• Infiltrados tras las líneas enemigas


    El 22 de mayo por la tarde, el ayudante del jefe de la III Brigada, mayor José Luis Bettolli, informó a su par, Mario Castagneto

Publicado el 23 Septiembre 2021  por


El 22 de mayo por la tarde, el ayudante del jefe de la III Brigada, mayor José Luis Bettolli, informó a su par, Mario Castagneto, que en pocos minutos más cuatro helicópteros de la Aviación de Ejército a las órdenes del mayor Roberto Oscar Yanzi, partían para evacuar a los comandos de Puerto Howard.

Tres Puma SA-330L del Batallón de Aviación de Combate 601 (BAC601) permanecían con sus motores en marcha esperando la orden de decolar. Se trataba del aparato matrícula AE-508 al comando del primer teniente Hugo Alberto Pérez Cometto; el AE-500, a cargo del mayor Roberto Oscar Yanzi (segundo comandante de la unidad) y el AE-503 piloteado por el teniente Enrique Argentino Magnaghi.

Las aeronaves se elevaron lentamente desde Moody Brook para dirigirse al oeste, seguidos por el Agusta A-109 de escolta armada, matrícula AE-337, tripulado por el teniente Félix Enrique Riis. Partieron a media tarde bajo el indicativo “Mango” y al anochecer llegaron a Prado del Ganso, después de un vuelo sin problemas.

Al momento de tocar tierra, un alerta roja generado por la presencia de una PAC de al menos dos Harrier mantenía en vilo a la localidad pero eso no fue impedimento para que los helicópteros se posaran suavemente y volvieran a decolar para seguir en línea recta hacia el estrecho de San Carlos, volando a muy baja altura.

Después de atravesar el brazo de agua, desplazándose en forma paralela a la costa, sobre la Gran Malvina, la tripulación creyó distinguir la silueta de un buque semi cubierto por la niebla. Temiendo que se tratase del enemigo y estuviese provisto de misiles tierra-aire, dieron media vuelta y regresaron al istmo por la misma ruta.

Una vez en la BAM “Cóndor”, las tripulaciones fueron informadas de que la nave en cuestión era el averiado “Río Carcarañá”, atacado por la aviación enemiga el 16 de mayo.

Temprano, al día siguiente, la gente de Aviación de Ejército volvió a abordar los helicópteros y partió hacia la Gran Malvina cruzando nuevamente el estrecho, muy cerca del “Carcarañá”, cuyo casco aún seguía humeando.

Viajaban al ras del suelo, desplazándose sobre la turba, a la cual veían pasar debajo a velocidad vertiginosa y recién a las 10.30 horas alcanzaron Shag Cove, donde la tripulación del AE-500 detectó la presencia de dos cazas enemigos.

Para advertir al resto de la escuadrilla, el piloto dio el alerta radial y casi enseguida, las aeronaves iniciaron maniobras de evasión, dispersándose en diferentes direcciones. El Sea Harrier matrícula ZA192 del Escuadrón 800, tripulado por el teniente Dave Morgan, se arrojó sobre el Puma AE-503 desde una altura cercana a los 8000 pies y disparó sus cañones en momentos en que atravesaba una pequeña zona de agua.

El helicóptero intentó maniobrar pero su piloto perdió el control y se estrelló, afortunadamente, sin consecuencias. Debido a lo cerca que se encontraba, Morgan no pudo volver a utilizar sus cañones y por esa razón se alejó, después de sobrevolar a su presa y ver como sus tripulantes lo abandonaban por las puertas de emergencia. Minutos después, el aparato estalló y se incendió.

Pérez Cometto experimentó una angustia tremenda al ver caer a su gente pero como el Sea Harrier matrícula ZA191 del teniente John Leeming se le venía encima, viró bruscamente hacia el norte y se posó cerca de los restos del AE-500, buscando cobertura.

Por su parte, el Agusta del teniente Riis hizo lo propio en una hondonada situada a 2000 metros al sudoeste, sin poder impedir que Leeming lo ubicara y le disparase con sus cañones. Los proyectiles de 30 mm perforaron su estructura y el helicóptero estalló envuelto en una bola de fuego a poco de que sus ocupantes lo hubiesen abandonado, para buscar refugio en las cercanías.

Mientras el AE-500 y el Agusta se consumían, los otros dos aparatos se posaron en tierra y sus tripulantes se apresuraron a descargar el equipo que transportaban, en especial los lanzamisiles Blow Pipe destinados al RI5.

A esa altura, Dave Morgan los había detectado y como un ave de presa picó hacia ellos decidido a acabarlos, pero al ver agotadas sus cargas, emprendió el regreso al portaaviones.

Quince minutos después, aparecieron otros dos cazas, el ZA190 del capitán de corbeta Dave Braitwithe y el XZ494, de Tim Gedge, que tenía el mismo rango, ambos del Escuadrón 801.

Los pilotos británicos picaron sobre el AE-503 y lo destruyeron con sus descargas de metralla. Para fortuna de los combatientes argentinos, como no pudieron localizar al AE-508, se elevaron y emprendieron el regreso al “Invincible”.

Pérez Cometto levantó vuelo y pasó sobre los restos del AE-503, creyendo que sus tripulantes habían perecido pero repentinamente, su copiloto señaló hacia un grupo de matorrales y allí los vio, a unos 50 o 60 metros del aparato, haciendo señas con los brazos.

El piloto volvió a posarse y los “náufragos” abordaron la máquina corriendo como poseídos por el campo. Hubo abrazos y efusivos saludos y al levantar vuelo para buscar al resto del personal, aparecieron otros dos Sea Harrier, que obligaron a efectuar un nuevo aterrizaje, muy cerca de un arroyuelo.

En vista de aquel peligro, Pérez Cometto le ordenó a su gente retirar todo el cargamento del helicóptero y correr en busca de protección. Así se hizo y mientras el aviador intentaba establecer contacto radial con la capital de las islas, su gente comenzó a descargar armamento y municiones, atenta a la llegada de nuevos aviones.

Pérez Cometto no pudo establecer comunicación y por esa razón, descendió también él y se encaminó donde se hallaban sus hombres, quienes montaban un improvisado campamento una vez finalizada la descarga.

Pero el aviador no se contentó con eso y después de impartir algunas directivas partió a pie en busca de las tripulaciones abatidas, acompañado por dos de los conscriptos que habían viajado con él.

Al momento de iniciar la caminata sus esperanzas eran mínimas pero sabía en lo más profundo de su ser que valía la pena intentarlo.

Así anduvieron varios kilómetros, en la más absoluta soledad y silencio mientras, de tanto en tanto, uno de los soldados lanzaba silbidos para llamar la atención.

Al cabo de varias horas estaban por desistir cuando notaron movimientos a lo lejos. Adoptando precauciones, aguardaron agazapados, pensando que podía tratarse del enemigo pero enseguida se dieron cuenta que eran argentinos, más exactamente los miembros de las otras tripulaciones. Primero fueron los del Puma quienes aparecieron y después los del Agusta, con Riis a la cabeza. El segundo milagro se había cumplido (el primero fue que nadie hubiese resultado herido tras el ataque de los Harrier).

De regreso en el campamento procedieron a racionar e inmediatamente después se dispusieron a descansar, echándose todos al lado del AE-508. Previamente establecieron una guardia de un hombre con instrucciones de rotar cada una hora.

A la mañana siguiente abordaron la aeronave y sin perder tiempo se dirigieron a Puerto Howard, donde llegaron alrededor de las 17.30, cuando comenzaba lentamente a obscurecer.

Los Blow Pipe fueron muy bien recibidos por el personal del RI5 que ayudó a descargarlos, lo mismo las municiones y el resto del equipo.


Poco antes de que los helicópteros de Yanzi y Pérez Cometto fuesen atacados por la aviación enemiga (domingo 23 de mayo por la mañana), el padre Nicolás Solonyzny celebraba una misa al aire libre en Puerto Howard, bajo un cielo despejado y un clima agradable.

El sacerdote y la tropa se hallaban en pleno oficio cuando repentinamente aparecieron dos Sea Harrier que, para alivio y asombro del regimiento, no atacaron. Aún así, fueron repelidos por fuego antiaéreo pero ninguno de los dos fue alcanzado. Eran las máquinas de Morgan y Leeming volando al encuentro de los aparatos de la Aviación de Ejército que se desplazaban a uno 20 kilómetros de distancia en dirección sur.

Cuando el Puma AE-508 llegó al poblado, se lo ubicó junto a un galpón y se lo cubrió con una red de camuflaje a efectos de evitar su detección.

El 25 de mayo se celebró el día de la patria con una formación especial en la que los comandos se alinearon junto a los efectivos del RI5 para saludar la bandera y entonar el Himno Nacional. Frente a ellos, hizo uso de la palabra el mayor Castagneto y a continuación, habiéndose izado la enseña patria, se realizó un almuerzo especial a base de gansos y otras aves recientemente capturadas.

El miércoles 26 a las 04.40, el puesto de mando del RI5 retransmitió a los comandos una directiva recién recibida desde Puerto Argentino. Se les ordenaba  el cruce a la Isla Soledad y dirigirse a la capital para recibir nuevas órdenes.

La decisión causó cierta preocupación porque no hacía mucho, una fragata enemiga había cañoneado las posiciones del RI8 en Bahía Fox (Puerto Zorro), 50 kilómetros al sur de Puerto Howard. Aun así, Castagneto, decidido a cumplirla, mandó a sus hombres alistarse y poco después abordó con ellos el Puma AE-508, que aguardaba sobre la turba.

Antes de partir, el mayor Yanzi advirtió acerca del sobrepeso pues además de la tripulación propia, llevaba las de los tres aparatos atacados y los pilotos recientemente recuperados, a saberse, el mayor Piuma, el primer teniente Senn y el capitán Donadille.

Si a ello se sumaban los efectivos de la 601, la capacidad de 20 personas del helicóptero, se vería sobrepasada en número de diez y eso pondría en riesgo la operación. Además, había que tomar en cuenta la presencia de una fragata enemiga en las inmediaciones.

Analizando esos riesgos y existiendo la posibilidad de que el helicóptero no pudiese soportar el exceso de peso, Castagneto optó por dejar parte de su gente allí, al mando de los tenientes primeros Sergio Fernández y José M. Duarte, quienes serían recuperados más tarde, en un segundo viaje.

Cuando la máquina decoló a las 05.00, había incertidumbre y temor en su interior; tripulantes y tropas viajaban apiñados y sumamente incómodos, sabiendo que los riesgos eran elevados.

Para facilitar la travesía, el jefe de los comandos le entregó al copiloto sus visores nocturnos, los cuales fueron muy bien recibidos y de esa manera, con el cuerpo inclinado hacia delante con el fin de evitar las luces del tablero, el segundo de a bordo pudo orientar a su comandante hasta la costa opuesta, evitando la cercanía de los cerros que se extendían a lo largo del trayecto.

Tras un vuelo sumamente tensionante, el helicóptero llegó a Prado del Ganso donde se posó a las 05.40. A los pocos minutos volvió a elevarse y alrededor de las 06.00, cuando aún era noche cerrada, aterrizó en Puerto Argentino, después de haber perdido el rumbo por unos instantes. Llegaba a su fin uno de los pocos vuelos nocturnos que los argentinos llevaron a cabo en las islas1.

Una vez en la capital, Castagneto decidió relevar a los integrantes de la 3ª sección que todavía se hallaba apostada en San Carlos y para ello mandó alistar a elementos de la 2ª, al mando del teniente primero García Pinasco, a quien estaría secundado por el capitán José Ramón Negretti.

En cumplimiento de esa misión, el 27 de mayo, muy temprano, los componentes de la fracción treparon a los dos Bell UH-1H en Moody Brook y a poco despegaron para volar hasta las orillas del río San Carlos, donde los hombres de la 3ª sección aguardaban prácticamente sin víveres.

Efectuado el relevo, la gente de García Pinasco inició el patrullaje y la observación de las posiciones enemigas emprendiendo una larga caminata hacia la Gran Montaña (Big Mountain) cuyas laderas comenzaron a trepar hasta alcanzar la cima, donde montaron un nuevo PO (puesto de observación).

Desde ese punto, pudieron observar el dispositivo enemigo en San Carlos, con su gran despliegue de hombres, equipo y máquinas. Decidido a lograr una mejor observación, el jefe de la sección dispuso avanzar hacia el monte Jack, pero a poco de andar, la espesa niebla malvinense los rodeó y les impidió continuar.

En cierto modo eso benefició a los argentinos pues les permitió desplazarse sin ser detectados (la visibilidad que no superaba los 5 metros). De esa manera ladearon el río San Carlos y siguiendo su cauce, se aproximaron a la elevación, cargando sus pesadas mochilas y aferrando sus armas livianas, atentos al menor movimiento.

Casi todos llevaban gorros de lana y cubrían sus rostros con negros pasamontañas que solo les dejaban a la vista los ojos, cosa que, junto al resto de la indumentaria, les daba un aire un tanto tenebroso.

Los efectivos se encontraban en pleno avance cuando en forma repentina, la niebla se disipó dejándolos completamente al descubierto. Lanzando algunas imprecaciones, corrieron hacia un grupo de rocas y allí se ocultaron hasta el anochecer.

La sección buscaba ponerse a cubierto cuando alcanzó a percibir el característico sonido de un rotor en aproximación. Eso los obligó a permanecer inmóviles, aferrados al terreno, listos para entrar en combate en caso de ser descubiertos. Se trataba de un enorme Sea King que atravesaba los cerros en dirección a la Gran Montaña el cual, afortunadamente, no se percató de su presencia.

Los comandos lo siguieron con la vista y lo vieron posarse sobre la ladera del cerro y mantenerse allí con sus motores encendidos. Era evidente que si no hacían un rápido cambio de posición, iban a ser descubiertos porque, al parecer, el aparato había desembarcado efectivos.

El regreso de la niebla les vino de perillas y sirvió para que Negretti intentase establecer contacto radial con Puerto Argentino, aunque sin conseguirlo.

Así llegó la noche, el momento más esperado por las tropas especiales y de ese modo, a una orden de García Pinasco, toda la sección se puso en marcha dando inicio a una travesía más que dificultosa, con sus borceguíes hundiéndose en el fango mientras llovía y soplaba un viento helado que hacía descender la temperatura a 10º bajo cero.

Atravesaron un río de piedras de 50 metros de ancho donde patinaron y cayeron varias veces y siguieron su avance muy lentamente, todo en medio de un tiempo inclemente.

La marcha demoró tanto que en vista de semejante lentitud y dado lo extenuados que se encontraban los cuadros, García Pinasco alzó su brazo derecho y mandó hacer un alto, orden que sus hombres recibieron como una bendición.

Mientas la sección descansaba a campo abierto, García Pinasco y Negretti resolvieron suspender el desplazamiento y despachar solamente a dos hombres hacia el punto a explorar. El jefe de los comandos seleccionó al teniente Marcelo Anadón, abanderado de la compañía y éste hizo lo propio con el sargento José Rubén Guillén, de 30 años de edad, ambos en excelente estado físico.

Cuando los relojes marcaban las 19.30, los efectivos se despojaron de sus mochilas (a efectos de aligerar su paso lo más posible) y partieron, llevando solamente sus fusiles automáticos, sus raciones y elementos de primeros auxilios; en una palabra, lo mínimo e indispensable para la supervivencia. Anadón quiso dejar también su chaqueta de abrigo pero sus compañeros se lo impidieron.

Antes de partir, García Pinasco les entregó su brújula pero se quedó con el mapa de la región porque lo iba a necesitar. En ese momento, el capitán Negretti intentó una nueva comunicación con la capital del archipiélago, y para alegría de todos, la consiguió.

Establecido el tan deseado contacto, los comandos dieron cuenta del paso de helicópteros hacia Darwin y monte Kent y del incesante tráfico de tropas junto y equipo, además de otros detalles que resultaron de gran utilidad al alto mando argentino.

Pasaron la noche en espera de novedades por parte de Anadón y Guillén pero las mismas no llegaron. Por tal motivo, a las 04.00 del día siguiente, resolvieron regresar al punto de partida en la Gran Montaña, por ser el único lugar que conocían en profundidad.

Mientras la fracción retrocedía, el desplazamiento de helicópteros seguía constantemente hacia Puerto Darwin, Prado del Ganso y el monte Kent, clara evidencia de que los británicos preparaban algo grande.

De tanto en tanto la fracción se detenía y Negretti efectuaba contacto radial, breve y con mucha cautela a efectos de no ser detectado. Eso les servía para mantenerse informados y, en cierto modo, elevar la moral, sin embargo, en una oportunidad se vieron forzados a efectuar un brusco cambio de posiciones porque el operador de Puerto Argentino les pidió a viva voz que repitieran la información (Negretti le estaba pasando las observaciones efectuadas a partir del último contacto). La imprudencia, además de la consabida alarma, les provocó mucho fastidio.

Esa noche comenzó a caer nieve mientras el viento hizo descender la temperatura por debajo de los -10º. El repentino cambio de clima vino a dificultar el avance aunque no lo detuvo porque los comandos siguieron caminando a fin de no entumecerse. Sin embargo, tan pesada se hizo la marcha que no les quedó más remedio que desprenderse de las mochilas de Anadón y Guillén.


La Gran Montaña se hallaba despejada; no se veía nadie en los alrededores y los helicópteros ya no se sentían. Aquello sirvió para elevar la moral porque los hombres, exhaustos como estaban, habían creído perder el rumbo. La insistencia de su jefe, instándolos a seguir en la misma dirección los había salvado, pero de todas maneras, García Pinasco estaba muy preocupado por la suerte de los dos exploradores y eso no le permitió expresar ningún sentimiento de alegría.

En ese lugar, sobre la ladera oeste del gran cerro, armaron sus carpas, tendieron sus bolsas de dormir y racionaron al tiempo que Negretti intentaba una nueva comunicación.

Lejos de allí, cerca del Establecimiento San Carlos, Anadón y su compañero se acercaban a las alturas que dominaban el poblado, topándose repentinamente con un serio impedimento: el río San Carlos, posiblemente el más caudaloso y torrentoso de las islas, imposible de cruzar en esos momentos, al menos por el lugar donde se encontraban. Durante el trayecto, los comandos debieron arrojarse varias veces cuerpo a tierra para evitar ser detectados por los helicópteros que iban y venían desde la bahía a través de la región, muy cerca de su ruta.

Para colmo, buscando un paso por donde pasar, la brújula quedó estática y eso los hizo extraviar, con el agravante de que la radio tampoco funcionaba.

Bajo un torrente de lluvia y granizo, Guillén resbaló y cayó pesadamente, lastimándose una rodilla contra las rocas. Eran las 03.00 y Anadón decidió hacer un alto para reponer fuerzas. Sentados sobre la turba, los efectivos hicieron una evaluación de la situación y después de mucho cavilar decidieron emprender el regreso en busca de sus compañeros y en caso de no encontrarlos, seguir solos hasta Puerto Argentino. Y así fue como reemprendieron la marcha, deshaciendo el camino que los había llevado hasta allí.

A esa altura, ninguno de los dos, como tampoco el resto de la fracción que vivaqueaba en la Gran Montaña, eran conscientes de que la misión había sido un esfuerzo inútil porque pese las importantes observaciones practicadas, no había sido posible pasarlas al comando.

El grupo adelantado (Anadón y Guillén) reinició el avance al amanecer pero al cabo de unos metros, el segundo dio claras señales de no poder continuar. En vista de ello, Anadón trepó el cerro para ver si lograba orientarse pero al no conseguirlo, descendió y forzó a su compañero a reanudar la marcha, repitiendo la tentativa en dos oportunidades. Era necesario establecer contacto con García Pinasco pues no iban a soportar otra noche como aquella.

Cuando Anadón escaló el tercer cerro, una vez en la cima, encendió la radio y con gran alegría pudo sintonizar con su superior y así dar cuenta del lugar donde se encontraba. De esa manera, después de informar que su compañero estaba herido, resolvió reemprender la caminata utilizando sus aparatos de comunicaciones para guiarse, único modo posible de hacerlo.

Ni bien terminó de hablar, corrió en busca de su compañero y lo ayudó a incorporarse. Echaron a andar con mucha dificultad y al detenerse en un punto determinado encendieron la radio para ubicarse, pese a que en la Gran Montaña, Negretti le hizo ver a García Pinasco que las emisiones podían atraer la atención de los ingleses. Sin embargo, más pudo el sentimiento que la razón y gracias a ello, a las 19.30 la fracción logró reunirse, con Anadón y su compañero exhaustos y casi famélicos.

Los hombres de García Pinasco se apresuraron a meter a los recién llegados en sus bolsas de dormir y les dieron alimentos calientes con un postre de lujo: “Mantecol”, que a aquellos les pareció maná del Cielo. Debido a su extremo agotamiento, debieron meterles los trozos en la boca, pedacito por pedacito, “como si fuesen supositorios”2 y así lograron que los comieran.

Al amanecer del 29 de mayo, el incansable Anadón se levantó y partió solo en busca de sus mochilas a las que, pese a la exhaustiva recorrida, no pudo encontrar. Perdía con ellas su pistola, su radio, su bolsa de dormir, su poncho impermeable, el paño para la carpa y sus raciones alimenticias.

Lejos de lo acordado al planificar la misión, aquel día la 2ª Sección no fue recuperada porque la batalla de Darwin/Prado del Ganso había impedido todo tipo de movimientos hacia ese sector.

Los hombres de la Compañía de Comandos 601 comprendieron que su situación era crítica: estaban rodeados por el enemigo y eso los obligaba a quebrar el dispositivo británico para alcanzar por sus medios las líneas propias.










Notas
1 El AE-508 fue destruido el 30 de mayo en monte Kent, cuando intentaba depositar en las laderas del cerro al escuadrón “Alacrán”, de la Gendarmería Nacional y a elementos de la Compañía de Comandos 602.
2 Isidoro Ruiz Moreno, op. cit.


Fuente: Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Autor: Alberto N. Manfredi (h)

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