder de acuerdo al protocolo.

Después de almorzar frugalmente, Molteni siguió supervisando la destrucción de la documentación y a las 16.30 partió hacia el ministerio. Llegó puntualmente y fue recibido por la secretaria de Sir Arthur Michael Palliser, subsecretario permanente, que lo hizo esperar apenas dos minutos.

El saludo que recibió fue frío y distante. El funcionario de la Corona le extendió un sobre y mientras lo hacía, dijo secamente.

- Ustedes han invadido territorio británico.

Molteni leyó la nota y vio que se trataba de la ruptura de relaciones diplomáticas.

- Disculpe –contestó- Nosotros no hemos invadido nada. Hemos recuperado lo que es nuestro.

- Eso se va a discutir en las Naciones Unidas y en otros ámbitos también – agregó el anglosajón en tono de amenaza.

- Así será – respondió el argentino dando media vuelta para retirarse.

A punto estaba de abrir la puerta cuando a sus espaldas, alcanzó a oír la voz de Palliser diciéndole que, a partir de ese momento, Suiza representaría los intereses británicos en la Argentina. Molteni lo miró e intentando demostrar calma, manifestó que iba a informar a su canciller. Acto seguido, se retiró.

Ese día, por la noche, tuvo lugar una cena en la embajada, donde primó la cordialidad y el buen ánimo aunque un poco de incertidumbre y tensión también ya que a lo largo del día, se habían recibido amenazas telefónicas sobre posibles atentados. Eran todas falsas, producto de nacionalistas exaltados, pero no dejaron de inquietar, sobre todo al personal femenino.

Al final hubo un brindis, oportunidad que Molteni aprovechó para comunicar a funcionarios y empleados que tenían cuatro días para abandonar el país.

Del mismo modo, el personal de la Comisión Naval Argentina en Europa, cuyo asiento se encontraba en Londres, también se dispuso a evacuar territorio británico.

La mañana del 26 de marzo de 1982, una llamada telefónica advirtió a su jefe, el contraalmirante Raúl Jorge González, sobre la urgente necesidad de transferir los fondos que la representación tenía depositados en los bancos de esa capital, hacia el continente. Quien hablaba era el contraalmirante contador Horacio R. Nadale, titular de la Contraloría General Naval, cuyas oficinas se encontraban en el segundo piso del Edificio Libertad. Seguía directivas del Estado Mayor General de la Armada en cuanto a preservar esos caudales ante la posibilidad de sanciones por parte del Reino Unido una vez iniciadas las acciones. Por eso, ni bien cortó la comunicación, González convocó a su equipo de colaboradores y a puertas cerradas les impartió las primeras directivas, recomendando para ello la mayor discreción.

Con la Flota de Mar ultimando los preparativos en Buenos Aires, Punta Alta y Mar del Plata, dio comienzo la operación destinada a retirar los caudales, incluyendo una considerable suma de dinero en dólares estadounidenses que la misión guardaba en sus cajas fuertes, intentando no despertar sospechas entre las autoridades británicas.

Cuando el 2 de abril, Londres impuso el bloqueo a los capitales argentinos, buena parte de los mismos habían sido girados al extranjero o se encontraban en poder del personal naval, listos para ser conducidos a la Subcomisión Naval con sede en Alemania Occidental. Como lo explica el contraalmirante Pablo E. Arguindeguy, en su libro Logística de la guerra de Malvinas, al momento de actuar, los ingleses apenas pudieron accionar sobre un saldo menor de esos capitales, el cual permanecería en su poder hasta 1985, cuando tras el acuerdo firmado entre Londres y el gobierno democrático que regía entonces, fueron restituidos.

Ese mismo día, la administración Thatcher dio a conocer su decisión de expulsar a todo el personal argentino en su territorio, poniendo como fecha tope el 8 de abril, aclarando que en caso de no cumplir la resolución, el mismo sería considerado elemento hostil y en consecuencia, proclive de ser arrestado y puesto a disposición de la justicia militar.

En tanto el personal comenzaba la tarea de destrucción de la documentación clasificada a excepción de aquella que pudiese ser transportada, se adoptaron las medidas destinadas a retirar los capitales y evacuar al personal y sus familias, tomándose los recaudos necesarios para no ser detectados y su equipaje decomisado.

Entre el 7 y el 8 de abril, Jueves Santo en todo el mundo, los argentinos iniciaron su salida en dirección a Dover, en medio del flujo turístico de Semana Santa. Fueron escoltados por motocicletas policiales en prevención de actos vandálicos por parte de la población civil que a excepción de algún gesto aislado, no se produjeron.

Antes de partir, los capitanes de fragata contadores Rubén R. Barbero y Nelson A. Schaller supervisaron personalmente el traslado del equipaje a los automóviles particulares que formaban la caravana, en especial las maletas en las que se encontraban los dólares estadounidenses, iniciando a continuación un viaje en extremo tenso y peligroso.

El derrotero se inició el 7 de abril por diferentes rutas y finalizó al día siguiente, cuando los aludidos fondos llegaron a la Subcomisión Naval en Alemania, la cual pasaría a funcionar como central a partir del 4 de mayo. Dadas las restricciones que la Comunidad Económica Europea impuso a la Argentina, oficiales, suboficiales y auxiliares civiles de la entidad debieron dispersarse por diversos países de Europa y aguardar directivas en lo que a decisiones futuras se refiere.

Para entonces, la nación sudamericana sufría el embargo internacional y era objeto de constantes sanciones, por lo que era imperioso moverse con mucha cautela. Algo similar ocurrió en territorio norteamericano cuando la administración Reagan bloqueó sus caudales y cercenó la adquisición de armamento, repuestos y equipo. El titular de la Comisión Naval en ese país, vicealmirante Rubén O. Franco y su segundo, el capitán de fragata contador Jorge Rodríguez, jefe del Departamento Económico-Financiero de su Plana Mayor, se vieron obligados a adoptar recaudos para adquirir esos componentes fuera de los Estados Unidos.

Mayor suerte se tuvo en Italia, donde la agregaduría naval argentina logró adquirir algunos implementos, entre ellos repuestos para el sistema de armas, procedimientos que se vieron sumamente beneficiados cuando el 20 de abril de 1982, Roma y Dublin, desistieron de aplicar las medidas impuestas por la CEE.


El 2 de abril la representación argentina en Washington ofreció a la embajadora Kirkpatrick una cena en su honor. La invitación tomó por sorpresa a la diplomática quien, sin embargo, aquel mismo día, por la tarde, llamó por teléfono a Tacaks y le confirmó su asistencia. Para ella, la Argentina era un aliado de importancia en las guerras centroamericanas y tenía muchas simpatías por nuestro país del cual, incluso, había escrito un libro5.

No era, por cierto, el único funcionario norteamericano que opinaba de esa forma; en el Pentágono eran muchos los que valoraban las operaciones militares que el régimen sudamericano llevaba a cabo en Honduras, Nicaragua, El Salvador y Guatemala y creían necesario apoyar su posición. Por el contrario, Alexander Haig era un acérrimo partidario de la postura británica y en tal sentido, estaba empeñado en evitar todo asunto que pudiese resentir la histórica relación entre ambas naciones.

Aquella noche acudieron a la embajada argentina el secretario general de la OEA, Alejandro Orfila; la agasajada, Janne Kirkpatrick; Tomas Enders, subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos; Walter Stoessel, segundo después de Haig; Frank Carlucci, subsecretario de Defensa; Charles Meyer, titular del Ejército y William Middendorf, representante norteamericano en la OEA.

Como era de esperar, el Atlántico Sur fue el tema dominante y en la oportunidad, el embajador argentino quiso saber cual sería la actitud de los Estados Unidos en caso de una contienda a gran escala.

La cena transcurrió en un clima tenso y según la editora del “Washington Dossier”, que estuvo presente, fue un momento horrendo. Cuando Kirkpatrick habló, dijo que los argentinos eran buenos para todo menos para gobernarse, expresión que reiteraría tiempo después en otro lugar.

Finalizada la reunión, la agasajada comunicó a Tacaks que Estados Unidos apoyaría a Gran Bretaña en el Consejo de Seguridad, noticia que dejó perplejo al funcionario argentino. Kirkpatrick se ofreció como mediadora y luego lo invitó junto a Roca, a una cena en el Waldorf Tower, al día siguiente.

Los que no quedaron nada satisfechos con aquel agasajo fueron los británicos, quienes criticaron y hasta acusaron a la señora Kirkpatrick por su marcada posición argentina. Nicholas Henderson, representante de Londres en las Naciones Unidas, llegó a decir que la concurrencia de la diplomática a aquel banquete fue lo mismo que si un funcionario de la Corona hubiese aceptado una invitación a cenar en la embajada  de Irán el día del secuestro de los rehenes norteamericanos en Teherán.


El 3 de abril por la mañana, Nicanor Costa Méndez se hallaba en Nueva York. Ese día, Gran Bretaña presentó el caso en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y en la Comunidad Económica Europea, logrando importantes respaldos. Mientras tanto, en Buenos Aires se especulaba hasta tal punto con que los vetos de la Unión Soviética y China frenarían toda medida favorable a los ingleses, que un programa de televisión llegó a decir que era casi imposible que Londres obtuviera éxito.

En el Consejo de Seguridad la gestión de Costa Méndez terminó en el más completo fracaso. El ultraconservador canciller argentino cometió un grave error al intentar darle a los presentes una lección de historia y peor todavía cuando quiso “orientar” su voto. “Malvinas es un problema colonial por lo que los señores embajadores deben votar con una postura anticolonialista”6.

Aquello molestó a los presentes, más cuando Costa Méndez, con absoluta falta de tacto, no respondió la pregunta de uno de los representantes, argumentando que no tenía tiempo de hacerlo.

Como “actuación desastrosa” catalogaron los analistas la gestión del canciller.

La Resolución 502 fue aprobada por diez votos a favor de Gran Bretaña contra uno -el de Panamá-, en favor de la Argentina, además de cuatro abstenciones, dos de ellas, sorpresivas, la de la URSS y China7.

Ese mismo día, Margaret Thatcher hizo frente en el Parlamento a un verdadero temporal político en el que, incluso, se le llegó a pedir su renuncia. Por el contrario, la primera ministra se mantuvo incólume y según algunos observadores, hasta se sintió imbuida por la tradición imperial de su patria, disfrutando el desafío.

Las críticas se enfocaron, principalmente, en el hecho de no haber reforzado las islas teniéndose, como se tenían, pruebas de que la Argentina iba a realizar algún tipo de acción. Se volvieron a mencionar los 1800 británicos cautivos de la dictadura militar y se puso énfasis en el enorme esfuerzo que debería hacerse para rescatarlos.

La Thatcher soportó estruendosas carcajadas cuando explicó que se le había enviado un telegrama al gobernador Rex Hunt informándole que las islas iban a ser invadidas. Realmente toleró todo con mucho estoicismo y al finalizar la reunión, anunció el envío de una fuerza militar para restablecer el dominio británico en el área. Terminó diciendo que si había que combatir se iba a combatir y que, en caso de hacerlo, no lo harían para perder. Al mismo tiempo, Noott informó a la ciudadanía a través de radio y televisión, que la Marina Real estaba pronta a partir en una misión de guerra y que estaba dispuesta a luchar en caso de tener que hacerlo.


Entre el 2 y el 3 de abril se llevaron a cabo en Buenos Aires grandes concentraciones populares que tuvieron al pueblo como principal protagonista, especialmente en la histórica Plaza de Mayo. Ni bien Galtieri terminó de hablar, la multitud partió enfervorizada para recorrer el centro de la ciudad y mientras eso ocurría, numerosos países comenzaron a solidarizarse con Gran Bretaña y a repudiar la actitud argentina, entre ellos Francia, Canadá, Australia y Nueva Zelanda.

Aquella última nación rompió relaciones diplomáticas y retiró su embajador al tiempo que exigía el inmediato retorno de las tropas acantonadas en el archipiélago. Incluso algunos estados latinoamericanos parecieron justificar el reclamo inglés, entre ellos Chile, Colombia, Brasil y Uruguay en donde los órganos de prensa locales lanzaban duras críticas contra la Argentina. Los británicos Max Hastings y Simon Jenkins no se equivocan cuando en La batalla por las Malvinas, aseguran que de ese modo, América Latina castigaba a su soberbia hermana europea por haberla mirado siempre con marcado desprecio y aires de superioridad.

Aquel 3 de abril, el jefe de la marina de guerra norteamericana en Buenos Aires canceló su visita a Puerto Belgrano y regresó a su país. El día anterior, el Departamento de Estado había solicitado a la Argentina que suspendiese todas las hostilidades y retirase sus tropas en tanto los medios de prensa gráficos remarcaban la difícil situación en la que se encontraba Estados Unidos ya que por un lado, Gran Bretaña era su aliado histórico más importante y por el otro, la Argentina estaba cumpliendo un papel importante en las pequeñas guerras de América Central.

El día 5 fue una jornada clave con la renuncia de Lord Carrignton y sus principales colaboradores y el ofrecimiento de Reagan para mediar en el conflicto. Durante el transcurso del día, la Unión Soviética criticó la posición imperialista de Gran Bretaña y el periodista francés Robert Solé escribió en “Le Monde” de París que los lazos que unían a ambos continentes eran muy estrechos pero que Estados Unidos podía llegar a ser el mejor mediador. Reagan no ocultaba su apoyo a la Resolución 502 y los argentinos aguardaban ansiosos una reacción favorable.


Al tiempo que en el Reino Unido se iniciaban los aprestos bélicos, la Argentina se dedicaba a consolidar su posición en las islas.

Mientras en las calles de Buenos Aires la gente saltaba y aullaba de alegría, en Puerto Stanley, rebautizado Puerto Argentino, blindados Amtracks recorrían la población emitiendo sonidos desagradables, siniestros a oídos de sus habitantes. Al tiempo que eso ocurría, más vehículos descendían por las rampas de los transportes navales, abarrotados de soldados y armamentos, en tanto en el aeropuerto el tránsito aéreo se tornaba intenso, con los enormes Hércules C-130 descendiendo y despegando uno tras otro, llevando tropas, víveres, municiones y armamento pesado que soldados conscriptos y suboficiales descargaban velozmente.

El teniente coronel Mohamed Alí Seineldín era quien supervisaba personalmente la operación, impartiendo directivas e, incluso, dando una mano personalmente cuando la situación lo requería.

Los habitantes de Puerto Argentino, acostumbrados al lento paso de unos pocos automóviles particulares, en especial los Land Rovers, veían con espanto aquel incesante desfile mientras su pacífica comunidad se iba convirtiendo rápidamente en un campamento militar. Incluso presenciaron un accidente de tránsito cuando el jeep que conducía el mayor Jorge Alberto Romero Mundani8 (corto de vista), se llevó por delante a un camión del Ejército. Había asombro en los niños y angustia en los mayores.

Ni bien finalizó la batalla, las fuerzas de ocupación se posesionaron de los principales edificios de la población.

El jefe de la Compañía de Vehículos Anfibios a Oruga, teniente de navío Mario Forbice, se encaminó al juzgado para instalar su puesto de comando. Cuando llegó, se encontró a los residentes argentinos que los británicos concentraron allí el día anterior, quienes le ofrecieron un pormenorizado relato de los acaecido en las horas previas al desembarco. Se les mandó regresar a sus casas y a los agentes del orden locales se les confiscaron las armas y se les ordenó dirigirse al edificio de Policía en espera instrucciones.

El jefe del Apostadero Naval Malvinas, capitán de fragata Adolfo Aurelio Gaffoglio, tuvo a su cargo la toma de las instalaciones de la Falklands Islands Company, previa recorrida de lo que sería su jurisdicción. Poco después se le encomendó la triste tarea de conducir al cuerpo sin vida del capitán Giachino desde el hospital hasta el aeropuerto, donde fue subido a un Hércules que lo condujo de regreso al continente. Luego acompañó al almirante Büsser en su inspección por los cuarteles de Moody Brook y juntos pasaron al muelle de combustible para reconocer sus instalaciones. Una vez allí encontraron gran cantidad de armamento abandonado y hasta artefactos explosivos montados ex profeso, a los que se procedió a desactivar.

En la casa del gobernador los argentinos habían arriado la bandera británica y quitado el cuadro de la reina mientras la radio impartía, una y otra vez, las normas impuestas por el nuevo régimen. Nadie podía salir de su casa sin portar una bandera o paño blanco; desde el 2 de abril regía el dinero argentino junto a las libras esterlinas, el idioma español pasaba a ser oficial, se conduciría por el lado derecho de las calles, Radio Malvinas dejaba de transmitir la BBC y pasaba a regir el estado de sitio en todo el archipiélago. Se impondrían castigos a quienes violasen esas reglas que iban desde el pago de multas hasta el encarcelamiento y se confiscarían bienes en caso de ser necesario.

Los kelpers sintieron horror e indignación cuando los argentinos comenzaron a cambiar los nombres de la nomenclatura local, en especial al enterarse que la capital iba a denominarse “Puerto Rivero”. Afortunadamente primó la sensatez y como el nombre del temible gaucho no era el apropiado, se lo cambió por Puerto Argentino, mucho más significativo aunque no menos molesto para los malvinenses.

El trato hacia los isleños fue siempre correcto pues esas eran las instrucciones que las fuerzas de ocupación habían recibido antes de partir. Hoy se sabe que los militares se cuidaron muy bien de evitar todo tipo de roces, poniendo especial cuidado en no violar los estatutos de la Convención de Ginebra. La fama de la que gozaban era la peor y sabían que los ojos del mundo estaban puestos en ellos.

Los militares instruyeron a los soldados, especialmente a los reclutas de 19 y 20 años, para que cuidasen su comportamiento con los civiles. De todas maneras, no pudieron evitarse roces e inconvenientes.

La señora Ángela White, esposa del piloto civil Ian White, contó que después de la invasión había soldados vigilando permanentemente las casas y aunque nunca tuvo miedo, prefirió mantener a sus hijos lejos de ellos, en especial de sus armas. Luego veremos como por las noches conscriptos asustados disparaban a todo lo que se movía.

La joven Claudette Moseley, empleada de la emisora radial, contó a su vez que los jóvenes soldados se mostraban solícitos y amables pero que tanto era el empeño que ponían, que terminaban por tornarse pesados. Por esa razón, le pidió un día a un oficial que los retirara de la oficina, cosa a la que aquel accedió.

Pero no todo fue color de rosa. Como contrapartida, se suspendieron las clases durante todo el tiempo que duró la ocupación, los negocios permanecieron cerrados y se obligó a algunos pobladores a trabajar para las fuerzas de ocupación, en especial en la radio y en las oficinas de correo, al frente de la cual fue designado un oficial argentino. El viejo jefe de la estafeta, William Ethrige, debió leer a sus compañeros los estatutos de la Convención de Ginebra para quitarles el trauma de que eran traidores.

Pese a ello, los kelpers sabían que aunque estaban bajo una dura dictadura, acusada de los peores crímenes y violaciones a los derechos humanos, de momento estaban a salvo debido a que los ocupantes intentarían mostrar al mundo cuan bondadosos podían llegar a ser y que beneficioso iba a resultarles el nuevo régimen. Como prueba de ello, el poco serio periodismo argentino, amplia mayoría aún hoy, comenzó a publicar notas estúpidas y superficiales con títulos como “Ellos ya son argentinos”, hablando de los nuevos hermanos malvinenses y de lo afortunados que iban a ser a partir de ese momento cuando todo el mundo sabía, especialmente en la Argentina, cual era el pensamiento de los kelpers.

Soldados argentinos, en busca de leña para combatir el frío nocturno, destrozaron las vallas y los cercos de varias propiedades, haciendo añicos los prolijos jardines que los isleños cuidaban con esmero. Se llevó a cabo una poco amistosa requisa de viviendas para buscar armas, confiscar equipos de radio y requisar vehículos, en especial los Land Rovers que el Ejército utilizó para sus desplazamientos. Por otra parte, los pesados blindados iban de un lado a otros destrozando con sus orugas, postes, veredas y hasta algunos cercos, chocando a veces entre sí o llevándose por delante lo que se les cruzara en el camino, a veces vallas, a veces autos e incluso edificios.

El kelper Betts cuenta que cuando su gente vio la bandera celeste y blanca flameando en la gobernación, sintió que una dictadura militar acababa de instalarse para someterlos, sentimiento que se mantuvo durante los 74 días que duró la ocupación. Las comunicaciones con el exterior quedaron severamente restringidas y cesó el transporte marítimo interisleño, medio vital para la existencia de las pequeñas comunidades del interior. Sin embargo, lo que reveló a las claras cual iba a ser la suerte de los pobladores en caso de que la Argentina llegase a triunfar fue lo que les ocurrió, entre otros, a Philip Rozee y a la familia Luxton.

Todo comenzó con la reaparición de la nada tranquilizadora figura de Patricio Dowling, jefe de la Sección de Inteligencia de la Policía Militar 181, el argentino que más miedo infundió entre los malvinenses, según fuentes británicas.

El joven Philip, novio de Claudette Moseley, trabajaba en el Departamento de Obras Públicas de la isla al momento de producirse la invasión. A la mañana siguiente caminaba hacia su casa cuando fue rodeado por un sinnúmero de fusiles que le apuntaban amenazadoramente; fue conducido a empellones hasta el Departamento de Policía y a poco de legar se lo sometió a interrogatorio acusado de espionaje.

En realidad los kelpers habían montado un débil movimiento de resistencia que llevó a cabo unas pocas acciones de sabotaje como el corte de algunos cables de comunicación, fotografiar las posiciones argentinas, inhabilitar vehículos (la mayoría tractores) para evitar su uso por parte de los invasores, obtener información para enviarla secretamente al exterior (cantidad de efectivos, armamento, vehículos etc.), ocultar combustible, alguno que otro equipo de radio y nada más.

Entre los más activos miembros de la “resistencia” figuran el veterinario Steve Whitley, que se la pasaba hablando de “apuñalar enemigos” pero nunca hizo nada y el maestro de escuela Phil Middleton, quien se proveyó de algunas tijeras para castrar carneros. Otros dos fueron el canadiense Bill Curtis que una noche intentó desviar una baliza de aeronavegación argentina y terminó arrestado y Eric Goss de Prado del Ganso, que junto a otros granjeros escondió combustible. Los electricistas Les Harris y Bob Gilgert también cortaron redes de electricidad y en su lugar, colocaron fusibles de baja intensidad que más adelante servirían a las tropas británicas.

Volviendo a Philip Rozee, después de su detención fue conducido al primer piso del edificio de Policía, donde quedó frente a frente con Patricio Dowling. El corpulento oficial lucía gafas negras y vestía una chaqueta azul, detalle que en su conjunto le daban un aspecto estremecedor. La sección a cargo del argentino de ascendencia irlandesa se había instalado en la dependencia y la utilizaba como centro de interrogación.

Según algunas fuentes, las primeras noticias sobre el comportamiento de Dowling y su sección, llegaron a Gran Bretaña por boca de los deportados.

El kelper fue sometido a un duro interrogatorio durante el cual fue zamarreado, insultado y golpeado. A continuación, Dowling le dijo que había sido encontrado culpable de espionaje y que iba a ser fusilado. Tal fue el susto que se llevó, que junto a su novia decidieron abandonar las islas.

Todo el mundo sabía lo capaces que eran los militares argentinos de llevar a cabo acciones por el estilo pues ya lo habían hecho en su país, en Centroamérica y en Bolivia, luego del golpe de Estado que derrocó a la presidenta Lidia Gueiler (por ellos orquestado). De ahí el cuidado que la mayoría de los malvinenses puso en irritarlos y hacerles perder la paciencia.

Otro día Hill Luxton, propietario de estancias en las tierras de Chasters, Gran Malvina, se dirigía al edificio del Ayuntamiento cuando se cruzó con Dowling.

Luxton se encontraba con su esposa en Puerto Argentino cuando se produjo la invasión y pretendía solicitar permiso para regresar a su propiedad. Dowling lo detuvo y con cara de pocos amigos le dijo que tenía pésimos informes tanto de él como de los suyos y por esa razón, debía andar con cuidado. En realidad, el oficial de inteligencia sabía todo acerca de los 800 habitantes de la capital insular y sospechaba de unos 500 de ellos.

Luxton y su esposa regresarían a sus tierras unos días después, luego de atravesar la isla Soledad en Land Rover y cruzar el Estrecho de San Carlos en una embarcación. Cuarenta y ocho horas después, más precisamente el Domingo de Pascua, cerca de las 10.00 hs., un helicóptero Puma aterrizó frente a su casa generando la consabida angustia y temor. Del aparato descendieron una docena de hombres armados, a las ordenes Dowling, quienes informaron al propietario, ni bien éste salió a recibirlos, que sería conducido a Puerto Argentino a efectos de comparecer. El kelper preguntó si se podía negar, cosa que Dowling respondió con una sonrisa lobuna que lo hizo estremecer. El mismo Luxton comentaría después de la guerra, que le costó muy poco comprender que no le convenía negarse.

El estanciero y su familia fueron subidos al helicóptero y trasladados a la capital. Según referiría años después, cuando travesaban las aguas del estrecho que separaba a ambas islas, tuvo la sensación de que iban a ser arrojados al vacío. Temblaba angustiado, como el resto de su familia, mientras sobrevolaban las aguas y respiraron aliviados al ver que nada les había ocurrido. Lo tuvieron detenido tres días, al cabo de los cuales, fue deportado junto a los suyos y un grupo de pobladores entre quienes se encontraban Dick Baker, su mujer y sus hijos. Hasta ese momento, Baker había asumido la difícil tarea de representar al expulsado Rex Hunt aunque poco pudo hacer.

Emotiva fue la partida de Baker y aquel grupo de personas (entre ellas la familia Luxton), tanto, que varios pobladores desahogaron su pena con llanto pues con él desaparecía el último vínculo con la Madre Patria.

Quienes tampoco la pasaron bien fueron Neil y Glenda Watson de Long Island, cuando Patricio Dowling, “…el siniestro y peligroso jefe de inteligencia de la policía militar que personificaba la ‘maquinaria de terror’ argentina” según fuentes británicas, se apersonó en su granja y los amenazó colocando el cañón de su arma en la cabeza de la pequeña Lisa, que sentada en un sillón no atinaba a comprender lo que ocurría.

Cuando a Dowling se le ordenó regresar al continente, el comodoro Carlos Bloomer Reeve y el capitán Barry Melbourne Hussey se transformaron en los rostros agradables de la ocupación, quizás ayudados por su ascendencia y apellidos británicos. Ambos oficiales sabían lo que era estar bajo fuego por su participación en las acciones armadas de 1955 e hicieron mucho “…por proteger a los isleños de los excesos de sus connacionales en lo que él consideraba una ‘aventura equivocada’. Era amigable, siempre se presentaba con una sonrisa, no tenía motivaciones políticas para estar allí y había vivido previamente junto con su familia y hecho amigos entre los isleños durante su estadía entre 1975/1976 cuando supervisaba el servicio de pasajeros que la Fuerza Aérea Argentina ofrecía desde y hacia las islas. Su trabajo en 1982 consistía en organizar una administración militar provisoria, apoyado por el capitán Barry Melbourne Hussey, un ‘hombre de principios humanos’ quien trabajó en apoyo de los habitantes de las islas”9. Graham Bound, autor del libro Falklands Islanders at War dice: “... en ellos, los isleños habían encontrado amigos poderosos quienes, aún siendo argentinos, demostraron que la decencia fundamental podía prevalecer aún cuando las demás tendencias de comportamiento civilizado se estuviesen desmoronando”10.


Mientras esos sucesos acontecían en el Atlántico Sur, Inglaterra reunía su poderosa maquinaria bélica, movilizándola como no lo hacía desde la Segunda Guerra Mundial.

Todas las unidades militares fueron puestas en estado de alerta al tiempo que se requisaba un considerable número de naves mercantes, entre ellas el “Canberra”, segundo transatlántico más lujoso del Reino Unido, que por esos tiempos llegaba a Gibraltar  procedente de un periplo turístico por el Mediterráneo.

La autoridades comisionaron para la tarea a un grupo de técnicos militares que vestidos de civil, lo abordaron en el más absoluto secreto para efectuar un minucioso estudio con el fin de adaptarlo a buque de transporte de tropas.

El mundo fue testigo de una gigantesca movilización que involucró a todas las bases navales del Reino Unido así como también a unidades aéreas y del ejército.

Después que Margaret Thatcher anunciara al Parlamento la partida de una poderosa fuerza de tareas encabezada por los portaaviones “Hermes” e “Invencible”, el lord mayor del Almirantazgo, Sir Henry Leach, llegó al edificio de la Royal Navy, en Whitehall, procedente de una base en la que había tenido lugar una ceremonia y una vez allí supo de la puesta en marcha de la operación. Desde el gran centro naval se encaminó al edificio de la Cámara de los Comunes buscando a John Noott y ni bien hizo su arribo se puso al tanto de lo que acontecía.

Para entonces, se venían llevando a cabo numerosas reuniones de jefes de estado mayor que darían como resultado la constitución de un gabinete de guerra con Sir Terence Lewin como coordinador y consejero militar en jefe Se trataba de un individuo enérgico y seguro de sí mismo, designado directamente por Noott, al que durante la crisis se llegó a llamar “el hombre más poderoso de Gran Bretaña”.

Del nuevo organismo emanarían las decisiones hacia el cuartel general de Northwood, ubicado en un barrio del noroeste de Londres, un gigantesco edificio de granito y cristal cuya máxima autoridad era el almirante Sir John Fieldhouse, quien desde allí emitiría las órdenes diariamente al contingente naval.

El almirante John Woodward, apodado “Sandy” por el color rubio-rojizo de su cabello (hacía recordar el matiz de la arena), recibió instrucciones de alistar al grupo de tareas durante la semana precedente a la invasión. Se vivieron momentos de gran nerviosismo y excitación al conocerse los motivos de aquel gigantesco despliegue, tanto en el comando de la flota en Northwood como en las tripulaciones de cada nave, las unidades de Infantería de Marina y los comandos del SAS (Special Air Service) y SBS (Special Boat Service) que integrarían los grupos de asalto. Lo mismo ocurría con el personal de portaaviones, buques escolta y puertos donde las expectativas eran aún mayores.

Woodward, que había sido seleccionado por sobre almirantes más experimentados y veteranos, entre ellos Sir John Cox y Sir Derek Refell, recibió el respaldo de los altos jefes de la Marina cuando se hallaba al frente de la escuadra en alta mar. Al parecer, la designación llegó a preocupar a los políticos, incluyendo al mismo Noott, quien preguntó en algún momento de quien se trataba y si era veterano de alguna guerra.

El día 5 de abril, el mismo de la renuncia de Lord Carrington y sus colaboradores, las primeras unidades navales de la Tark Force zarparon desde Portsmouth, encabezadas por los portaaviones HMS “Hermes” y HMS “Invencible”, dotados ambos de aviones Sea Harrier de aterrizaje vertical y helicópteros Sea King para lucha antisubmarina. El primero era bastante viejo y cuando el conflicto estalló estaba destinado a ser desguazado mientras el segundo, algo pequeño según algunos autores, se hallaba prácticamente vendido a Australia.

Cientos de personas se dieron cita en los muelles para ver partir a la flota, parientes, amigos, periodistas y curiosos que en su interior experimentaban sentimientos tan encontrados como orgullo, angustia, temor e incertidumbre, sensaciones propias de una generación que no conocía la guerra. Muchos dudaban de que hubiera enfrentamientos y lo que más se escuchaba decir era que los argentinos no iban a pelear.

Con sus tripulaciones formadas en cubierta, las naves levaron anclas al tiempo que hacían sonar sus sirenas y la gente en los muelles vivaba y saltaba agitando banderas. Incluso hubo jovencitas (y otras no tanto), muchas de ellas esposas de los soldados que partían, que se quitaron los sostenes y enseñaron sus senos en un intento de darles mayores bríos.

Otras unidades partieron desde Gibraltar, entre ellas el HMS “Sheffield”, al comando del capitán James “Sam” Salt; sus gemelos, el HMS “Glasgow” y el HMS “Coventry”, la fragata misilística HMS “Plymouth” y otros navíos que constituirían una avanzada de 20 embarcaciones, a las que posteriormente se les sumarían muchas más. El “Uganda”, en tanto, comenzó a ser acondicionado como buque-hospital, ignorando que iba a constituir una pieza esencial a la hora de transportar heridos de uno y otro bando.

Los tres destructores mencionados iban armados con misiles Sea Dart mientras las fragatas Tipo 22, entre ellas las HMS “Broadsword” y HMS “Brilliant” lo hacían equipadas con defensas antiaéreas de misiles Sea Wolf.

Sin duda había preocupación en el alto mando británico; la flota había sido reducida por cuestiones de presupuesto y desde hacía algún tiempo importantes sectores de la marina bregaban por convertir el arma en una fuerza de submarinos. Además, se dudaba de la efectividad de algunas unidades y se desconocía por completo al enemigo al que iban a enfrentar. Otro grave problema era el clima riguroso del Atlántico Sur, que podía entorpecer las acciones.


No solo la Marina Real fue movilizada. La Real Fuerza Aérea (RAF) recibió la orden de alistarse y poner en estado de alerta a todas sus unidades en tanto en 1 de abril, una avanzada de siete aviones Hércules C-130 despegaron de la base aérea de Lyneham (Yorkshire), con destino a Gibraltar, llevando a bordo equipos, suministro y armamento.

Mientras eso ocurría, la ayuda norteamericana comenzó a percibirse, lenta y disimulada al principio y mucho más abierta después, cuando los ingleses comenzaron a buscar una base a medio camino en la que sus unidades pudiesen hacer escala.

Sudáfrica, nación con la que Argentina mantuvo siempre lazos de amistad, se negó a facilitar el puerto de Simon’s Town cuando le fue requerido; se pensó en Freetown (Sierra Leona) pero enseguida se lo desechó; Uruguay tampoco iba a ceder sus instalaciones portuarias y Punta Arenas, Chile constituía un punto distante y trasmano. El lugar ideal era la isla Ascensión, dominio británico a medio camino entre Gran Bretaña y Malvinas, arrendado por Estados Unidos como base de operaciones de la OTAN. Por esa razón, si los británicos necesitaban usarla, debían solicitar autorización.

Washington no puso ningún reparo y sin problemas de conciencia cedió la isla por lo que, en breve lapso de tiempo, comenzaron a arribar técnicos, operarios, mecánicos y personal militar junto con el equipo necesario (aparatos de radar, sistemas de defensa antiaérea y mecanismos de control de tráfico aéreo). Incluso los americanos facilitaron parte de sus instalaciones.


Las fuerzas terrestres británicas continuaban movilizándose cuando los primeros buques dejaron los puertos. Cuenta el general de brigada Julian Thompson, una de las estrellas de esta historia, que el 2 de abril, a eso de las 03.15 hs., la campanilla de su teléfono lo despertó súbitamente. Cuando atendió sintió del otro lado al general Jeremy Moore, jefe de la fuerza de comandos de la Real Infantería de Marina, quien lo llamaba para informarle sobre graves problemas en el Atlántico Sur y la urgente necesidad de alistar cuanto antes las fuerzas a su mando.

La brigada de Thompson, la 3ª de Comandos de Infantería de Marina, aunque al tanto de una posible invasión a las islas, no tenía instrucciones de estar preparada para una movilización inmediata, por lo que el llamado le cayó como balde de agua fría. Incluso el día anterior, la última de sus subunidades había sido licenciada debido a la cercanía de Pascua, lo mismo el Comando 45, que debía salir esa misma mañana.

Con motivo de la invasión, todas las licencias fueron suspendidas, lo que llevará al lector a adivinar lo que pensaron y dijeron de la Argentina los efectivos de cada uno de esos regimientos al saber la novedad.

La 3ª Brigada de Thompson era la mayor fuerza de desembarco de Gran Bretaña y la segunda anfibia de la OTAN. Cada regimiento se componía de tres secciones, divididas a su vez en tres compañías de fusileros de 120 hombres cada una, una de ellas de apoyo y otra de cuartel general.

Esas compañías, a su vez, se componían de una subcompañía de cuartel general y tres grupos de infantes, cada uno de los cuales se dividía en un grupo de cuartel general y tres de infantes constituidos como los de la Infantería no Mecanizada del Ejército, es decir, pelotones de 30 hombres comandados por un teniente.

Los grupos y secciones de fusileros estaban al mando de un teniente asistido por un subteniente y sus secciones por un sargento y un cabo.

A partir de ese día, desde cada región del Reino Unido, es decir, desde Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte, comenzaron a llegar los integrantes de la brigada, cuyos elementos habían sido convocados con urgencia por medio de telegramas, avisos en los medios de prensa y anuncios en estaciones de autobuses y trenes, especialmente los componentes del estado mayor. Otros lo hicieron desde puntos distantes como Noruega, Dinamarca y Groenlandia, donde llevaban a cabo prácticas de entrenamiento y los menos, desde sitios tan disímiles como la isla de Man, la Guayana británica y Belice, todo ello parte de una movilización que no se veía desde la Segunda Guerra Mundial, según se ha dicho.

El 4 de abril Moore instaló su cuartel general en Hamoaze House y desde allí comenzó a impartir directivas a las unidades navales en las que debía embarcar a la tropa. En 48 horas las listas de Estado Mayor quedaron constituidas y casi de inmediato comenzaron los trabajos de carga.

Para la selección de los cargueros, los comandantes consultaron el Libro Rojo de la Marina Mercante que contenía la lista completa de sus barcos y de ese modo pudieron determinar cuáles de ellos resultarían útiles para ser requisados.

En lo que a la flota de guerra se refiere, se convino embarcar en el “Hermes” una compañía de comandos, la 40, en tanto el lujoso “Canberra”, de 45.000 toneladas de desplazamientos y una capacidad de 2000 pasajeros, haría lo propio con la Compañía de Comandos de Infantería de Marina de Julian Thompson.

En su carácter de coordinador de logística de la flota, el comandante Brian Goodson, encargado de supervisar el embarque y la carga de equipos, fue quien seleccionó las embarcaciones que habrían de conformar la Task Force, lo mismo la larga lista de buques-tanque, buques-depósito, buques-cisterna, buques-talleres y buques-hospital, en total, 54 unidades, excluyendo las de combate.

Para el 8 de abril, el “Canberra” ya había sido acondicionado con una plataforma de aterrizaje de helicópteros, instalaciones sanitarias, un quirófano, subestructuras para el reaprovisionamiento en alta mar, equipos de comunicaciones navales y depósitos.

El enorme buque, con su característico color blanco, zarpó de Southampton el 9 de abril llevando la 3ª Brigada completa a bordo.

En realidad, la operación de movilización y traslado de tropas hacia los muelles resultó un éxito debido a la puntillosa organización que ha caracterizado siempre a los británicos.

Pero el enorme dispositivo que se había puesto en marcha no se limitó solo a lo descripto.

Por indicación de Thompson, la base aérea de Yeovilton, en Somerset, fue despojada de todos sus helicópteros en tanto en los muelles comenzaban a embarcarse vehículos oruga Volvo, tanques Scorpion y Scimitar, jeeps y grandes cantidades de misiles antiaéreos Rapier.

Carreteras y autopistas de toda Inglaterra vieron pasar caravanas de camiones, ómnibus y transportes que se dirigían velozmente hacia los puertos del sur, en especial los de Plymouth y Portsmouth, donde se estaba concentrando casi todo el aparato militar.

Cuando las naves comenzaron a zarpar, eran muchos los que creían que todo se arreglaría por la vía diplomática y que la cosa no pasaría de eso. Muy pocos opinaban lo contrario, entre ellos Hew Pike del 3 de Paracaidistas, quien el 3 de abril arengó a sus hombres en la base de Tidoworth, Hampshire, diciéndoles que todo parecía indicar que iba a haber pelea.

El mismo Fieldhouse comentó que aquel iba a ser “un asunto triste y sangriento” mientras las multitudes en los muelles cantaban el “Rulles Britannia” y agitaba banderas saludando con lágrimas en los ojos a los barcos que se alejaban.

Se trataba, sin dudas, de un episodio único en la historia de la Inglaterra moderna, que, según Eddy, Linklater y Gillman, rememoraba el pasado glorioso de sus tiempos imperiales, en especial, los de la reina Victoria y el rey Eduardo. Incluso a más de un memorioso le recordó las febriles movilizaciones de la Primera y Segunda Guerra Mundial.


En las reuniones de comandantes que se llevaron a cabo en Hamoaze House, destacó por sobre todos los presentes el mayor Ewen Southby-Tailyour, hombre de vasta experiencia en materia de Malvinas por haber estado allí destinado en 1978.

Gran aficionado a la náutica, Southby-Tailyour había recorrido y estudiado minuciosamente la geografía del archipiélago, en especial sus costas, llenando de notas un cuaderno entero que luego guardó en un armario de su casa pensando que a nadie le iba a interesar. Nunca imaginó que esos apuntes constituirían un documento de inestimable valor para las fuerzas armadas de su país y que él mismo iba a desempeñar un papel fundamental en la campaña que se avecinaba.

En una de las juntas que los altos mandos celebraron en Hamoaze House, Southby-Tailyour puso sobre el tapete sus conocimientos, asombrando a sus oyentes y convenciéndolos, sin proponérselo, de que él mismo en persona, iba a constituir una pieza clave en la campaña. Allí se encontraban Nick Vaux de 46 años, jefe de la Compañía de Comandos 42, llegado la mañana del 2 de abril desde la base norteamericana de Norfolk, Virginia, perteneciente a la OTAN, lo mismo el jefe de Comandos de Inteligencia, Henk de Jeger, que venía de Nueva York, donde había tenido que aplazar su boda a causa de la guerra.

Southby-Tailyour habló también ante la comisión de almirantes y jefes donde puso especial énfasis en el “Efecto Caribe”, aquel que induce al engaño para calcular las distancias en el mar por la transparencia del aire.

Fue escuchado con atención cuando se trató el espinoso asunto del desembarco y al preguntarle cuál era, a su modo de ver, el lugar adecuado para llevarlo a cabo, no dudó en mencionar la bahía de San Carlos, al oeste de la Isla Soledad, por las características de sus playas. Otro dato importante que brindó fue el nombre de una muchacha malvinense, casada con un soldado escocés que había prestado servicios en las islas, quien conocía los nombres de todos los radioaficionados del archipiélago y los de aquellos pobladores que tenían alguna afinidad con la Argentina.

La idea fue aprobada y la solicitud de ubicar a la joven kelper en Escocia se concretó pocas horas después. Se le pidió una lista con aquellos nombres y pocas horas después, la misma era recibida por télex en el edificio.

Reunida la información, se la remitió a los altos mandos y estos la retransmitieron al contingente naval para que dispusiesen de ella. De más está decir que el pedido de Southby-Tailyour, de formar parte de la fuerza de tareas, fue aprobado por unanimidad.

En la reunión estuvo presente el teniente Val, de la Marina Real, recién llegado de las Georgias del Sur, suministrando una completa información de aquel otro archipiélago, tan valiosa como la que Southby-Tailyour hizo de las Malvinas. Después siguió Thompson con un pormenorizado análisis de los acontecimientos durante las siguientes semanas y al terminar su exposición, se dio por finalizada la reunión.

Después de aquel encuentro, Thompson viajó hasta el cuartel general del comandante en jefe de la flota en Northwood y el día 5 fue a Brize Norton para dialogar con los oficiales y las tropas que habían sido capturadas por los argentinos el día de la invasión.

El 9 de abril, junto con el “Canberra” zarparon en el “Elk” llevando parte del Comando 40 de Infantería de Marina con los regimientos 2 y 3 de Paracaidistas, todos ellos al mando del coronel Saccombe, veterano de las campañas de Borneo, Chipre e Irlanda el Norte. Vehículos, municiones y equipos hicieron lo propio en otras embarcaciones.

Según cuenta Thompson en No Picnic, en Borneo Saccombe había cargado sobre sus espaldas a un gurkha herido al que transportó a través de la selva durante dos días, después de intensos combates contra los indonesios.

El 6 de abril Thompson, Clapp y Southby-Tailyour abordaron un helicóptero Sea King y se dirigieron al HMS “Fearless” que aguardaba en medio del Canal de la Mancha a poco de abandonar Portsmouth.

Para entonces, navegaban hacia Ascensión junto a la flota, naves de abastecimiento del Ministerio de Defensa británico comandadas por hombres de la Marina Mercante, a las que se conocía en la jerga náutica como “la segunda armada británica”, de vital importancia en la inminente contienda.

Las islas del Atlántico Sur iban a ser recuperadas pero para ello era imperioso obtener  la supremacía aérea y naval. La Operación “Corporate” estaba en marcha.










Notas
1 Rosas pertenecía a uno de los linajes más encumbrados el Río de la Plata. Hijo del militar León Ortiz de Rozas y de doña Agustina López Osornio, había nacido en Buenos Aires, el 30 de marzo de 1793, en la casa que su abuelo materno, el poderoso terrateniente Clemente López Osornio, tenía sobre la actual calle Sarmiento al 500. Descendiente del noble abolengo de los Ortiz de Rozas, su tío bisabuelo Domingo Ortiz de Rozas, en memoria de quien portaba su tercer nombre, fue mariscal de campo de los Reales Ejércitos, gobernador de Buenos Aires y la provincia del Río de la Plata entre 1741 y 1745 y capitán general de Chile de 1746 a 1755. El rey de España le concedió el titulo nobiliario de Conde de Poblaciones.
2 Ver capítulo 3
3 Antigua residencia de la familia Paz, sede del Círculo Militar y Museo de Armas de la Nación
4 A pocos metros de allí, se encuentra la elegante Plaza San Martín, donde alguna vez se irguieron el mercado de esclavos, la plaza de toros y el Campo de Marte donde San Martín estableció su cuartel de Granaderos a Caballo.
5 Dictadura y Contradicción, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1983.
6 Eddy, Linklater, Gillman, Una cara de la Moneda, Hyspamérica, Bs. As., 1983, p. 172.
7 Las otras dos fueron Colombia y Chile.
8 El mayor Romero Mundani se quitó la vida en el interior de uno de los tanques que tenía a su mando al fracasar la asonada militar del 3 de diciembre de 1990 que encabezó el coronel Mohamed Alí Seineldín, veterano de Malvinas.
9 Graham Bound, Falklands Islanders at War, cita extraída de http://www.defensa.pe/showthread.php?t=77&page=16, Defensa.pe. Foro de Defensa y Actualidad Militar.
10 Ídem.


Fuente: Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Autor: Alberto N. Manfredi (h)

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