• Acciones de guerra en el Estrecho de San Carlos


    El 15 de mayo por la mañana decoló de la Base Aérea de Widwake, en la isla Ascensión, un avión Nimrod MK2

Publicado el 07 Noviembre 2021  por


El 15 de mayo por la mañana decoló de la Base Aérea de Widwake, en la isla Ascensión, un avión Nimrod MK2 con la misión de localizar unidades navales argentinas dedicadas al transporte de pertrechos y suministros.

La aeronave hizo dos reaprovisionamientos y regresó después de un vuelo de diecinueve horas, sin obtener resultados.

Por su parte, aviones Sea Harrier de los escuadrones 800 y 801 efectuaron infructuosas misiones de bombardeo a las 10.00, 10.45, 12.31, 12.41, 14.32, 15.45, 16.35, 17.30 y 20.00, sin ocasionar daños significativos. El único que tuvo algo de efectividad fue el de las 10.45, que tenía por objetivo la Estación Aeronaval “Calderón” y significó una suerte de “tiro de gracia” que acabó con lo poco que había quedado operable allí.

Por el lado argentino, a las 14.43 de ese mismo día los IA-58 Pucará, matrícula A-511, A-516, A-531 y A-533, pasaron a las Malvinas desde Santa Cruz para reponer las pérdidas que el Grupo 3 de Ataque había sufrido el 1 de mayo. En horas de la noche, a las 20.16, las 21.30 y las 23.05, aparatos Hércules C-130 llevaron a cabo nuevos cruces transportando personal, material bélico, provisiones y la segunda pieza de artillería Sofma de 155 mm desarrollada por CITEFA1, que debía reforzar las posiciones al norte de Sapper Hill, muy cerca de donde operaba su gemela.

Unas horas antes del primer vuelo, el FAS había despachado desde Río Grande dos Beechcraft B-200 Cormorán, con la misión de patrullar y efectuar exploración marítima complementando con ello uno de los mayores puentes aéreos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

El 16 de mayo los Sea Harrier del “Hermes” fueron puestos en estado de alerta para una nueva misión de bombardeo. A las 09.32 horas, los cazabombarderos matrícula XZ494 y ZA191 piloteados por los tenientes Simon Hargreaves y Dave Smith, despegaron rumbo a Bahía Fox (Puerto Zorro) para hacer exploración y relevamientos fotográficos de la región.

La misión se llevó a cabo sin inconvenientes y a su regreso, las películas tomadas revelaron la presencia de dos embarcaciones: el “Río Carcarañá” próximo a Bahía King (Puerto Rey) y el transporte “Bahía Buen Suceso”, amarrado junto al muelle de Puerto Zorro (Bahía Fox).

El alto mando británico decidió atacar a ambos y para ello ordenó el alistamiento de los tenientes Gordon Batt, en el Sea Harrier matrícula XZ459 y Andrew McHarg en el XZ494, quienes despegaron a las 13.03 horas en dirección a Bahía King.

Los Sea Harrier alcanzaron los objetivos a las 13.25 y de inmediato iniciaron la corrida de ataque sobre el “Río Carcarañá”.


El día 11 de mayo, unidades navales argentinas buscaban en el Estrecho de San Carlos a los sobrevivientes del “Isla de los Estados”. Por esa razón, la requisada “Penélope” había atracado al costado del “Río Carcarañá” para recibir información y coordinar las tareas de rescate. Su capitán, el teniente de navío Horacio González Llanos, se reunió con el comandante del carguero, capitán Edgardo A. Dell’Elicine y junto a otros oficiales procedieron a hacer un detallado análisis de la situación. Nada se sabía de sus compañeros marinos y todo se resumía a las incidencias de la noche anterior, es decir, al pedido de auxilio emitido por el radio-operador del transporte, las fuertes detonaciones que sacudieron la atmósfera y los aterradores resplandores que se observaron a la distancia, en medio de la noche.

Los días siguientes, las naves permanecieron fondeadas en el mismo lugar, siempre en busca de sobrevivientes, mientras las condiciones climáticas empeoraban.

Algo que llamó la atención del personal fue la exasperante lentitud del Comando Naval, que no tomaba ninguna decisión. Como explica Jorge Muñoz en Misión Cumplida, lo único que aconteció fue un llamado del CONAVINAS al “Río Carcarañá” a través del “Bahía Buen Suceso”, preguntando cuantos tambores de combustible les quedaba a bordo y algún contacto de rutina.

Eso exasperó los ánimos y llevó al capitán Dell’Elicine a solicitar al coordinador naval que aclarara con el alto mando de la Armada cual era la situación real de los buques allí apostados y que instrucciones tenían para ellos. Tras un fuerte intercambio de palabras, el capitán Robelo le recordó al comandante del mercante que el barco se hallaba bajo bandera y que, por esa razón, debía ajustarse a las órdenes recibidas.

El 16 de mayo amaneció soleado. Un solo ataque, a las 09.00 hora argentina, había alterado la tensa calma en Bahía Fox. Con el paso de las horas y el clima mejorando lentamente, los cuadros se fueron relajando intuyendo lo que creían, podía llegar a ser una jornada apacible.

Solo Dell’Elicine se mostraba inquieto pues estaba seguro que por esa mejora en las condiciones del tiempo y habiendo permanecido en el lugar por espacio de varios días, los británicos intentarían algo. Según sus cálculos, los aviones aparecerían por estribor, con el sol a sus espaldas, facilitando su ataque y dificultándoles (a los argentinos) la visión. Preocupado por ello, habló con sus oficiales inmediatos y poco después, toda la tripulación se preparaba para una nueva embestida, siguiendo al pie de la letra las instrucciones de su capitán.

El personal de a bordo abandonó los camarotes de estribor y se ubicó en el pasillo interno de la cubierta de babor llevando consigo una bolsa con lo elemental para la supervivencia, en especial ropa de abrigo, mantas y raciones. Mientras eso ocurría, se alistaron los botes salvavidas y se preparó una lancha a motor.


Tal como hemos dicho, al producirse el ataque, el “Bahía Buen Suceso” se hallaba anclado en Bahía Fox.

Finalizada su misión en las islas Georgias los últimos días de marzo, el buque había regresado al continente, tocando en su trayecto puntos intermedios como Ushuaia y Puerto Deseado, escalas previas en su recorrido hacia Puerto Belgrano, donde llegó el 5 de abril para entrar enseguida en reparaciones.

Fue allí donde el capitán Osvaldo Marcelino Niella decidió licenciar a la mitad de la tripulación, medida que el Comando Naval aprovechó parta ocupar sus plazas con personal militar. El buque quedó sujeto al Comando de Operaciones Navales y éste designó comandante militar a bordo al capitán de corbeta Héctor E. Zukowsky, quien tendría a su cargo al personal de la Armada, no así a la nave, que seguiría bajo el mando de su capitán de ultramar.

Después de ser sometido a reparaciones y acondicionado para su nueva situación (se le adosaron camastros en el entrepuente de la bodega), el “Bahía Buen Suceso” comenzó la carga de municiones y componente de artillería, vehículos, minas, 2000 raciones y equipo para los ingenieros anfibios, alcanzando un total de 160 toneladas.

El 8 de abril el barco volvió a zarpar, arribando a Puerto Argentino el día 12, cuando anochecía. El buque atracó en el muelle y comenzó las tareas de desembarco, tanto de personal como de equipo mientras se la acondicionaba como alojamiento de tropas. Cuando el 23 de abril llegó el “Formosa”, levó anclas y se dirigió a la cercana bahía, donde fondeó en espera de órdenes.

Fue entonces que surgió la necesidad de un segundo relevo del personal de a bordo y para ello fue necesario recurrir al capitán de navío Antonio José Mozzarelli, jefe de la Subárea Naval Malvinas, quien obtuvo el licenciamiento de la mitad de la tripulación y su envío de regreso al continente. Los lugares vacantes volvieron a ser ocupados por efectivos militares y de ese modo, el veterano navío estuvo más preparado para las misiones que estaba llevando a cabo.

Entre los civiles que permanecieron en el buque, todos ellos integrantes de la tripulación original, destacaban el cabo de mar José Martínez, de origen español y los auxiliares de máquinas Juan C. Sosa y Raúl Saavedra, quienes se ofrecieron a seguir en campaña por su propia voluntad, lo mismo otros tres marinos mercantes procedentes del “Isla de los Estados”.

En esas estaban cuando el 28 de abril por la noche, el “Bahía Buen Suceso” recibió instrucciones de hacerse a la mar pues había un alerta de bombardeo aéreo. Para ello fue necesario, previamente, desembarcar a las tropas a bordo, tarea que demoró la partida hasta la mañana del día siguiente, cuando el barco finalmente zarpó con el 50% del combustible y muy poca agua potable.

El 1 de mayo navegaba hacia Bahía Fox cuando aviones ingleses lo sobrevolaron sin efectuar disparos aunque intimando a la rendición a través de la radio.

Así, en esas condiciones, el “Bahía Buen Suceso” llegó a destino, fondeando en la ría que se extendía frente al muelle próximo a la población (en la que vivían unas 25 personas) y el establecimiento rural junto al cual se hallaba estacionada la Fuerza de Tareas “Reconquista”, formada por el Regimiento de Infantería 8, al mando del teniente coronel Ernesto Repossi y la Compañía de Ingenieros 9, posicionada en la margen este de la bahía, al del mayor Oscar Minorini Lima.

El “Bahía Buen Suceso” permaneció anclado frente a Bahía Fox hasta el 10 de mayo, cuando se aproximó al muelle de madera y atracó, permitiendo a sus tripulantes descender a tierra y proveerse de agua potable del pozo del establecimiento.

En esas condiciones se encontraban las fuerzas argentinas cuando el 12 de mayo se desató un temporal que rompió las amarras del buque e hizo ceder el muelle. Empujada por los fuertes vientos, la nave flotó a la deriva y finalmente encalló a varios metros de distancia. El pequeño alijador “Monsunen” que se hallaba en el lugar, intentó rescatarlo de su trampa pero sus esfuerzos fueron inútiles.

Afortunadamente, el incidente no impidió la descarga, tanto de los tambores de combustible como de las vituallas, tarea que casi había finalizado cuando en la madrugada del 15 de mayo un helicóptero enemigo sobrevoló la región.

En vista de tan grave amenaza, el capitán Zukowsky ordenó evacuar la embarcación, directiva que se cumplió ordenadamente y finalizó antes de las 10.00, quedando a bordo, solamente, el capitán Niella, Zukowsky y el encargado del telégrafo.

Fue entonces que de manera repentina, el rugido de los Sea Harrier hizo vibrar la atmósfera.

El capitán Niella, que en esos momentos se hallaba en su camarote, se asomó por estribor y los vio venir, disparando de popa a proa a medida que se aproximaban.

Lo primer que atinó a hacer fue buscar el pasillo y arrojarse al piso, casi en el mismo momento en que los proyectiles de 30 mm perforaban la estructura del barco.

Finalizada la pasada se incorporó y corrió por el interior hacia el lado de babor y en eso estaba enfrascado cuando un una bala de cañón estalló muy cerca suyo hiriéndolo en su mano derecha.

Niella miró su diestra y notó que sangraba pero sin reparar en el detalle, vio al radio-operador bajando las escalinatas gravemente herido. El hombre lo miró, caminó unos pasos hacia él y cayó semiinconsciente en sus brazos.

En ese momento llegó el capitán Zukowsky, dispuesto a ayudar y mientras esperaban que el ataque finalizase, intentaron reanimar a su compañero.

Cuando los cazas enemigos se retiraron, se incorporaron y entre los dos levantaron al malogrado tripulante para llevárselo en andas.

Lo bajaron a tierra con la ayuda del personal de Ejército y con gran rapidez lo condujeron hasta el hospital de campaña para ser atendido.

Dos días después los Sea Harrier volvieron a atacar, arrojando bombas Beluga. La incursión no tuvo consecuencias aunque obligó a las fuerzas de tierra a construir nuevos refugios para los marineros y montar señuelos que daban el aspecto de piezas de artillería de grueso calibre.


En momentos en que el “Bahía Buen Suceso” era atacado, la tripulación del “Río Carcarañá” se ubicaba en el pasillo interior de babor donde permaneció toda la mañana en previsión de una incursión aérea. En esas condiciones se encontraban cuando cerca del mediodía el vigía de abordo dio la voz de alarma.

-¡¡Aviones!!

El capitán Dell’Elicine estaba en el cuarto de mapas, recogiendo la documentación de valor, cuando el segundo oficial Sergio A. Dorrego entró a la carrera.

-¡¡Salgamos de aquí capitán. Vienen dos aviones a atacarnos!!

Los dos marinos corrieron en dirección a las escalinatas y a toda prisa bajaron hacia el pasillo de babor donde se hallaban el resto de la tripulación. En ese preciso instante, un estruendo terrible sacudió la estructura de la nave.

La versión de Jorge Muñoz difiere un poco de la que ofrecen los meticulosos autores británicos de Malvinas. La Guerra Aérea. Según estos últimos, el “Río Carcarañá” fue atacado por primera vez a las 13.25 hs, cuando los tenientes Batt y McHarg alcanzaron con sus cañones su estructura. La embarcación recibió numerosos impactos y una bomba que no explotó pero le perforó la cubierta y destruyó los tubos de aire comprimido originando un principio de incendio.

Cuando los aviones se alejaban, despegaban del portaviones el teniente Heardgraves en el aparato matrícula ZA191 y Andy Auld en el XZ500, para atacar al “Bahía Buen Suceso”.

Los Sea Harrier partieron a las 13.46 y llegaron al objetivo treinta y cinco minutos después, hallándolo muy próximo al poblado de Bahía Fox. Por esa razón, los pilotos desistieron de utilizar sus bombas y se dispusieron a disparar sus cañones, abriendo fuego a las 14.20. Los proyectiles de 25 mm arrasaron el puente e impactaron uno de los depósitos de combustible que se hallaban en tierra, generando un incendio de proporciones que, para fortuna de la guarnición allí apostada, no se propagó.

Cuando las baterías antiaéreas respondieron la agresión, los cazas viraron y se retiraron. Heargreaves fue alcanzado por un proyectil calibre 35 mm en la cola y pese a sentir el impacto, al igual que Morgan el 1 de mayo, logró seguir y aterrizar en la cubierta del “Hermes” sin inconvenientes.

La dotación del “Río Carcarañá” intentó combatir el fuego generado por las explosión de sus tubos de aire comprimido pero ante la amenaza de que el mismo se propagara, Dell’Elicine ordenó su evacuación. El personal especializado procedió a cerrar la puerta estanca del túnel de máquinas, fondeó la segunda ancla y dio aviso al “Forrest” y al “Bahía Buen Suceso” de que la nave había sido puesta “fuera de servicio”, solicitando retransmitir la novedad al CONAVINAS.

Los marineros prepararon los botes y, de acuerdo a lo que establecían los manuales de instrucciones, los abordaron en perfecto orden. Su comandante se aseguró de que nadie permanecía en la embarcación y después de recoger el diario de a bordo, el libro de bitácora, las libretas de embarco, documentación confidencial de la Armada y las dos pistolas automáticas Ballester Molina calibre 45 provistas por ELMA, abordó en último lugar.

Cuando los botes eran remolcados hacia la Isla Soledad por una lancha a motor, reaparecieron los Sea Harrier (posiblemente Heargreaves y Auld) para pasar rasantes sobre el naufragio y las balsas, aunque sin abrir fuego.

Una vez en tierra, los marineros procedieron a encender hogueras y a hacer un breve reconocimiento del terreno circundante, todos de buen ánimo y sin perder el espíritu tal como se observa en las fotografías que se obtuvieron en la ocasión.

En un primer momento, el capitán Dell’Elicine pensó realizar una caminata hasta Prado del Ganso, donde se hallaba apostada la segunda guarnición argentina pero la distancia que los separaba (unos 50 kilómetros) y el extremo cansancio de sus hombres lo llevaron a desechar la idea.

Anochecía ya cuando los marinos, acurrucados en torno a las fogatas, vieron aparecer a la distancia al “Forrest´” que, al mando del teniente de navío Rafael Molini, acudía en su rescate, respondiendo los oportunos pedidos de auxilio que el radio-operador de a bordo, había emitido durante el ataque.

El teniente Molini ofreció trasladar a los náufragos hasta Bahía Fox, donde, además de fuerzas argentinas, había un poblado y un importante establecimiento rural, como ya se ha dicho, propuesta que el capitán Dell’Elicine aceptó, ordenándole a su gente tener todo dispuesto para abordar la embarcación.

Se montó entonces un andarivel y a través del mismo los hombres comenzaron a embarcar. La sorpresa se la llevaron una vez en cubierta, al encontrar a Alois Payarola y Alfonso López, únicos sobrevivientes del “Isla de los Estados”, junto al cadáver del capitán José Bottaro cubierto por una manta.

Por falta de espacio, los marinos del “Río Carcarañá” debieron alojarse donde mejor pudieron, la mayoría a la intemperie, soportando las inclemencias del tiempo y otros en el interior, algo más a resguardo. En esas condiciones llegaron a Bahía Fox, donde el mayor Oscar Minorini Lima, jefe de la guarnición, los alojó provisoriamente en una barraca próxima al muelle en el que se hallaba amarrado el averiado “Bahía Buen Suceso”.

A la mañana siguiente, después de varias alertas rojas, el transporte de la Armada sufrió un nuevo ataque. Dos Sea Harrier aparecieron por el noreste ametrallando la nave, el muelle y la zona donde se hallaban ubicadas las barracas en las que los náufragos habían pasado la noche. Los aparatos pasaron a vuelo rasante y se alejaron hacia el sudoeste, ganado altura.

Ese mismo día, cuando empezaba a obscurecer, se llevaron a cabo las exequias del capitán Bottaro cuyo cadáver fue enterrado con honores militares en el cementerio local, dentro de un improvisado cajón de madera construido por Rogelio Ojeda, carpintero del “Río Carcarañá” (la homilía estuvo a cargo del padre Marcos Gozzi, capellán de la Gendarmería).

Para fortuna de los marineros, Richard Cockwell, el administrador del establecimiento rural de Puerto Zorro, era un hombre solícito que les proveyó agua potable y les facilitó las cosas durante los veinte días que duró su estadía en el lugar.

Durante todo ese tiempo, los hombres del “Río Carcarañá” y el “Isla de los Estados” se mantuvieron activos, ofreciendo sus servicios para lo que las fuerzas allí acantonadas necesitasen. En vista de ello, el mayor Minorini Lima les encomendó cambiar de lugar los tambores de combustible almacenados cerca del muelle, aconsejando hacerlo en horas de la noche, para que los ingleses no pudieran detectarlos. Por otra parte, los oficiales de a bordo, con su radio-operador a la cabeza, trabajaron en el tendido de antenas, en la reparación de los equipos y hasta haciendo servicio de escuchas, todo ello con notable eficiencia.


Además de las misiones de ataque, entre las 13.00 y las 14.00 de aquel día, los Sea Harrier efectuaron numerosos vuelos de observación.

Los relojes daban las 15.00 cuando en alta mar, los cazas del Escuadrón 809 que venían a bordo del portacontenedores “Atlantic Conveyor”, comenzaron a pasar al “Hermes” para incorporarse a su dotación. Fueron ellos el XZ499 piloteado por el capitán de corbeta Hugh G. B. Slade, el ZA176 del teniente Hill Covington, el ZA177 del teniente de fragata Steve Brown, y el ZA194 del teniente de fragata John Leeming. El transporte, que funcionaba como virtual “tercer portaaviones”, traía además seis Harrier GR.3, varios helicópteros Wessex y Chinook y equipo para las fuerzas de tierra que se aprestaban a iniciar el desembarco.

Media hora antes, a las 14.30 hora argentina, dos aviones británicos se aproximaron a Puerto Argentino por el lado del Faro San Felipe siendo repelidos por las antiaéreas allí apostadas. En su retirada, el avión guía desprendió sus contenedores de bombas y su numeral, accidentalmente, le disparó un misil, debiendo el primero efectuar maniobras evasivas para esquivarlo. Horas después llegó un tercer aparato que también fue rechazado al resultar averiado por proyectiles de 35 mm.

A las 21.25 horas, los británicos reiniciaron el cañoneo naval, batiendo las posiciones en torno a la capital y el área de Puerto Darwin. Como respuesta, los argentinos orientaron sus poderosos SOFMA de 155 mm hacia el este y abrieron fuego, forzando a los buques a alejarse velozmente. Regresaron a las 22.40 para toparse con la misma respuesta y en vista de ello, volvieron a virar y pusieron distancia en la misma dirección.

Todavía hay quienes se preguntan por qué no se enviaron más de aquellas piezas a las islas y la respuesta sigue constituyendo uno de los grandes enigmas de la guerra.








Notas
1 Instituto de investigaciones Científicas y Técnicas de las Fuerzas Armadas.


Fuente: Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Autor: Alberto N. Manfredi (h)

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