• La batalla de las Georgias


    La mañana del 14 de abril, cuatro embarcaciones se desprendieron del grueso de la Task Force para dirigirse a las islas Georgias. Se trataba del destructor clase County HMS “Antrim”, las fragatas HMS “Brilliant” y HMS “Plymouth” y el petrolero “Tidespring”, que de acuerdo al plan elaborado por el comando naval, debían unirse al HMS “Endurance, para desalojar a la guarnición argentina acantonada en Grytviken y Puerto Leith.

Publicado el 29 Noviembre 2021  por


La mañana del 14 de abril, cuatro embarcaciones se desprendieron del grueso de la Task Force para dirigirse a las islas Georgias. Se trataba del destructor clase County HMS “Antrim”, las fragatas HMS “Brilliant” y HMS “Plymouth” y el petrolero “Tidespring”, que de acuerdo al plan elaborado por el comando naval, debían unirse al HMS “Endurance, para desalojar a la guarnición argentina acantonada en Grytviken y Puerto Leith.

El veterano patrullero aguardaba en cercanías de la isla San Pedro, cuidándose de no ubicarse a tiro del enemigo pues si bien nadie imaginaba que los argentinos fuesen a combatir, su proceder era impredecible y nada garantizaba una operación incruenta.

Ese mismo día, el submarino nuclear HMS “Conqueror” llegó al Atlántico Sur procedente de Faslane, base naval escocesa de donde había partido el 4 de abril para patrullar el perímetro de 200 millas náuticas que los británicos establecieron en torno a las Malvinas.

Seis días después despegaron de la base aérea norteamericana de Wydeawake, en la isla Ascensión, cuatro aviones Victor K-MK2 que, con intervalos de un minuto entre uno y otro, se elevaron sobre el océano para dirigirse al archipiélago en misión de exploración. Las aeronaves cubrieron el trayecto en aproximadamente seis horas y sobrevolaron el objetivo sin detectar nada.

El 20 de abril la guarnición argentina acantonada en la Isla San Pedro ignoraba la magnitud de las fuerzas que se le venían encima. La dotación de infantes de marina, al mando del capitán de corbeta Luis Lagos, no superaba los 60 hombres y era insuficiente para defender la posición ya que, después del 3 de abril, había quedado prácticamente abandonada. Las enormes distancias que la separaban del continente hacía sumamente difícil su abastecimiento y la falta de una cobertura aérea adecuada tornaba impracticable cualquier tipo de resistencia.

Para el alto mando argentino, reforzar las Georgias hubiese sido irracional, lo mismo resistir allí un desembarco dado que se trataba de un punto totalmente innecesario desde el punto de vista estratégico, que solo servía para distraer unidades de la fuerza de tareas británica y demorar las operaciones sobre el archipiélago malvinense.

Aquel 20 de abril fue un día realmente espantoso, con pésimas condiciones de tiempo, vientos huracanados y un mar embravecido que parecía empeorar a cada minuto.

A bordo del “Tidespring”, buque petrolero de 27.400 toneladas, 8531 de desplazamiento y 18 nudos de velocidad, la Compañía M del Comando 42 se aprestaba a entrar en acción. El buque llevaba un helicóptero que operaba desde una improvisada plataforma de aterrizaje, los mismo el destructor “Antrim” que el 21 por la mañana despachó su Wessex rumbo al Glaciar Fortuna con tres patrullas del Special Air Service (SAS) en su interior, integradas por cuatro hombres cada una. Su jefe, el capitán Gavin John Hamilton, de 29 años de edad, perecería en combate en la isla Gran Malvina, dos meses después.

Los helicópteros depositaron a los comandos sobre el glaciar, en una posición situada a 20 kilómetros de Grytviken, y se retiraron. Se trataba de un lugar inhóspito y desolado al que los experimentados científicos del BAM, que habían trabajado tiempo atrás en el archipiélago, recomendaban evitar.

Desoyendo esos consejos, los británicos echaron pie a tierra y a las órdenes de Hamilton intentaron avanzar hacia la capital de las islas cargando su equipo, armas y explosivos. No lo lograron porque vientos gélidos de más de 150 km de velocidad, les impidieron moverse. Por esa razón, en las primeras horas del día 22, solicitaron ser evacuados. Habían pasado una noche terrible en la que perdieron algunas de sus carpas y sufrieron principios de congelamiento. Las tiendas de campaña habían sido prácticamente arrancadas de la superficie y rodaron sobre la nieve con parte de sus pertrechos.

Pasadas las 08.00 hs., dos Wessex 5 y un Wessex 3 despegaron desde los barcos pero al cabo de una hora, regresaron sin haber dado con Hamilton y sus hombres. Volverían a intentarlo más tarde y en esa ocasión sí los encontraron, aunque en un estado realmente crítico, con principios de hipotermia y congelamiento de sus miembros.

Los comandos fueron subidos a bordo pero a poco de despegar, la escasa visibilidad hizo que el piloto de uno de los Wessex 5 perdiera el control y se estrellara contra el glaciar, volcando sobre su costado izquierdo. Fue un milagro que no se hubieran producido víctimas fatales.

Las otras dos aeronaves regresaron sobre sus pasos para recoger a los heridos y al intentar despegar, el otro Wessex 5 también se precipitó provocando lesiones leves a algunos de sus ocupantes.

Ian Stanley, piloto del Wessex 3, voló solo hasta el “Antrim” para depositar a los hombres e informar lo que había ocurrido. La noticia generó mucha angustia porque se temía que los 17 efectivos varados en el glaciar no pudiesen sobrevivir a una segunda noche y por esa razón se despachó nuevamente al aparato, antes que el crepúsculo impidiese la operación y condenase a esos efectivos a una muerte segura.

Stanley y su copiloto, Chris Parry, volvieron a elevarse y enfilaron directamente hacia el glaciar mientras en el buque, más de un miembro de la tripulación pensaba que el rescate iba a ser imposible. Sabían ambos que era imperioso evacuar a esa gente durante el vuelo porque de lo contrario, caería sobre ellos la obscuridad y la operación debería suspenderse.

El helicóptero sobrevoló las embravecidas aguas del océano y una vez más, se posó sobre el glaciar en el que comandos y pilotos aguardaban ansiosamente su llegada, algunos de ellos en deplorable estado físico.

Ni bien la nave se posó, los diecisiete efectivos se precipitaron en su interior, excediendo en varios kilogramos su capacidad. Aun cuando corrían grave riesgo el Wessex 3 levantó vuelo y se alejó en dirección al “Antrim”.

A causa del oleaje, Stanley debió hacer un brusco aterrizaje sobre la cubierta, agravando el estado de los hombres que traía a bordo.

El comandante Sheridan, jefe de la Compañía M de Comandos 42 atribuyó a la Divina Providencia la salvación de aquellos efectivos sin dejar de reconocer la pericia del piloto quien, al término de la guerra, recibiría la Orden de Servicio Distinguido por su actuación.

El 23 de abril grupos del SAS (Special Air Service) y el SBS (Special Boat Service) intentaron una nueva maniobra, en esta ocasión con sus botes inflables Gemini, pero por segunda vez el terrible clima hizo abortar la operación. Varios de ellos chocaron contra los témpanos de hielo que flotaban en las aguas y sufrieron pinchaduras que los dejaron a la deriva. Debieron ser rescatados también, esta vez por el helicóptero del “Endurance”, hacia donde fueron trasladados para su atención.

El sábado 24 de abril los SAS y el SBS volvieron a intentar el mismo cometido, enviando desde el HMS “Antrim” a otros cinco botes con tres tripulantes cada uno.

Impulsados por motores fuera de borda, su meta era la isla Grass, en la entrada de la Bahía Stromness, desde donde debían pasar a la isla San Pedro para posicionarse en un punto próximo a la estación ballenera que desarmaban los argentinos. Mientras tanto, otra sección del SBS era helitransportada hacia la punta norte del valle Sorling donde fue depositada cuando apenas comenzaba a aclarar.

En momentos en que los Gemini se acercaban a la bahía, tres de sus motores comenzaron a experimentar problemas. Al cabo de unos minutos dejaron de funcionar y a sus tripulantes no les quedó más remedio que atarse a los dos restantes, formando dos convoyes -uno de tres unidades y el otro de dos-, para seguir avanzando, pero unos metros más adelante, el motor del último también se descompuso dejándolos a la deriva, en medio de un mar cada vez más agitado.

Los otros tres Gemini alcanzaron la rompiente y una vez allí radiaron un mensaje al “Antrim”, informando sobre la grave situación. Sin perder tiempo, se despachó en su busca al teniente Stanley, que recorrió la inmensidad del mar durante siete horas hasta ubicar a uno de los gomones y recuperar a sus tripulantes. Lo hizo aproximándose peligrosamente a las olas, demostrando mucha pericia.

El bote restante se había soltado y navegaba a la deriva, fuera de la visión del helicóptero por lo que, al cabo de un tiempo, fue dado por perdido.

Pero la Providencia volvió a jugar a favor de aquellos hombres porque su balsa continuó flotando sobre el oleaje y arrastrada por las corrientes fue a dar contra la punta noroeste de la Bahía Stromness, donde lograron asirse de las rocas y echar pie a tierra. Unos metros más al sudeste y se hubiera perdido en la inmensidad del mar.

Con mucho esfuerzo los tres comandos saltaron a tierra y sin perder tiempo levantaron su campamento en espera de ayuda. Permanecerían cinco días sobre los hielos y como sabían de sobra que nadie los iría a socorrer, echaron a andar hacia Puerto Leith donde llegaron el día de la capitulación. Habían logrado sobrevivir gracias a su extraordinario entrenamiento, su equipo de supervivencia y una increíble dosis de suerte.

Haciendo un balance de lo acontecido, mucho tenían los británicos para preocuparse. Acababan de perder dos helicópteros, equipo, tres botes Gemini e incluso tres hombres (los que fueron a dar al extremo de la Bahía Stromness) cuando la operación de reconquista de las islas todavía no había comenzado. Y como para agravar la situación, aviones Hércules argentinos sobrevolaban la zona en misiones de observación. Sin embargo, lo que más inquietaba a sus mandos era la amenaza de los submarinos por lo que el capitán del “Antrim” ordenó virar hacia el norte y alejarse del área para poner su buque a resguardo.


La lucha comenzó en la madrugada del 25 de abril.

A las 05.30 hs, el helicóptero Wessex 3 procedente del HMS “Antrim” detectó al viejo submarino “Santa Fe” cuando abandonaba la bahía de Cumberland en busca de un lugar de inmersión.

Como se recordará, el sumergible había integrado la flota invasora que el 2 de abril tomó el archipiélago malvinense, llevando a bordo una sección de buzos tácticos que tenían como misión el marcado de la playa para el desembarco de la infantería de marina. Cinco días después, en la madrugada del 7, el “Santa Fe” regresó a Mar del Plata con sus baterías extenuadas, su radio con servicio disminuido, el teletipo (RATT) descompuesto, las bombas de achique funcionando a profundidad de periscopio y los motores evidenciando una sensible pérdida de aceite.

Sometido a reparaciones, a las 23.00 hs. del 16 de abril volvió a partir en una nueva misión: debía desembarcar una fracción de 11 efectivos del Batallón de Infantería de Marina 1 (BIM1), para reforzar a la guarnición apostada en las islas Georgias y lo que era más importante, atacar la línea de reabastecimiento británica entre Ascensión y la fuerza de tareas, dentro de las 200 millas de exclusión impuestas por los británicos en torno a las Malvinas.

Los planes contemplaban también mimetizarse en alguna de las innumerables caletas de la isla San Pedro y efectuar las reparaciones que fueran necesarias mientras se recargaban las baterías.

Cinco días antes, había zarpado de Mar del Plata el ARA “San Luis” para cumplir con las pruebas de rigor destinadas a ajustar sus mecanismos de funcionamiento, efectuando maniobras de inmersión frente a las costas de la ciudad balnearia. Como las mismas dieron buenos resultados, el 17 se le ordenó dirigirse al este del Golfo San Jorge, en la costa patagónica y mantenerse allí en espera de instrucciones.


El “Santa Fe” hizo gran parte del trayecto en inmersión, navegando lentamente debido a las pésimas condiciones climáticas. La noche del 24 de abril llegó a la bahía Cumberland y cuando los relojes de a bordo marcaban las 23.00, salió a la superficie y comenzó a bordear despaciosamente las escarpadas costas de la ría que formaba la bahía con la caleta Capitán Vago. El riesgo de los radares enemigos era alto, pero las peligrosas rocas cerca de las rompientes, lo eran mucho más y eso obligaba a la tripulación a mantener su concentración al máximo.

Las precauciones del comandante tenían un motivo: el visor nocturno que utilizaba el personal de vigilancia apostado en la vela era poco efectivo y por esa razón temía impactar contra una saliente.

Una vez dentro de la caleta, imposibilitados como estaban de emitir señales (la proximidad de la costa lo impedía), el capitán Horacio Bicain, se comunicó con el jefe de la sección de Infantería de Marina en Grytviken, capitán de corbeta Luis Lagos, y le solicitó el envío de la embarcación requisada a la BAS para transferir a la sección y el armamento que transportaban.

El contacto se estableció en clave (23.45 horas), utilizando un canal de radio internacional, generando el consabido nerviosismo en la tripulación porque desde hacía varios minutos el sonar captaba rumores hidrofónicos que indicaban la presencia de naves enemigas a 50 millas al norte del archipiélago1.

A poco de establecida la comunicación, la lancha del BAS se acercó lentamente y una vez junto al “Santa Fe”, comenzó a embarcar a los efectivos, las municiones y un cañón sin retroceso destinado a la guarnición (debió hacer tres viajes).


El capitán Bicain tenía previsto dejar la caleta a las 04:00 hs., pero la partida debió postergarse porque el desembarco de los infantes de marina llevó más de la cuenta. Recién cuando el último efectivo abandonó la nave, ordenó dar potencia a sus motores y poner proa al este, mimetizándose contra los acantilados para no ser detectado. El submarino viró lentamente y se dirigió a mar abierto siguiendo la misma ruta que había utilizado al llegar.

Salir de la caleta insumió cerca de 50 minutos, de ahí la preocupación del capitán que no quería ser sorprendido a plena luz navegando en aguas poco profundas. Lo que ignoraban todos a bordo era que el Wessex HAS.Mk. 3 del destructor “Antrim”, acababa de detectarlos.

El viejo sumergible diesel se deslizaba sobre la superficie cuando el aparato británico dio aviso a los buques. Minutos después, despegaron desde las cubiertas del “Plymouth” y el “Endurance” dos Wasp HAS.Mk 1 con la misión de atacar y hundir a la nave argentina.

El cabo principal Héctor Oscar Feldman y el suboficial segundo Enrique Julio Muraciole hacían guardia en la parte superior de la vela cuando a las 05.40 vieron emerger de las nubes al Wessex 3.

La aeronave se acercó por el lado de popa y desde una distancia de 200 metros, les arrojó dos bombas de profundidad que explotaron cerca del tanque de seguridad, provocando la interrupción del suministro de energía y el corte de comunicaciones. Mientras a bordo sonaban insistentemente las alarmas de colisión, Bicain ordenó dar mayor potencia a los motores y ocupar puestos de combate.

Como el submarino no podía sumergirse por la escasa profundidad de las aguas, inició maniobras en zigzag al tiempo que viraba de regreso a King Edward Point.

En ese preciso instante aparecieron otros tres aparatos para lanzar dos torpedos buscadores que debido a la poca profundidad, no fueron efectivos.

En la década del setenta los argentinos habían hecho modificaciones en el submarino, reemplazando su vela original por una de plástico reforzado de fabricación nacional, lo que tendría efectos providenciales a la hora del combate.

El cabo Feldman, un bravo misionero de ascendencia alemana que como se dijo, hacia guardia en la vela, corrió escaleras abajo para pedir a los gritos que le alcanzasen armas. Le extendieron dos fusiles ametralladora de la dotación, un FAL y un GARANT, con los que volvió a subir entregándole uno a Muraciole.

Asomados ambos por la parte superior de la vela comenzaron a disparar, intentando desesperadamente repeler el ataque. En ese mismo momento se les unieron el cabo principal Jorge Omar Horacio Ghiglione, el cabo primero cocinero José Vicente Mareco, el cabo camarero Alberto Esteban Macias, el cabo electricista José Salvador Silva y el cabo primero sonarista Norberto Arnaldo Bustamante, quienes también abrieron fuego con los fusiles automáticos de la nave.

La acción negó a los helicópteros la vertical del buque y eso les impidió lanzar más torpedos. Sólo pudieron disparar a distancia con sus armas livianas ya que el fuego reunido de los hombres de Feldman era intenso y no les permitía acercarse. Sin embargo, un nuevo Wasp apareció de la nada y de una distancia aproximada de 150 metros les lanzó un misil Aerospatiale AS-12 que impactó de lleno en la vela. El proyectil atravesó la estructura sin estallar gracias a su compuesto de plástico reforzado y cayó inofensivamente al mar por el lado de estribor.

El capitán Bicain pensó que los hombres allí apostados habían muerto, pero al preguntar cuales eran las novedades le informaron que sólo había resultado herido uno de ellos, el cabo camarero Macías, cuando disparaba desde el tren de amunicionamiento a la vela. El misil le había arrancado la pierna derecha y perdía mucha sangre.

El infortunado marinero fue evacuado por varios de sus compañeros mientras Feldman y sus hombres continuaban disparando. El suboficial enfermero Funes le aplicó una dosis de morfina para aligerar sus dolores e inmediatamente después procedió a efectuar las primeras curaciones practicándole un fuerte torniquete por encima del corte y colocándole un gran apósito sobre el muñón para evitar que las hemorragias acabasen con su vida.

Pero dejemos que el propio Feldman relate lo sucedido:

La zona todavía estaba oscura y con buen tiempo. Yo conformaba el grupo de vigías de guardia, [cuando] en un momento, oculto entre las sombras producidas por las montañas del lugar y por la popa del submarino, a muy baja altura observo un elemento que no condecía con el horizonte, agudizo la vista y grito en forma desaforada: ‘¡¡¡Helicóptero a popa, helicóptero a popa!!!’.

El oficial de Guardia accionó inmediatamente la alarma de colisión. El helicóptero que se encontraba muy próximo a la aleta de babor, pasó a estribor a una distancia aproximada de 180 metros realizando una rápida maniobra y soltó dos cilindros que relacioné de inmediato con torpedos, por lo que doy el grito de ‘¡¡¡Top torpedo!!!’. No hubo tiempo de volver a gritar; el lapso entre el avistaje y la explosión fue incalculable; fueron dos bombas que impactaron en el tanque de seguridad ubicado debajo de la estructura de la vela [la torreta] provocando una explosión que levantó la proa del submarino. En busca de protección descendimos (por el interior de la vela) hasta el puesto de comando que se encontraba con la escotilla cerrada, producto de la alarma de colisión. Al abrirse, el comandante, capitán de fragata Horacio Bicain, preguntó enérgicamente que había pasado. Al enterarlo de la presencia del helicóptero, yo desciendo por la escalera y en el entrepuente me cruzo con él y le grito: “¡Voy a traer fusiles Señor!”, a lo que él respondió: “¡Adelante Gringo” ; me acompañaba un compañero, el cabo Muracioli. Para ese instante el Comandante se había hecho cargo de la situación.

Al llegar al Cuarto de Control junto con el oficial de guardia (teniente Argañarás) gritamos, ‘¡¡¡Traigan fusiles!!!’ e inmediatamente aparecieron los GARANT y FAL [de la dotación de a bordo]. Estábamos en el compartimiento, con Muracioli, Mareco con su delantal de cocinero, Macías con su repasador de camarero, Silva electricista, Giglione de Armas Submarinas y Bustamante sonarista, metiéndose cada uno cargadores en la cintura y en la camisa mientras me decían: “Te acompañamos Chacho”. Había otros que formaban una cadena de aprovisionamiento de municiones y cuando subo al compartimiento de comando y me asomo por la escotilla escucho al comandante que gritaba: ‘¡¡¡Se vienen gringo, se vienen!!!’. Al asomarnos vimos a los helicópteros que se venían a toda velocidad.

Comenzamos a disparar. La misión de los ingleses era pasar sobre el submarino y arrojar bombas similares a las dos primeras, pero no se animaban, se encontraron con una cortina de balas y el coraje criollo. El comandante en el compartimiento de comando, evaluaba los daños y subía a la vela nuevamente. Uno de los helicópteros nos acosaba con ametralladoras, el otro se colocaba a una distancia prudencial donde no llegaban nuestros disparos. De pronto vimos un hilo de luz que se convirtió en pocos instantes en una bola de fuego que avanzaba hacia nosotros, ‘¡¡Zas!!! – grito alguien ¡¡Misiles!!’. Una explosión hizo temblar el tubo y mientras nosotros nos amontonamos en el Compartimiento de Comando, el comandante gritó: ‘¡¡¡Se vienen gringo!!!’ y todos nuevamente arriba comenzando el tiroteo. Los fusiles en el momento de bajar los dejábamos en el piso de la vela, pero al subir ya teníamos otro en nuestro poder, porque el grupo que nos aprovisionaba ya los tenia listos.

El tiroteo era intenso, los ingleses si bien se cubrían con ametralladoras no se acercaban demasiado. Nosotros en el fragor de la lucha y con el deseo de eliminar al enemigo, gritábamos con toda la fuerza de nuestra garganta ‘¡¡Diosito acercalos un poquito más a estos bastardos!!’. Pero Dios en ese momento no tenía el mando de los helicópteros. Por eso renuncie a El por un tiempo.

Nunca había visto un lanzamiento de misil, pero les puedo asegurar que con dos que exploten cerca, uno se vuelve un experto. Por eso cada vez que un helicóptero nos apuntaba con su proa nosotros gritábamos ‘¡¡¡Abajo todo el mundo!!!’, dejábamos los fusiles en el piso y saltando de posta en posta desde la parte superior, descendíamos hasta Control.

En ese trayecto se escuchaban las explosiones y el temblor y también los gritos del comandante alertando la aproximación de los atacantes. Mientras tanto el submarino navegaba a máxima velocidad hacia Grytviken.

Recuerdo que en una de esas estábamos meta tiro y tiro, los fusiles que se trababan, los tirábamos al agua cuando con el comandante vimos un helicóptero que se venía hacia nosotros cubriéndose con ametralladoras.

Los piques de los proyectiles marcaban una línea en el agua por lo que los dos nos tiramos al piso de la vela (aquel que conoce un submarino sabe que ese espacio es muy reducido) y mirábamos las flores que se formaban en la fibra de vidrio de la estructura al ser atravesada por los disparos.

Las balas pasaban muy cerca nuestro; cuando no escuchábamos el repique de la municiones, sabíamos que era el momento de reincorporarse y repeler el ataque nuevamente.

Ahora quiero hacer un alto en el combate y mencionar a un nombre que merece que su apellido se escriba siempre con mayúsculas, MACIAS.

Su trabajo era el de camarero. En esos tiempos era un joven muchacho, lleno de sueños, siempre listo para desempeñar sus tareas; joven total. En oportunidades subía a la vela por las noches a brindarnos una taza de café o agua caliente para el mate, y así poder paliar el frío lacerante de los inviernos en la torreta del submarino, durante las navegaciones en superficie.

Este hombre, cuya edad no recuerdo, no tenía la vaquia (experiencia) de un vigía o de un oficial para desalojar el puente. Nosotros practicábamos y nos tomábamos los tiempos de descenso, porque dependía de nuestra celeridad que el submarino comenzara su inmersión. Macías no tenía la práctica suficiente para bajar de un salto los diez peldaños de cada una de las escaleras. Pero aquella carencia suya no fue impedimento para demostrar su valor y amor por la patria.

En uno de los ataques con misiles doy la orden de desalojar la vela. Mis fusileros acatan […] y se lanzan hacia el Comando. Quedando Mareco por saltar, lo hace normalmente, seguido detrás por Alberto Macías poniendo el pie izquierdo y buscando un lugar libre para saltar. En ese instante un misil que no se activó atravesó el mamparo de fibra de vidrio de la vela justo por el centro de ese espacio y al pasar, se llevó la pierna de Macias y estalló en el exterior por la banda de estribor.

La onda expansiva me tiró contra el TBT y a Macías hacia abajo. En la confusión se produjo un incendio tipo fosforado por lo que, sin pensarlo, me tiré hacia el compartimiento de Control, donde me encuentro con mis fusileros y al mismo Macías tratando de subir de nuevo; no se había dado cuenta que le faltaba la pierna derecha.

El ‘Brujo’ Funes (suboficial enfermero), ya con su morfina, le hizo un torniquete y lo asistió, mientras nosotros seguíamos combatiendo. Así también transcurrió la defensa de nuestro querido “Santa Fe”, en la que cada tripulante entregó lo suyo, sin la necesidad de pedir nada.

Un ejemplo de esto fue cuando disparábamos nuestros fusiles. Cuando se sentía el golpe seco al gatillar, era porque el arma ya no tenía balas, entonces aparecía alguien que de inmediato colocaba uno nuevo y con solo accionar el cerrojo se podía continuar disparando sin parar. Defendiéndonos con los dientes apretados llegamos al muelle.

El capitán Bicain atracó el submarino en forma suave y con la rapidez de los que saben. De inmediato recibimos su orden por el 1 MC (comunicaciones internas) de “desembarcar por los lugares habituales” – Quiero remarcar que la orden fue “desembarcar” y no abandonar la unidad.


A los Wessex y los Wasp se les unieron los Lynx de la fragata “Brillant” que llegaron disparando sus misiles Sea Scua, sin alcanzar el objetivo.

A pesar de los daños, el “Santa Fe” pudo llegar el muelle de la estación científica británica en Punta Coronel Zelaya (King Edward Point), cubierto por las armas de los infantes de marina del capitán Lagos y el teniente Luna, que disparaban desde sus posiciones en Grytviken, a 400 metros de distancia. Incluso les lanzaron misiles antitanque Bantam que forzaron a los helicópteros a retirarse mar afuera.

El submarino atracó utilizando el periscopio (07.30 hs), permitiendo a la tripulación descender a tierra y emprender una veloz carrera en dirección a Grytviken, desde donde la gente de Lagos disparaba constantemente.

Con algunos de sus tanques perforados, la nave comenzó a hundirse muy despaciosamente, hasta apoyar su quilla sobre el lecho marino.

En vista de ello, el segundo de a bordo, capitán de corbeta Carlos Michelis, le sugirió a Bicain alejar el submarino de la costa y hundirlo pero existiendo la posibilidad de que aún pudiese navegar, su comandante se negó. Ordenó esperar hasta la noche para evaluar los daños y de ser posible, retirarse bajo la protección de la obscuridad.

El soldado Delfor Bravo del BIM1, disparaba desde la costa cuando vio a los tripulantes del “Santa Fe” correr por el muelle “…era impresionante ver eso… parecía una película... soldados argentinos corriendo, disparando a los helicópteros con el armamento que tenían…”. Justo en ese momento, cayó herido el teniente de corbeta Giusti, a cargo de 14 infantes de marina y una ametralladora. Al verlo tirado, sus compañeros le gritaron que se mantuviese a cubierto porque las balas de los cañones le pegaban cerca.

El soldado Víctor Gramajo vio la escena desde la trinchera en la que se encontraba apostado, detrás de las edificaciones y presa de la furia vació su cargador intentando impactar a uno de los helicópteros. Había sufrido mucho en aquel clima gélido, durmiendo a la intemperie, con nieve y vientos helados de hasta 200 km/h. Ignoraba que en esos momentos submarinos británicos se aproximaban a la caleta para brindar apoyo, uno de ellos el HMS “Conqueror”.


Carlos Marcelo Patané, encargado de los treinta y nueve operarios civiles que trabajaban en Puerto Leith, confirmará los hechos (en especial el tiempo que duraron las acciones) en un subjetivo “informe especial” elaborado por el programa Telenoche, que se emitió por Canal 13 en el año 2007: “Al otro día, a la mañana, escuchamos el combate en el otro puerto de Grytviken donde había 40 conscriptos de infantería de Marina con dos oficiales que habían quedado allí desde el día 3 de abril y el submarino “Santa Fe” que teóricamente, según decían, había ido a buscarnos a nosotros y a sacarnos, pero entró primero en la bahía de Grytviken a desembarcar cosas y demás, y ahí lo agarraron los helicópteros de la fuerza inglesa que estaban afuera. Le rompieron la vela, [y como] no podía sumergirse, volvió a puerto y desembarcaron. Combatieron una hora [ya que] se escuchaban los bombazos y demás cosas”.

El día anterior, Alfredo Astiz le había dicho a Patané que iba a haber problemas y que debían estar preparados. “Astiz me hizo preparar el refugio para los civiles. Ellos [los lagartos] minaron todo alrededor de la factoría. Ya no se podía salir […] si no era con un hombre de Astiz porque había cazabobos por todos lados. El día antes del ataque ellos [la gente de Astiz] habían visto el convoy desde una altura, que había venido a desalojarlos de la bahía. El me dijo que al día siguiente íbamos a tener problemas, que cuando él me dijera, llevara a todo el mundo al refugio”.

Un par de horas después, 150 efectivos del SAS y el SBS al mando del mayor Guy Sheridan efectuaron un helidesembarco en Hestesletten, punto en la costa oeste del fiordo Moraine, para iniciar desde allí la marcha sobre Grytviken. Contaban con el apoyo del puesto de observación del capitán Chris Brown, de la 148º Battery del 29º Commando Artillery Regiment de los Royal Marines, quien se hallaba apostado en las alturas próximas para reglar el fuego de artillería de los buques.

En ese momento (16.15), las piezas de 4,5 pulgadas del destructor “Antrim” comenzaron a batir las posiciones de Lagos con fuego de saturación mientras un helicóptero Wasp suspendido sobre la caleta hacía las veces de spotter. Diez minutos después, se le sumaron el HMS “Plymouth” y el “HMS “Brillant”.

El soldado Gramajo apenas podía asomar la cabeza fuera de su trinchera porque los grandes trozos de piedra y las esquirlas volaban por todas partes y eran realmente mortíferos.

Mientras tanto, los comandos británicos seguían avanzando hacia la población, apoyados por la desmesurada cobertura naval.

Tanto Lagos como Astiz, este último en Puerto Leith, tenían instrucciones del contralmirante Lombardo de resistir solamente a grupos pequeños que intentasen desembarcos aislados pero bajo ningún punto de vista acometer acciones que condujesen al exterminio inútil de sus dotaciones. Aún así, se mantuvieron firmes en sus posiciones.

Desde las 16.25 hs., los atacaban un destructor y dos fragatas, apoyados por un transporte logístico, un buque polar, numerosos helicópteros lanzamisiles dotados de poderosas ametralladoras y grupos comandos que convergían sobre ellos.

Dada la embestida británica, a las 17.15 el jefe de los infantes de marina argentinos le comunicó a Bicain que se hallaba desbordado, con sus posiciones sometidas a intenso fuego naval y rodeados por fuerzas terrestres, lo que hacía imposible seguir resistiendo. No quedaba otro camino que deponer las armas si lo que se quería era evitar una masacre innecesaria.

La guarnición había cumplido las directivas del alto mando, distrayendo hacia su posición a parte de las fuerzas enemigas para tomar las Georgias.

En vista de esa decisión, el comandante del submarino ordenó destruir las claves y los sistemas de comunicación al tiempo que la gente de Lago arrojaba al mar el armamento pesado y las municiones, para evitar su captura por parte del enemigo.

Después de colocar trapos blancos en las ventanas de los principales edificios y sin posibilidad alguna de rechazar el ataque, a las 17.30 hs. de aquel agitado 25 de abril, la sección del capitán Lagos y los tripulantes del submarino “Santa Fe”, realizaron formación general para el arriado del pabellón argentino y depusieron las armas.

Antes de tomar esa decisión, el jefe de los infantes de marina se comunicó con Astiz para informarle que de acuerdo a las directivas del comando naval, iba a capitular. Astiz, que junto a sus hombres tenía a su cargo la custodia de los treinta y nueve operarios de Davidoff -entre ellos un médico-, escuchó la novedad y anunció que no se iba a rendir.

Al otro día, mientras en la Argentina se inventaba toda una fábula en torno a los lagartos y su resistencia “hollywoodense”, Astiz dispuso que los civiles se dirigiesen hacia el asentamiento de Stromness, lejos del peligro de un ataque y ordenó a sus comandos tomar posiciones de combate. “Astiz nos mandó a todos al refugio y ahí estaban [por los infantes de Marina a su cargo] como en trance, todos pintados, ya no hablaban, monotemáticos. Me dio un handy y me dijo: ‘Vos y tu gente al refugio’”, afirmará años después Patané, para el programa de Telenoche.

Al amanecer del día siguiente, los ingleses intimaron a los lagartos apostados en Puerto Leith. Astiz decidió resistir y fue entonces que envió aquel mensaje “rompo la radio y reviento los pacos” con el que la prensa amarilla, encabezada por la revista “Gente”, generó la mencionada fábula. Decía el mismo: “La fragata está cerca. Está obscureciendo aquí. Está un poco lejos. Aparentemente son muchos. Creo que desembarcaron detrás de la loma y vienen caminando. Terreno preparado.

Desde el continente le requirieron su identificación: "Dame tu apellido. Dame tu apellido QSL. ¿Me escuchaste 'Rubio'?". La respuesta no se hizo esperar: "Acá Astiz, Astiz" y luego agrega: "Nos atacan. Rompo todo. Los civiles se van atrás".

Por causa de la interferencia, el radiooperador le pidió al comando que repitiese aquello de los civiles. "Repetime los civiles. Repetime 'Julio' (nombre en clave del jefe lagarto)", a lo que aquel respondió: "Nos atacan. Los civiles van a Stromness. Yo rompo todo". Le preguntan al otro lado de la línea: "Ok. ¿Te vas vos también?", a lo que contesta Astiz: "No, negativo. Yo me quedo por aquí".

Para entonces, las interferencias de Chile eran una constante tratando de entorpecer las comunicaciones argentinas. Lo mismo ocurrió el día anterior, durante el avance británico sobre Grytviken.


Operadores desde territorio continental: ¿Vos estás escuchando algo en 14-150? Hay como una gaita, esas cosas.

Sección del teniente Lagos (o Bicain): Si, afirmativo.

Operador en territorio continental: ¿Las escuchás muy fuerte? ¿Ellos interfieren mucho ahí en la zona, o no?

Sección del teniente Lagos (o Bicain): Si, viene todo del lado de los estrechos de Talcahuano.

Carlos Patané recuerda voces aflautadas a través de los equipos de radio (el característico acento chileno), obstruyendo el contacto incluso con chanzas y burlas.

El diálogo entre Astiz y el continente continuó de la siguiente manera:

Radiooperador: ¿Está tirando la fragata...? ¿El "Exeter" está titando?

Astiz: La fragata ya apuntó para acá.

Radiooperador: Procedé a tu criterio, 'Rubio'. Procedé a tu criterio.

Nótese que no es Astiz sino su interlocutor quien nombra al destructor británico dando lugar a la confusión de la que se valió la prensa amarilla para anunciar a los cuatro vientos que el buque  había sido dañado.

Astiz: Bueno, ok. ¡Rompo la radio, eh!

Radiooperador: Bueno, ¿cuándo la rompés?

Astiz: Ya mismo

Radiooperador: Bueno..., ¡las paco che, hacé bolsa las paco también, ¿entendido?!

El contacto en tierra firme se refería al libro de claves.

Astiz: Ok.

Radiooperador: Un abrazo "Julito". Un beso grande para todos.

Astiz: Ok. Viva la Patria.

Como se ha dicho, los efectivos argentinos en Puerto Leith eran apenas catorce y aún así, no acataron la orden de rendición. Por el contrario, Astiz le ordenó a sus hombres batir el sector donde se presumía había desembarcado el enemigo, intentando atraerlo hacia un campo minado en los lindes del perímetro defensivo. Fue el primero en disparar, seguido inmediatamente por sus hombres pero los royal marines no respondieron. En lugar de ello, los británicos intimaron a rendición y al no obtener respuesta, iniciaron el cañoneo naval. Durante la acción, el suboficial enfermero (buzo táctico) R. Ramos y el cabo principal Zamudio creyeron notar movimientos en un punto situado a la izquierda y sobre el mismo concentraron el fuego de sus fusiles pero nadie les contestó.

Veinticinco años después, Carlos Patané recordaría esos momentos como si los estuviera viviendo. “Yo escuché los bombazos porque entraron dos corbetas a la bahía y tiraban contra la factoría. Y [fue entonces] que por el handy [escuché que] en perfecto español le decían ‘¡Astiz, ríndase. No queremos bajas!’”. Por su parte, su hermano Antonio agrega en el mismo reportaje: “Comentó un comando que estaba ahí, con el cual tengo determinada amistad, [que] era tal, pero tal, pero tal la lluvia de balas desde todos lados que lo único que [se] podía hacer era estar tirados en el piso viendo como pasaban porque no se podía hacer nada. Era una lluvia de balas”.

Ante la negativa de Astiz de deponer las armas, una segunda andanada del “Plymouth” y el “Antrim” (al que en Buenos Aires se confundió con el “Exeter”), no le dejó otra alternativa que aceptar el alto el fuego. El combate de las Georgias había finalizado.

Según explica Carlos Patané, el oficial argentino les dijo a los ingleses que tenía treinta y nueve civiles a su cargo y que de acuerdo a lo que establecía la Convención de Ginebra, debían ser evacuados. Se acordó, entonces, una tregua de tres horas para facilitar la salida de los trabajadores en tanto los royal marines iniciaban lo aprestos para ocupar el poblado. “Ahí vino Astiz al refugio y dijo: ‘Así como están, salgan. No se lleven nada. Se van caminando, bandera blanca adelante y atrás’. Tomamos por el caminito de los renos; había que subir un cerro, pasar una laguna, bajar del otro lado de la Bahía Stromness y entregarse a las fuerzas británicas”.

El día anterior, 25 de abril de 1982, la Fuerza Aérea Argentina planificó su primera misión de combate, honor que le cupo a los Canberra MK-62 de la escuadrilla del Grupo 2 de Bombardeo desplegados en el aeropuerto de Trelew.

El objetivo eran los cinco buques británicos que en esos momentos atacaban la isla San Pedro, en las Georgias del Sur, debiendo recorrer para ello una distancia de 4000 kilómetros entre ida y vuelta.

Confirmada la presencia de las unidades enemigas por un Boeing 707 que acababa de sobrevolar la zona, los Canberra recibieron la orden de partir hacia la base aérea de Río Grande, en Tierra del Fuego y tomar las precauciones necesarias para lanzar el ataque desde esa posición.

La escuadrilla, integrada por tres bombarderos, un Boeing 707 y un Hércules C-130 de exploración lejana -su misión era detectar los blancos-, despegó pasado el medio día sabiendo que tenía que lograr la sorpresa total del enemigo para asegurar los impactos y evitar ser derribados. Debían localizar al “Tidespring”, al “Endurance”, a la fragata “Plymouth” (todavía se desconocía la presencia del “Brillant”) y el destructor “Antrim”, dotados ambos de defensas antiaéreas.

Los pilotos eran conscientes de la lentitud de los aparatos y que por esa razón, constituían blancos sumamente fáciles pero tenían plena confianza en su preparación. Además, esperaban que los barcos estuviesen fuera de la Bahía Cumberland, lejos de las elevadas pendientes del sector oeste que les podían servir de resguardo. Esto último era imperioso porque el ataque se debía llevar a cabo por ese lado pues los bombarderos necesitaban espacio para descender y las elevaciones se lo iban a impedir.

Los Canberra despegaron de Río Grande directamente hacia el este y así volaron durante tres horas y media hasta que hallándose muy próximos a las islas, el Hércules informó que las condiciones climáticas eran malas y que los barcos se hallaban en la bahía.

La misión fue suspendida y los aviones regresaron al continente sin poder concretar el ataque.

La guerra había estallado en el Atlántico Sur y ante el reinicio de las hostilidades, el mundo aguardaba expectante una salida diplomática que detuviera la escalada de violencia.


El canciller Costa Méndez se enteró que los ingleses habían recuperado las Georgias a bordo del avión que lo llevaba a Washington junto a su comitiva. Por esa razón llamó inmediatamente a la embajada argentina para solicitar al Departamento de Estado el aplazamiento de la reunión con Haig que tendría lugar a las 16.00 hs. Necesitaba evaluar la situación y elaborar una nueva estrategia.

Al día siguiente, el teniente Alfredo Astiz firmó a bordo del HMS “Plymouth”, la rendición de las fuerzas a su cargo, es decir, los catorce infantes de marina apostados en Puerto Leith ya que la capitulación de las fuerzas desplegadas en el archipiélago la había hecho el capitán Lagos en Grytviken. La fotografía en la que se observa a un barbudo Astiz firmando frente los capitanes David Pentreath (comandante del destructor), Nicholas Barker del HMS “Endurance” y otros oficiales presentes, dio la vuelta al mundo y generó la falsa versión de que había rendido a las Georgias sin pelear.

Los británicos, que de ese modo veían alejarse el peligro de un ataque submarino, debieron hacerse cargo de los 189 prisioneros argentinos capturados en Grytviken, Puerto Leith y la Bahía Stromness, entre ellos los 39 operarios civiles y el herido cabo Macías, a quien los médicos ingleses terminaron de tratar sus lesiones.

No sería la única baja pues al día siguiente se produjo lo que los británicos dieron en llamar “una muerte innecesaria”.

Una vez rendida la plaza, el capitán Brian Young, comandante de la Fuerza de Tareas británica, indicó a su par argentino, el capitán Bicain, que el “Santa Fe” debía ser retirado de Punta Capitán Zelaya y conducido a Grytviken, al fondo de la caleta. Para ello trajo al comandante de la fragata "Brilliant", capitán John Coward, veterano submarinista, aduciendo ambos que la Convención de Ginebra contemplaba la maniobra. La comprometida situación del submarino podía generar gases explosivos (emanaciones de hidrógeno provenientes del ácido de la batería) y en caso de estallido detonar los 20 torpedos Mk 14 y los tres Mk 37 de la dotación.

Después de consultar con su segundo y sin dejar de pensar en la posibilidad de un acto de sabotaje para hundir el submarino durante el traslado (unos 2.000 metros de distancia), el capitán Bicain desechó esos pensamientos y designó a los suboficiales Félix Oscar Artuso, Delmiro Ibalo, Manuel S. Ontiveros, Raúl Alberto Ruiz, Leonel Reinaldo Recalde y Juan Carlos Salto, para operar el sumergible durante el traslado. Bicain fue claro cuando le ordenó al primero no efectuar ninguna acción sospechosa porque iban a estar fuertemente custodiados por efectivos armados.

La maniobra consistía en un lento desplazamiento hacia el interior de la bahía, utilizando los motores eléctricos de propulsión.

Los marinos argentinos ocuparon sus posiciones y sin perder tiempo pusieron los motores en marcha, alejando al submarino del muelle. La nave se dirigió hacia el centro de la caleta y a medida que avanzaba comenzó a escorarse, obligando a su capitán a poner en funcionamiento el rotocompresor para enviar aire a los tanques inundados y de esa manera, aumentar la flotabilidad.

La puesta en marcha del motocompresor llamó la atención de uno de los guardias ingleses que, al asomarse por la escotilla de la batería de popa vio a Artuso operando los controles. Creyendo que estaba saboteando la nave, apuntó con su arma y le disparó, mientras gritaba que el submarino se hundía.

Artuso cayó de espaldas, golpeando previamente contra los paneles de mando. Al ver la escena, el suboficial Ibalo corrió a informar a Bicain que su compañero había sido baleado y que se hallaba gravemente herido, generando con ello el correspondiente sobresalto.

¿Qué había ocurrido para que el custodio británico adoptase esa actitud? Al notar que la nave se escoraba, Artuso hizo un brusco movimiento hacia la banda de babor para alcanzar las palancas que compensaban el desbalanceo y eso asustó al infante de marina que tenía órdenes de evitar su acceso a las mismas.

Sin saber si Artuso estaba herido o muerto, Bicaín le indicó a Coward que se hacía cargo de la maniobra, cosa que aquel aceptó. De esa forma alcanzaron el muelle de Grytviken, donde atracaron con la mayor premura, deseosos de saber que había sido de su compañero. Fue entonces que Coward le informó a su par del “Santa Fe” que Artuso había muerto.

Fuera de sí, Bicain insultó con todo tipo de improperios al comandante británico pronunciando palabras en inglés y en español, sin que aquel atinase a responder nada.

Pasado el momento de tensión, se abrieron varias válvulas de inundación y al cabo de unas horas, el “Santa Fe” tocó fondo, dejando la vela fuera del agua.

La Argentina recibió la noticia de la muerte de Artuso por intermedio de la embajada suiza en Buenos Aires. Hubo muchas versiones al respecto, casi todas confusas y contradictorias. La más fantasiosa llegó a afirmar que molesto por el resultado adverso de la batalla, el suboficial había penetrado en un submarino británico y había intentado hundirlo. Según otra, había querido inutilizar su propia embarcación para evitar que cayera en manos del enemigo. Sin embargo, la explicación real fue la que brindaron los propios ingleses.

Félix Oscar Artuso fue enterrado el 27 de abril, en el cementerio de Grytviken, con todos los honores militares del funeral británico y allí descansan sus restos hasta el día de hoy.


El 26 de abril tuvo lugar en Comodoro Rivadavia una manifestación popular en apoyo de la recuperación de las islas Malvinas en la que más de 10.000 personas recorrieron las calles céntricas portando banderas y entonando cánticos. Casi al mismo tiempo, en Londres, los laboristas desataban una andanada de críticas contra sus oponentes y hasta organizaron manifestaciones en las cuales se exhibieron carteles con leyendas como: “Siento vergüenza de ser británico”, “Las Falklands para los pingüinos” y otras en español que decían “Las Malvinas son argentinas”. De todas maneras, aquel no era para nada el sentir de la opinión pública del Reino Unido sino el de un porcentaje ínfimo de su población. Aunque no del tenor que habían tenido en Buenos Aires, en Gran Bretaña también hubo manifestaciones de respaldo a la campaña. Las calles de las principales ciudades del país vieron el paso de jóvenes de ambos sexos luciendo remeras y camisetas que decías “Las Falklands son británicas y hermosas” (realmente no las conocían) y “No llores por mí Argentina”, tema principal del exitoso musical Evita de los compositores británicos Andrew Lloyd Weber y Tim Rice.

Mientras el almirante Woodward aseguraba que lo de las Georgias había sido una suerte de “aperitivo” y que ahora llegaba el “plato fuerte”, Michael Foot, líder laborista, sostenía ante la BBC que “Si Gran Bretaña inicia una guerra, el mundo entero clamará por un alto el fuego y nuestro país quedará aislado y sufrirá una humillación aún mayor”. Por su parte, Anthony Benn, líder del ala izquierda del partido, aseguró que lo que estaba en juego para el gobierno no era la cuestión de las islas (ni la del país) sino la reputación de la señora Thatcher y que la de los conservadores era una postura insostenible porque había imposibilitado y hasta paralizado al gobierno por carecer de una clara visión del problema.

Sin embargo, nada parecía hacer mella en el ánimo de la primera ministra. En esos días, otras ocho naves zarparon del sur de Inglaterra transportando a bordo un total de 900 comandos. Se trataba de las fragatas “Aurora”, “Leander” “Ariadne” y “Avenger”, el buque de asalto “Intrepid”, el dragaminas “Shavington”, el transporte “Norland” y el submarino “Olympus”, en tanto en puerto hacía aprestos la fragata “Dido”.

Los prisioneros argentinos capturados en las Georgias fueron embarcados en el “Endurance” y conducidos a la isla Ascensión donde permanecieron varios días en cautiverio. De allí, se los despachó a bordo de una aeronave a Montevideo y desde aquella ciudad a nuestro país, en el buque escuela “Piloto Alsina” que al mando del capitán Edgardo O. Sulin, atracó en el puerto de Buenos Aires el 14 de mayo.

El único prisionero retenido por los británicos fue el teniente Astiz ya que pesaban sobre él varios pedidos de captura internacionales.

Londres dispuso su traslado a Gran Bretaña para interrogarlo sobre su participación en la guerra antisubversiva, sabiendo que los gobiernos de Francia y Suecia lo reclamaban por la desaparición de supuestos ciudadanos de ambas nacionalidades2.

Astiz estuvo detenido en la capital británica unos pocos días donde, al amparo de la Convención de Ginebra se negó a responder, limitándose a decir su nombre, su grado y número de matrícula. Finalmente, sin haber logrado extraerle una palabra más, el 10 de junio, a cuarenta y cinco días de su captura, el Reino Unido lo envió de regreso a la Argentina a bordo de un avión de pasajeros.

La victoria en las Georgias hizo cundir el júbilo tanto en las Islas Británicas como en la Task Force y las expresiones triunfalistas eclipsaron a las de aquellos que se oponían a la guerra y al gobierno conservador.

En lo que a las tropas argentinas se refiere, la tripulación del “Santa Fe” había salvado el honor enfrentando a fuerzas inmensamente superiores en número y poder militar. La actuación del capitán Luis Lagos y sus infantes de marina fue algo más que discreta aunque decidida, al mantener a distancia a los helicópteros atacantes con el fuego de armas livianas y el lanzamiento de misiles antitanque en tanto brindaban cobertura a la tripulación tras su llegada a Punta Capitán Zelaya.

Sobre quien caería todo el oprobio de la derrota sería sobre el teniente Astiz aún cuando en un primer momento se negó a deponer las armas y cumplió al pie de la letra con lo que se le había ordenado.

El capitán de fragata (R) Eduardo José Costa manifiesta en su libro Guerra bajo la Cruz del Sur. La otra cara de la moneda, que de haber resistido algunas horas provocando alguna baja al enemigo, le habría bastado (a Astiz) para convirtiese en el prototipo del marino valeroso. Según el autor, su decepcionante desempeño, sorprendió a los británicos y a los mismos mandos navales de nuestro país.

Lo más probable es que los británicos no se hayan sorprendido por el desempeño del cuestionado marino dado el reducido número de efectivos que tenía a su cargo y lo aislados que estuvieron durante las acciones.

Para despejar un poco las dudas y conocer a fondo los hechos, he aquí el testimonio de un hombre que estuvo bajo su mando, publicado por un conocido periódico de Río Negro3:

“Ayer, [el soldado] Escobar conversó con este diario sobre aquella relación.

- ¿Cómo era Astiz como jefe del grupo?

- Buen jefe...muy buen jefe...

- ¿Qué es ser un buen jefe en situaciones como aquéllas?

- No nos mintió jamás sobre la situación en la que estábamos metidos, como les sucedió a otras unidades que estaban en Malvinas. Sincero, claro...nos condujo bien al combate. Hay que recordar que, en los hechos, nosotros fuimos los primeros en enfrentar a los británicos. Callado, siempre junto a la tropa. Tranquilo, muy tranquilo en la toma de decisiones. Preocupado por la suerte que podíamos correr los conscriptos...Qué quiere que le diga...Un buen jefe... Nada distante de nosotros.

- ¿Usted combatió en la misma posición que Astiz?

- No, cuando aparecieron los ingleses por mar y aire, yo estaba en Grytviken y Astiz en Puerto Leith. Se hizo lo que se pudo. En medio del enfrentamiento llegó Astiz y luego de un rato se llegó a la conclusión de que resistir no tenía sentido… la superioridad de medios por parte de Gran Bretaña era inmensa.

Nosotros pensábamos que se nos venía toda la flota encima...y bueno, Astiz no consultó al Estado Mayor de la Armada ni a otro mando sobre la conveniencia o no de rendirse. El tomó la decisión...con autonomía... ¡En eso también fue un buen comandante!...¡Y no nos abandonó en ningún momento!... Incluso cuando nos tomaron prisioneros y nos metieron en la bodega del buque que nos transportó a la isla de Ascensión, siempre estuvo con nosotros...Un buen jefe... Fueron días duros... el hundimiento del submarino "Santa Fe", ahí, adelante nuestro...el asesinato del suboficial Artuso por parte de un británico...en fin.

- ¿Usted sabía qué rol había cumplido Astiz en la represión?

- ¡No, no!...

- ¿No les habló nunca de aquel proceso?

- Tampoco. ¡Nosotros…, nosotros éramos pibes..., 18 años!... Después nos enteramos... No sé, no sé...

- ¿Qué imagen tiene ahora cuando se enteró del papel de Astiz en la represión?

- Yo... qué quiere que le diga, yo lo recuerdo como un buen jefe... él también era un pibe joven. Rubiecito... Lo volví a ver en una oportunidad. Fue un buen compañero en la pelea y eso es lo que tengo de Alfredo Astiz.

Una cosa es pelear, pero cuando la superioridad de medios y tropas es abrumadora y sin posibilidades de recibir apoyo de ninguna clase y con solo 20 hombres (en realidad eran 14), eso es pedirle a uno que se inmole (que podrá hacerlo) pero no puede pedirle que envíe al sacrificio a los 20 gatos locos que estaban con él.

El grave error fue de los almirantes que decidieron enviar a 20 tipos al muere a sostener un objetivo como distracción con solo 20 hombres y sin posibilidades de ser apoyados, eso fue una locura pésimamente planificada”.


Por lo acontecido en las Georgias, el mundo especulaba con una fácil victoria británica y creía que todo se iba a dar con la misma facilidad. Acabarían por llevarse una sorpresa.









Notas
1 Los rumores confirmaban información proporcionada por la Fuerza Aérea en horas de la tarde.
2 Se referían a las religiosas francesas Léonie Duquet y Alice Domon y a la argentina Dagmar Ingrid Hagelin, nacida en Buenos Aires el 29 de noviembre de 1959, hija del padre chileno y madre argentina, el primero nacionalizado sueco recién en 1989 .
3 http://www.rionegro.com.ar/arch200107/p03j23b.html.


Fuente: Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Autor: Alberto N. Manfredi (h)

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