• El hundimiento del HMS “Antelope”


    El 23 de mayo fue otra jornada de intensa actividad en el Teatro de Operaciones.

Publicado el 09 Octubre 2021  por


El 23 de mayo fue otra jornada de intensa actividad en el Teatro de Operaciones.

A las 09.46 hs de aquel día frío y despejado, los tenientes Dave Morgan y John Leeming despegaron del “Hermes” piloteando los aviones matrícula ZA192 y ZA191, para efectuar misiones de patrulla sobre la Gran Malvina.

A las 10.30 volaban a 8000 pies cuando el primero vio un helicóptero suspendido a baja altura sobre las aguas próximas a Shag Cove, establecimiento rural ubicado entre los montes María y Moody, en la región que los kelpers denominan Falkland Sound.

Se trataba del Puma AE-503 de la Aviación de Ejército, integrante de una sección de tres aparatos procedentes de Puerto Argentino la tarde del día anterior, transportando municiones para la guarnición apostada en Puerto Howard, en especial los urgentemente solicitados misiles Blowpipe.

Cuando Morgan notificó a su compañero el hallazgo, aquel le dijo que acababa de ver otras tres aeronaves, al parecer dos Pumas en vuelo hacia Puerto Howard escoltados por un Agusta A109 Hirundo artillado.

Se trataba de las unidades matrícula AE-500, AE-508 y AE-337 del Escuadrón 601, que venían de Puerto Darwin, donde habían pasado la noche después de una fallida tentativa por cruzar el estrecho.

Los pilotos británicos se lanzaron sobre la formación abriendo fuego con sus cañones. En un desesperado intento por escapar del ataque, los helicópteros comenzaron a hacer maniobras evasivas y fue en ese momento que el AE-503 pareció perder el control y cayó pesadamente, golpeando sobre la ladera de una loma.

Para fortuna de sus tripulantes, el piloto logró controlar la caída, ninguno de ellos resultó herido y eso les dio tiempo de abandonar el aparato y echar a correr antes de que estallase.

Ante esa situación, los otros helicópteros decidieron dispersarse. Cuando se retiraba hacia el sudeste, el Hirundo fue alcanzado por los Sea Harrier pero logró aterrizar y evacuar a su gente previo a convertirse en una bola de fuego.

El teniente Leeming vio al Puma AE-500 posado muy cerca de los restos del AE-503 pero no lo atacó porque estaba escaso de municiones. Quien sí lo hizo fue Morgan, dañándole el rotor con sus proyectiles de 30 mm.

Escasos de combustible, los cazas se retiraron, abandonando a su suerte al Puma AE-508, que en esos momentos intentaba ocultarse en las fallas del terreno.

Al tiempo que Morgan y Leeming volaban hacia el “Hermes”, arribaban a la zona el teniente Tim Hedge en el avión matrícula XZ494 y el capitán Dave Braithwaite en el ZA190, pertenecientes al Escuadrón 801, quienes habían despegado del “Invincible” a las 10.28 hs.

Alertados por Morgan, los recién llegados fueron en busca de los argentinos y una vez en la zona, acribillaron al AE-500 que, a esa altura, había sido abandonado e inutilizado por su tripulación. Los aviones se retiraron y se posaron sobre su portaaviones a las 11.43 hs sin contratiempos.

Mientras tanto, en los cielos de la isla Borbón, los Sea Harrier ZA177 y ZA194 tripulados por Andy Auld y Martin Hale, detectaron la presencia de una formación de Mirage V-Dagger, que regresaban de una infructuosa incursión en San Carlos, sin encontraron sus blancos.

La sección había partido de San Julián a las 14.20 hs, bajo el indicativo “Puñal” y estaba formada por dos de los tres aviones que se habían alistado por orden de la FAS, el matrícula C-429, al comando del mayor Carlos Martínez y el C-437, al del teniente Ricardo Volponi. Su tercer integrante, el capitán Carlos Moreno, no pudo decolar por fallas mecánicas y debió ser retirado de la pista.

La sección voló hasta San Carlos y al no encontrar los objetivos emprendió el regreso sobre la isla Borbón. Fue entonces que Auld y Hale los detectaron y se lanzaron decididamente sobre ellos.

El mayor Martínez, quien venía más rezagado, efectuó un brusco viraje y logró esquivar a ambos, no así el teniente Volponi que recibió uno de los Sidewinder de Hale. El caza argentino estalló en el aire y se desintegró, pereciendo su piloto de manera inmediata1. Volponi había volado esa misma mañana, como parte de la escuadrilla “Potro”, junto al capitán Moreno y el capitán Higinio R. Robles, armados cada uno con una bomba de 500 kilogramos.

Habían despegado de Río Grande a las 08.45 junto a la sección “Puma”, formada por los capitanes Amilcar Cimatti (avión matrícula C-417), Carlos Rohde (C-436) y el primer teniente Jorge Ratti (C-418), sin lograr la reunión con el Learjet LR-35A (T-23), indicativo “Rayo”, del vicecomodoro De la Colina, por las condiciones meteorológicas adversas y la escasa visibilidad. Los “Puma” y los “Potro” arribaron a su base a las 10:15 sin completar la misión.

Algo similar aconteció con otras dos escuadrillas de A4B, los “Lanza” y los “Tejo”, que despegaron de Río Gallegos a las 09.05 y estuvieron de regreso a las 11.05 y las 11.02, respectivamente. Conformaban a ambas el primer teniente Mariano Velasco en el aparato matrícula C-221, el teniente Fernando Robledo en el C-215 y el alférez Jorge Nelson Barrionuevo en el C-226, a quienes siguieron el primer teniente Alberto Filippini a bordo del C-215, el capitán Jorge Bergamaschi en el C-231, el teniente Vicente L. Autiero en el C-244 y el alférez Rubén M. Vottero en el C-240.

En pleno vuelo hacia Malvinas, el primer teniente Velasco experimentó fallas y debió regresar, lo mismo el capitán Bergamaschi que a cuarenta y tres minutos de la partida, no pudo trasvasar combustible. Los “Lanza” y los “Tejo” se fundieron en una sola escuadrilla y así llegaron a la zona del objetivo, sin encontrar nada.

A todo esto, creían los británicos que en la pista de Puerto Argentino había aviones Super Étendard listos para operar desde allí y eso  representaba un riesgo enorme para la Task Force.

Decidido a neutralizar esa amenaza, el almirante Woodward envío a los Sea Harrier matrícula XZ496, XZ500, XZ455 y ZA192 de los tenientes Neil Thomas, Mike Blisset, Andy Auld y Gordy Batt, quienes se alinearon en la pista del “Hermes” y decolaron uno tras otro a las 19.50 hs.

Al igual que en otras oportunidades, los pilotos fracasaron en su intento de destruir la pista, apresurados por lanzar sus explosivos y retirarse lo más rápido posible. Al tratar de evitar a las baterías antiaéreas demostraron ser extremadamente imprecisos a la hora de efectuar sus lanzamientos.

De aquellos cuatro aparatos solo regresaron tres porque Gordy Batt pereció al estrellarse en el mar, cerca de la posición 50º 35’ S, 56º 15’ O. Según fuentes británicas, su aparato estalló a 90 kilómetros de Puerto Argentino, cuando volaba hacia el objetivo en tanto los argentinos afirman haberlo alcanzado con sus baterías antiaéreas, lo que parece más probable.

Esa misma mañana, el requisado “Monsunen” también fue atacado y obligado a encallar.

Tal como el “Río Iguazú” y el “Islas Malvinas”, la nave transportaba personal, municiones, armas y vituallas a Puerto Darwin.

Ese día, como había ocurrido el 21 de mayo, los Harrier GR.3 del Escuadrón 1 (F) apostados en el “Hermes” entraron en acción al despegar del portaaviones a las 14.01. Los encabezaba el jefe de la unidad, Jerry J. Pook en el aparato matrícula XZ997, a quien siguieron su igual en el rango Robert “Bob” Iveson en el XZ963, el teniente Peter Harris en el XZ989 y el teniente John Rochfort en el XV789 cuya misión era atacar y destruir a los Pucará estacionados en los aeródromos de Prado del Ganso y la isla Weddell2.

Al sobrevolar la primera de la primera de esas localidades, bombardearon los depósitos de combustible y emprendieron el regreso acusando daños, después de enfrentar un intenso fuego de artillería antiaérea (Iveson volvió sin haber arrojado sus bombas).

A las 17.24 partieron otras dos aeronaves al mando del comandante Peter Squire y el teniente Harper para una misión de reconocimiento armado sobre Dunnose Head; les siguió una segunda formación de ataque formada por el mismo Squire (XZ997), Peter Harris (XZ963), Mark Hare (XZ989) y Anthony Harper (XZ988), los cuatro equipados con bombas de 1000 libras.

El alto mando de la Task Force suponía erróneamente que la pista de la capital malvinense era utilizada por los Hércules C-130 del Grupo 1 y por esa razón, decidieron destruirla. Lo que realmente ocurría era que aprovechando el relieve de ese punto, las aeronaves provenientes del continente desaparecían de los radares y así seguían hasta Puerto Argentino sin ser detectados.

Al llegar al objetivo, los pilotos no encontraron ningún avión pero decidieron sacar provecho atacando las posiciones. Durante la acometida, dañaron varios edificios e hiriendo a un poblador de la zona pero no tocaron la pista. En vista de lo ocurrido, los kelpers tomaron sus objetos indispensables y abandonaron el lugar en dirección a Chartres.


Al amanecer del 23 de mayo, los británicos ya habían desembarcado en San Carlos tres batallones de infantería de marina, dos de paracaidistas y numerosas baterías Rapier que procedieron a instalar en la costa, listas para abrir fuego en cuanto los cazas argentinos hiciesen su aparición. Junto a ellas, descargaron artillería, pertrechos y hasta los pequeños tanques Scorpion y Scimitar del Escuadrón B de los Blues & Royal, cuyo papel durante la campaña terrestre iba a ser importante.

La noche anterior había soplado un viento leve del sur, mejorando ostensiblemente el clima sobre el litoral patagónico, tornándolo ideal para que los argentinos llevasen a cabo ataques aéreos. En vista de ello, las unidades de desembarco británicas y las tropas apostadas en San Carlos adoptaron todas las medidas para estar prevenidos y continuaron consolidando la cabecera de playa.

Aquel día la FAS decidió continuar los vigorosos ataques del 21 de mayo, alistando numerosas escuadrillas de Skyhawk A4 y Mirage V-Dagger y Mirage III E, provistas de bombas de 250 y 500 kg.

Esa misma mañana, el comando aeronáutico seleccionó dos formaciones de tres aviones cada para atacar blancos en la Bahía Ruiz Puente y hostilizar a las fuerzas de desembarco que se hacían fuertes allí. Para comandarlas fueron designados los capitanes Hugo Ángel Del Valle Palaver y Pablo Marcos Rafael Carballo. Completaban la primera sección, el primer teniente Luciano Guadagnini y el alférez Hugo E. Gómez y la segunda, el primer teniente Carlos Cachón y el teniente Carlos Rinke.

En camino a sus aviones, los pilotos pisaron una mancha de aceite sobre el asfalto sin percatarse que las suelas de sus borceguíes habían quedado impregnadas. Cuando el primer teniente Cachón subía la escalerilla de su avión, resbaló y cayó desde una altura de dos metros y medio, golpeándose el muslo con el cañón de 30 mm. Los mecánicos lograron sujetarlo antes de que el héroe de Bahía Agradable diera con su cabeza contra la carpeta asfáltica pero el bravo aviador estaba herido y no pudo partir. Tampoco lo hizo el capitán Palaver al experimentar fallas en las turbinas, por lo que las aeronaves decolaron formando una sola escuadrilla al mando de Carballo.

Los Skyhawk (indicativo “Nene”) despegaron uno tras otro y una vez en el aire, se dirigieron hacia el punto de encuentro con el avión reabastecedor, comprobando al llegar a las coordenadas indicadas que el cisterna se hallaba 300 kilómetros al este, muy cerca de la Gran Malvina. Era evidente que alguien se había equivocado.

Sin perder tiempo, el jefe de la formación estableció comunicación con sus hombres y les ordenó virar hacia el oeste a efectos de encontrarse con aquel a mitad de camino.

Así se hizo y uno a uno, los cuatro cazas fueron enganchando sus sistemas a la canasta del KC-130, completando la operación sin inconvenientes y en el más absoluto silencio de radio.

Veinte minutos después sobrevolaban la isla occidental con sus accidentes geográficos y estancias dispersas, a las que era imperioso eludir porque representaban posibles puestos de observación del enemigo.

Al llegar a Puerto Rey, sobre Bahía King, los argentinos distinguieron la silueta del “Río Carcarañá” amarrado al muelle, notando que de su estructura todavía se elevaba una gruesa columna de humo.

Los Skyhawk enfilaron hacia el istmo de Darwin y con la Isla Pelada a la vista, torcieron hacia el noreste para evitar el fuego de artillería propio que no hacía mucho había abatido a dos aviones, matando a sus pilotos.

Realizando un amplio rodeo hacia el este viraron nuevamente al oeste y desde ese punto alcanzaron San Carlos donde, al cabo de un tiempo, dieron con un Sea Lynx enemigo que se mantenía estático sobre la Bahía Ruiz Puente.

Era evidente que el aparato hacía las veces de vigía, razón por la cual era urgente derribarlo. Carballo apuntó y disparó pero sus cañones se trabaron. El imprevisto le hizo lanzar una maldición pero la voz del alférez Gómez solicitando espacio para atacar lo trajo nuevamente a la realidad. Carballo se desplazó a un lado y el numeral disparó una ráfaga corta que erró el blanco por la velocidad que llevaba.

Cuando el piloto inglés vio a los cazas, se sobresaltó y maniobrando desesperadamente, se alejó a toda prisa intentando ponerse fuera de su alcance.

Ni Guadagnini ni Rinke pudieron tirarle porque corrían el riesgo de impactar a sus compañeros y por eso siguieron hacia el norte, estudiando detenidamente las costas.

Fue en ese momento que vieron una embarcación. Se trataba del HMS “Antelope” (F170), fragata clase 21 que desde el día anterior reemplazaba a su gemela “Ardent” en sus tareas de vigilancia y “guardavallas”, cubriendo a las fuerzas de desembarco. El buque parecía flotar serenamente sobre las aguas, con su silueta gris recortada en medio del estrecho, bajo un cielo azul, completamente despejado.

El día tranquilo y el clima agradable tenían preocupada a la tripulación así como el resto de la flota, todos al tanto del feroz castigo recibido el “Ardent”. Por esa razón, la noche anterior, el personal a bordo rogaba porque hubiera mal tiempo y que la Fuerza Aérea Argentina y la Aviación Naval no se presentasen ese día.

Lamentablemente para ellos, no sucedió así.

A las 11.00 hs, los dos primeros Skyhawk aparecieron por detrás de las colinas de la Gran Malvina, volando a baja altura y gran velocidad.

Sam Bishop escuchó las alarmas desde su puesto en la sala de máquinas. Junto al fogonero se arrojó al suelo, aguardando el paso de los aviones cubriéndose la cabeza con ambas manos. El temor y la incertidumbre que habían imperado hasta el momento dieron lugar al pánico, sobre todo cuando la artillería de a bordo comenzó a sacudir la atmósfera, confundiendo su ruido con el de las ráfagas de 20 mm de los aviones atacantes.

El capitán Carballo llegó en primer lugar, después de sobrevolar Green Hill Stream de sudoeste a noreste, seguido por el alférez Gómez.

Para eludir el fuego de las fragatas buscaron la protección de una pequeña elevación que se erguía delante, un tanto a la izquierda, pensando que de ese modo, quedarían a cubierto, pero los radares de otra embarcación los detectaron y enseguida les comenzaron a disparar.

Carballo avanzaba a toda potencia cuando un misil Rapier estalló bajo su ala izquierda, provocándole una fuerte sacudida.

El alférez Gómez se sobresaltó al ver a su jefe envuelto en una nube azulada y la lluvia de piedras que se elevaba desde tierra para impactar en uno de sus tanques suplementarios (de Carballo) y doblarle una de sus aletas.

Creyendo a Carballo muerto, Gómez atravesó la nube soltando en ese instante su bomba de 500 kilogramos para iniciar seguidamente maniobras de evasión. Grande fue su alivio al ver que salía indemne y distinguir al jefe de la escuadrilla volando delante suyo.

Inmediatamente después llegaron Guadagnini y Rinke lanzándose decididos sobre el “Antelope”. La nave se hallaba posicionada en medio de una decena de buques, uno de ellos el crucero “Canberra”, con su enorme silueta blanca brillando a la luz del sol.

Guadagnini hizo un amplio viraje para entrarle por detrás y completamente desprotegido, inició la corrida de ataque sin percatarse de que el teniente Rinke pasaba en línea recta disparando sus cañones contra otra embarcación.

En el trayecto, volando a 900 km/h, Guadagnini recibió el impacto de un Oerlikon que estalló bajo su ala derecha averiándola de consideración. Aun así, pese a que perdía estabilidad, siguió adelante.

Efectivos apostados en tierra y en las cubiertas de las naves vieron al dañado Skyhawk descender progresivamente hasta casi tocar el agua. “Ahí se estrella”, pensaron todos, pero a último minuto, el bravo piloto logró nivelar el avión y viendo que los mandos le respondían se elevó.

Guadagnini quiso asegurar el impacto y creyendo que tenía margen suficiente como para arrojar su bomba y escapar, continuó decidido en tanto chequeaba su master de armamento.

A bordo del “Antelope” la tripulación se hallaba en el piso, cubriéndose como mejor podía mientras las alarmas sonaban y la artillería disparaba sin cesar.

Guadagnini siguió su aproximación y cuando estaba a menos de 60 metros del objetivo oprimió los mandos y soltó la bomba sin poder evitar el impacto contra los mástiles y las antenas del buque. El piloto se desintegró en el aire, pereciendo instantáneamente pero el proyectil siguió su trayectoria y atravesó el casco sin estallar.

La tripulación del “Antelope” sintió el impacto y por un momento pensó que la nave se iba a dar vuelta de campana al inclinarse de manera tan pronunciada. Para su alivio, el barco se detuvo y cabeceó con violencia hacia el otro lado, iniciando un fuerte bamboleo.

Con el avión de Guadagnini convertido en una bola de fuego, la bomba de 500 kilogramos se incrustó debajo del puente de mando, casi dos metros sobre la línea de flotación, destruyendo el equipo de aire acondicionado y el casino de oficiales, matando a un tripulante e hiriendo a otro. En su desplazamiento, desencadenó una serie de incendios que amenazaron con extenderse a otros sectores. Y para empeorar las cosas, los giróscopos quedaron inutilizados y el sistema de iluminación fuera de funcionamiento.

Los restos del Skyhawk cayeron al mar levantando infinidad de columnas de agua en tanto la embarcación continuaba bamboleándose con fuerza.

Sam Bishop y los hombres junto a él pensaron que el enemigo había arrojado bombas de gas y por esa razón se incorporaron presurosamente para colocarse la máscaras especiales, haciendo sonar sin querer, otra alarma antiaérea.

Aquella incursión y la terrible muerte de Guadagnini hicieron circular por el mundo la versión de que los argentinos estaban lanzando ataques suicidas. La prensa de varias naciones europeas hizo referencia a ello impresionando a ases de la Segunda Guerra Mundial como Pierre Clostermann e historiadores y periodistas de la talla de David Rock, Max Hastings y Simon Jenkins. Incluso la misma Margaret Thatcher lo apuntaría en el prólogo del libro de Woodward, varios años después.

Ignorantes de la suerte de su compañero, Carballo, Rinke y Gómez se alejaban a vuelo rasante, eludiendo la lluvia de proyectiles. Ni bien abandonaron la bahía, el líder se dio cuenta de que podía controlar su avión y en consecuencia, no necesitaría eyectarse pero enseguida notó una luz rojiza avanzando hacia él por la derecha. Se trataba de un misil que  a medida que ascendía lanzaba destellos blancos, naranja y amarillos.

Sin perder un segundo dio máxima potencia a sus turbinas y zambulléndose hacia el rasante, puso rumbo norte, virando hacia el oeste sobre mar abierto.

En ese preciso momento escuchó por el equipo al teniente Rinke informándole al avión retransmisor que acaba de atacar a un buque en cuya popa llevaba un helicóptero Sea Lynx. Carballo se comunicó con él y le preguntó si sabía algo de sus compañeros a lo que el numeral respondió negativamente. Pero ni bien terminó de hablar, llegó hasta él el mejor de los sonidos, la voz del alférez Gómez indicando que su avión aún volaba pero estaba averiado.

-¡¡Arriba Escuela!!

El gritó el jefe de la escuadrilla fue más un desahogo que una expresión guerrera y habiendo aligerado la tensión, comenzó a indicar a su subordinado los pasos a seguir.

Carballo temía por la integridad de su aparato, varias veces averiado, pero su “potro del aire” le respondería bien.

En ese momento, llegó desde el avión transmisor un pedido de información para la escuadrilla aeronaval que se dirigía desde Río Grande hacia San Carlos, al mando del capitán de corbeta Rodolfo Castro Fox.

Cuando pasaba los datos por radio, Carballo supo que patrullas de Sea Harrier merodeaban por el área intentando interceptar su escuadrilla por lo que, siempre a vuelo rasante, continuó su trayectoria rumbo al oeste seguido por su sección. Entonces algo a lo lejos llamó su atención; un avión desconocido al que en un primer momento pensó atacar pero después, dada la zona que atravesaba, decidió evitar.

El aparato en cuestión era una aeronave de reconocimiento de la Armada Argentina piloteada por el teniente de fragata Fitipaldi en misión de exploración lejana. Carballo se sobresaltó porque ya había experimentado la desagradable sensación de atacar a fuerzas propias y por esa razón agradeció al cielo no haber disparado3.

El líder de la escuadrilla aterrizó con muy poco combustible, seguido por Rinke y Gómez, quienes llegaron sanos y salvos aunque sumamente tensos. La muerte de Guadagnini fue un duro golpe para ellos y el resto del escuadrón que perdía a un hombre de excepción.

En momentos en que los pilotos de la Fuerza Aérea tocaban pista en Río Gallegos, los A4Q del capitán Castro Fox alcanzaban San Carlos, después de un vuelo rasante sobre el Mar Argentino y la Gran Malvina.

Integraban la escuadrilla, además de su jefe (avión matrícula 3-A-301), el capitán de corbeta Carlos María Zubizarreta (3-A-302), el teniente de navío Carlos Olivera (3-A-305) y el teniente de navío Marco Aurelio Benítez (3-A-306).

Al sobrevolar el monte Rosalía, los cazas navales (reducidos a tres porque el teniente Olivera había experimentado fallas mecánicas), ascendieron para repasar sus 400 metros de altitud e inmediatamente después descendieron por sus laderas hasta los 100 metros (altura de lanzamiento), esperando sorprender a las embarcaciones por el sudeste.

El clima era ideal, totalmente despejado, con sol y mar calmo, lo que facilitaría en extremo la aproximación a los blancos.

Siguiendo las indicaciones de su líder (hizo oscilar sus alas), los A4Q se abrieron y con sus turbinas a toda potencia llegaron a la bahía, divisando sobre sus aguas una fragata clase 21 con un helicóptero posado en la popa.

Cuando se aproximaban a la embarcación, el capitán Castro Fox experimentó la misma sensación que sentía durante los ejercicios de práctica con la flota (ataques simulados a buques) solo que esta vez, los blancos disparaban4. El teniente Benítez, por su parte, notó que los ingleses habían borrado las matrículas de los barcos y eso dificultaba su identificación.

Ni bien entraron en la bahía, los ingleses comenzaron a tirarles con todo su potencial atronando la bahía con fuego de artillería. Desde tierra partieron misiles Rapier a los que Benítez vio llegar en rápida aproximación por el costado derecho y el frente pero confiando en que la velocidad de su avión lograría superarlos, siguió adelante.

En plena corrida de tiro, el capitán Castro Fox pudo divisar a su izquierda un blanco más redituable por lo que, cambiando el arrumbamiento, se dirigió directamente hacia él. Se trataba de un buque logístico que se desplazaba lentamente hacia el sudeste, el cual, a esa altura, debía haberlos detectado.

Castro Fox continuó su aproximación y en eso estaba concentrado cuando notó una suerte de bengala que partía de la proa en dirección a su avión. Era un misil Sea Cat que pasó a escasos centímetros de su cabina y siguió de largo para perderse en la nada. El líder de la escuadrilla lo esquivó con un fuerte giro a la derecha pero eso lo sacó de la corrida de puntería y por esa razón, al arrojar sus bombas, las mismas se fueron largas.

Benítez vio como le disparaban a su superior desde la fragata y por un momento temió ser alcanzado. Intentando cubrir su retirada abrió fuego con sus cañones pero al segundo disparo se le trabaron. Entonces cambió el mecanismo de ataque a bombas y al tiempo que le tiraban de diferentes sectores, las arrojó, sintiendo la pérdida de peso del avión al elevarse bruscamente. Poniendo en práctica lo ensayado tantas veces en los entrenamientos, sujetó con firmeza los mandos y con gran aplomo pasó por encima del buque, a escasos metros de sus antenas.

Ignoraba que solo habían salido tres de sus cuatro bombas y que llevaba aún la cuarta enganchada bajo el ala derecha. Dos quedaron cortas pero la tercera penetró la estructura de la nave y se alojó en su interior, sin estallar.

El capitán Zubizarreta se arrojó sobre el buque atacado por Castro Fox pero por fallas en el mecanismo de lanzamiento, sus bombas se negaron a salir.

La escuadrilla completó su escape de la mejor manera posible, eludiendo las antiaéreas y los misiles que les disparaban de todas partes y así se alejaron, saltando sobre las colinas de la Gran Malvina.

Después del ataque, el teniente Benítez perdió de vista al capitán Castro Fox y por esa razón, calculando la ruta por la que había llegado, puso rumbo al oeste y por allí se alejó. “Por donde yo vine no había nada, así que me voy por ahí”, pensó mientras manipulaba la palanca de mando5.

Volaba sobre la Gran Malvina cuando la voz de Zubizarreta anunció por la radio que todo estaba bien. Casi enseguida escuchó al líder informando que aún a riesgo de ser detectado, tomaba altura para ahorrar combustible porque su avión tenía problemas.


En el preciso momento en que los Skyhawk navales se retiraban hacia el continente, llegaban a San Carlos los Mirage V-Dagger del capitán Carlos A. Rodhe (avión matrícula C-414) y el primer teniente Jorge Ratti (avión matrícula C-418).

Para entonces, el “Antelope” buscaba desesperadamente la protección de la HMS “Broadsword”, tratando de ponerse a cubierto de un tercer ataque, en tanto un equipo especializado efectuaba un detenido examen para evaluar los daños. Llevaba en su interior tres bombas sin detonar y padecía un importante incendio en sus cubiertas interiores que mantenía ocupadas a las dotaciones correspondientes. Dispuesto a no correr mayores riesgos, su capitán, Nicholas Tobin, decidió buscar refugio en los acantilados de la Isla Soledad y hacia allí se dirigió, echando anclas junto al malherido “Argonaut”.

Según el relato de un reportero de la BBC, la fragata entró lentamente en la ría, despidiendo una nube de humo, con su mástil quebrado y su casco perforado. A 900 metros de la costa soltó el ancla y allí se detuvo mientras se le ordenaba a la tripulación subir a cubierta con sus trajes de supervivencia color naranja y aguardar la orden de evacuación.

Un equipo de ingenieros reales de las unidades especiales (EOD) integrado por los sargentos Jim Prescott y John Phillips, llegó en helicóptero una hora después para desactivar las bombas. Fueron recibidos por el capitán y conducidos a los niveles inferiores donde se encontraban alojadas las cargas.

Una vez allí, comprobaron que se trataba de viejos artefactos de 230 kilogramos (500 libras) de la Segunda Guerra Mundial, los cuales para estallar necesitaban activarse por medio de pequeñas hélices que funcionaban con la misma corriente que se generaba en la caída.

Mientras iniciaban los preparativos para ponerse a trabajar, en la cubierta exterior el helicóptero Lynx de la nave comenzaba a trasladar equipo y materiales en previsión de un desenlace violento. Al mismo tiempo se evacuaba la tripulación, dejando a bordo solamente a los responsables del armamento, entre ellos el sargento Warren, de destacada actuación durante los ataques.

Como la fragata se había quedado sin luz, los especialistas debieron trabajar con linternas, en una situación no demasiado cómoda. Dos veces quitó Prescott la espoleta de la bomba de Guadagnini pero, inseguro y temeroso de que el explosivo se activase, la volvió a colocar.

Por los altoparlantes de a  bordo, el capitán Tobin iba relatando los pormenores y así pasaron las horas en una tensa y expectante ansiedad, hasta la caída del sol. Según el ingeniero real, había algo fuera de lo común en esa bomba; algo que no le gustaba y la hacía anormal.

Todo marchaba en cámara lenta; los minutos parecían horas y el aire se podía cortar. Y de repente, el mundo pareció volar en pedazos.

Al retirar la espoleta por tercera vez, el mecanismo se activó y el artefacto explotó, desencadenando una verdadera catástrofe.

La tripulación conversaba despreocupadamente en la zona del hangar, a resguardo del viento y el frío, cuando el estallido hizo estremecer la región. Los restos de Prescott salieron despedidos en todas direcciones en tanto Phillips, que había perdido un brazo, hacía esfuerzos por salir a cubierta.

Los incendios se hicieron incontrolables, extendiéndose desde la sala de máquinas hasta los compartimentos superiores y el intenso calor comenzó a derretir la estructura metálica.

Ante semejante situación, el capitán Tobin ordenó el abandono inmediato de la nave, casi al mismo tiempo que las lanchas LVC de desembarco y varios helicópteros intentaban aproximarse para ayudar en las tareas de evacuación.

Desde la costa y las cubiertas de las otras embarcaciones, centenares de hombres observaban atónitos aquella escena del infierno. El buque era una bola de fuego, desde la línea de flotación hasta la parte superior y las llamas iluminaban la noche de manera espeluznante. Algunos voluntarios intentaron bajar a los niveles inferiores para combatir el siniestro pero la idea de por sí resultó absurda. Los equipos contra incendios no funcionaban y el clima era irrespirable.

Mientras hombres vestidos con trajes antiflama corrían de aquí para allá, se comenzó a evacuar en primer lugar a los heridos, a quienes subieron a los botes de goma que flotaban cerca del casco.

La noche cerrada y las densas columnas de humo hicieron difícil el rescate, obligando a los helicópteros a utilizar sus potentes focos para ubicar a los náufragos pese a que las llamas iluminaban las tinieblas tornando más irreal la escena.

Sam Bishop y varios de sus compañeros subieron a una de las lanchas del “Intrepid”, y durante el trayecto hacia el transporte anfibio se volvieron para mirar el incendio. Cuando se hallaban a 1000 metros de la costa se produjo la gran explosión que hizo famosa a la contienda.

Alcanzadas por las llamas, las bombas del alférez Gómez y el teniente Benítez también detonaron, condenando a la nave definitivamente. El destino vengaba a Guadagnini premiando su audacia y justificando su muerte.

El reportero Martin Cleaver de la Associated Press filmó pacientemente el desastre de la “Antelope” y así fue como esas imágenes dieron la vuelta al mundo. Parecía una exhibición de fuegos artificiales iluminando las penumbras repentinamente, arrancando exclamaciones de asombro y espanto entre quienes presenciaban el hecho. Alguien comentó en voz baja: “Dos años y medio de trabajos perdidos”6.

La nave ardió toda la noche y a la mañana siguiente se partió en dos para hundirse con la proa y la popa mirando hacia el cielo mientras desde sus restos se elevaba una gigantesca columna de humo blanco.

La escena afectó profundamente a quienes la presenciaron debido a su magnitud y a lo traumático que puede resultar el hundimiento de un barco. Fue una experiencia que quedaría grabada en lo más profundo de sus almas, prueba cabal de lo dura y amarga que se estaba tornando la guerra7.

Ese mismo día, el almirante Woodward mantuvo una seria conversación con sus capitanes, quienes le manifestaron su preocupación por los resultados de los ataques de la aviación enemiga y como estaban incidiendo sobre las tripulaciones.

Se hicieron evaluaciones y después de un pormenorizado análisis, se llegó a la conclusión de que el promedio de siete derribos diarios no era suficiente para contrarrestar sus efectos. Evidentemente, contra toda suposición, los pilotos argentinos estaban causando serios trastornos a la Task Force.

El capitán John Jeremy Black, comandante del HMS “Invencible”, fue apoyado por su colega de la HMS “Brilliant”, John Coward, cuando propuso aproximar los portaaviones a tierra (unos 80 kilómetros de sus posiciones actuales), con el objeto de hacer más efectivas las patrullas y los ataques de los Harrier. Eso les permitiría mantener hasta ocho aviones en el aire en lugar de los dos o tres que operaban hasta el momento y aumentar considerablemente la presión sobre el enemigo.

Woodward, sin embargo, dudaba. La aviación argentina estaba demostrando ser un arma mucho más letal de lo imaginado y podía seguir causando serios daños a las unidades de superficie. El tiempo le iba a dar la razón.










Notas
1 Los restos del aparato cayeron en Bahía Horseshoe, al oeste de Bahía Elefante Marino, dos millas al norte del establecimiento rural de la isla Borbón.
2 Borbón en la cartografía argentina.
3 Pasada la guerra, trabaría amistad con aquel aviador.
4 César Turturro, Malvinas, la guerra desde el aire (documental), History Channel, 2009.
5 Ídem.
6 M. Milton, P. Kosminsky, Hablando Claro.
7 Max Hastings, Simon Jenkins, La batalla por las Malvinas.


Fuente: Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Autor: Alberto N. Manfredi (h)

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