• Las últimas acciones de la Fuerza Aérea Argentina


    Bombardeos nocturnos al monte Kent. Tras la caída del monte Kent, las posiciones capturadas por los británicos durante su avance hacia la capital

Publicado el 30 Agosto 2021  por


Tras la caída del monte Kent, las posiciones capturadas por los británicos durante su avance hacia la capital sufrieron los ataques nocturnos del Grupo 2 de Bombardeo (G2B) integrado por los EE/BAC Canberra B.MK-62.

El 12 de junio, cuando se combatía en las altas cumbres, cuatro aparatos del escuadrón despegaron de Río Gallegos para atacar posiciones enemigas en Bahía Agradable. Se trataba de la escuadrilla “Tauro”, cuyos aviones llevaba cuatro bombas MK-17 de 1000 libras, retardadas por paracaídas.

Los tripulaban el mayor Ramón Vivas y el primer teniente Jorge Rocco (unidad N° 1) y los capitanes Roberto Pastrán y Fernando Casado unidad N° 2), quienes despegaron a las 21.30, iniciando un vuelo a baja altura, con vientos fuertes soplando del sudeste.

Los bombarderos se elevaron lentamente para perderse en la obscuridad y en el más completo silencio de radio se internaron en la tétrica penumbra del Mar Argentino, volando a 870 km/h.

A 35 millas náuticas de la isla San José, los pilotos efectuaron un exhaustivo control de sus tableros comprobando que todo estaba en orden. Sin embargo, al eyectar los tanques externos, solo se desprendió uno de cada avión y por esa razón, al quedar ambos asimétricos, abortaron la misión y emprendieron el regreso. Aterrizaron en la base a las 02.30, sin cumplir su cometido.

A las 00.20, despegó la escuadrilla “Acuario”, integrada por el capitán Juan Freijó y el primer teniente Armando Dubroca en el avión Nº 1 y el capitán Alfredo Bredeston y el teniente Carlos Mondino en el Nº 2, quienes debían seguir un camino similar al de los “Trueno”, hasta alcanzar el monte Kent.

A solo 10 millas náuticas del continente, el aparato del capitán Freijó comenzó a experimentar fallas en los instrumentos de navegación y por esa razón, viró y regresó a Trelew, donde aterrizó veinte minutos después.

El capitán Bredeston siguió solo y cuando los relojes señalaban  las 01.20 horas, entró en corrida de bombardeo y lanzó sus bombas.

Como el Servicio de Armamentos de Río Gallegos no había tenido tiempo de configurar los aviones, los “Acuario” solo llevaban dos cargas en sus entrañas, armamento insuficiente para cumplir el cometido. Según el informe elaborado por Bredeston, a 700/800 metros del objetivo encontró material stratus y las bombas cayeron a 5 millas náuticas al oeste del blanco, resultándole imposible precisar los resultados. Siguiendo su trayectoria de escape, dejó las islas a 1500 pies, puso 210º durante 60 millas náuticas y a partir de ese punto 280º, enfilando directamente a Río Gallegos.


Eran las 23.30 hs del 13 de junio cuando el capitán Eduardo García Puebla dio máxima potencia a sus turbinas y comenzó a carretear por la pista de Comodoro Rivadavia. Su navegante, el primer teniente Jorge Segat, observaba su panel de control, atento al más mínimo detalle1.

Detrás suyo hizo lo propio el avión Nº 2, al comando del capitán Juan Martínez Villada, quien llevaba como navegante al primer teniente José Pagano.

La niebla, la baja nubosidad y la obscuridad de la noche hicieron la reunión en el aire extremadamente dificultosa, aunque finalmente se pudo concretar gracia a la habilidad de los pilotos, quienes iniciaron el ascenso con rumbo paralelo, desplazándose a 200 metros uno de otro.

En vuelo nivelado alcanzaron los 870 km/h y a esa velocidad llegaron a las islas a muy baja altura.

Varios kilómetros más adelante, el piloto del avión líder comenzó a notar dificultades en el engranaje de su bomba de combustible y enseguida comprendió que no le quedaba otra opción; debía emprender el regreso y dejar solo a su compañero.

García Puebla y Segat continuaron en las mismas condiciones y así arribaron al punto de descenso, donde iniciaron maniobras de aproximación. La cercanía de las posiciones propias angustiaba al piloto pues un leve error de cálculo podía resultar fatal.

Desplazándose a muy baja altura, el avión entró en un sector de chubascos que disminuyó a cero la visibilidad. En el punto de viraje dobló hacia su derecha y mientras lo hacía, el navegante se dio cuenta que habían consumido más combustible del calculado. Aún así, siguieron con rumbo 130º y algo más adelante, cuando la nubosidad desapareció, pudieron distinguir las siluetas de dos buques.

García Puebla descendió todavía más, se pegó al agua y siguió avanzando, orientándose exclusivamente por los reflejos de la luna sobre el mar. Mientras rezaba en voz baja el Padre Nuestro, rogaba no ser detectado por los radares del enemigo.

Tratando de identificar los puntos de referencia, el piloto apagó las luces del tablero y continuó su trayectoria, confiando en los informes de rumbo que le pasaba Segat. Pese al intenso frío que imperaba en el interior del Canberra, los dos transpiraban abundantemente a causa de la tensión y los nervios.

Siempre en silencio de radio pasaron a escasas 8 millas de las embarcaciones y sin que ninguna detectase su presencia, prosiguieron en dirección sudeste, buscando la isla Soledad.

A solo 5 millas del blanco los asaltó repentinamente una duda: estaban volando sobre aguas abiertas cuando desde hacía algunos minutos debían hacerlo sobre tierra. ¿Que estaba ocurriendo? La angustia fue tremenda pues por un momento creyeron haber equivocado el rumbo. Pero para su tranquilidad, unos kilómetros más adelante, detectaron el resplandor de lo que parecía ser una fogata en medio de la obscuridad y eso los tranquilizó. Era el objetivo, el monte Kent, en una de cuyas laderas alguien había encendido fuego. Más allá, por encima de las cumbres, destacaban las luces de Puerto Argentino y eso les sirvió a ambos para orientarse mejor.

-Ahí están –dijo Segat- los tenemos.

Los contornos del monte comenzaban a recortarse en la penumbra cuando García Puebla llamó al radar Malvinas. Como no tuvo respuesta no volvió a insistir porque temía ser vectoreado por el enemigo y terminar derribado. En esa situación, manteniendo la misma trayectoria, el piloto elevó la línea de vuelo y entró en corrida para un bombardeo horizontal a bajo nivel y superar las sierras que se extendían más allá del cerro.

García Puebla encendió el tablero, hizo el correspondiente control y abrió las compuertas listo para lanzar.

En ese momento llegó a través de la radio la voz del operador del radar Malvinas advirtiendo la presencia de una PAC.

-¡Atención! Para el avión que penetra desde el norte informo que se aproximan dos bandidos por el radial 090, con rumbo convergente al suyo. Repito: ¡dos bandidos por el radial 090, con rumbo convergente al suyo!

-Recibido –respondió el piloto y después de consultar el reloj (eran las 00.20 hora argentina), oprimió el obturador y dejó caer las bombas iniciando inmediatamente la maniobra de evasión.

Debajo de ellos, poderosas explosiones estremecieron la región iluminando el monte y el cielo con sus resplandores.

Las llamaradas fueron observadas por fuerzas de ambos bandos desde las elevaciones cercanas, entremezclando sus explosiones con el rugir de las turbinas del avión y el viento helado que soplaba del oeste.

Las tropas británicas que vivaqueaban en las laderas del monte, debieron correr en busca de protección padeciendo numerosas bajas.

Mientras el bombardero se alejaba, el radar Malvinas volvió a advertir sobre la presencia enemiga.

-¡Bandidos se aproximan al monte Kent; uno de ellos hace un viraje hacia el sur!

García Puebla apagó la radio, redujo la velocidad de 450 nudos a 380 y tras unos segundos de angustia, comprobó que ningún caza inglés los perseguía.

Regresaron a Comodoro Rivadavia sin problemas, aterrizando a las 02.00, poco antes del fin del conflicto2.


La última misión de ataque de la Fuerza Aérea Argentina despegó de Río Gallegos entre las 21.35 y las 21.50 del 13 de junio, integrada por dos bombarderos Canberra e igual número de Mirage III E.

Debían brindar apoyo a las fuerzas que combatían en las alturas próximas a Puerto Argentino y alcanzar al alto mando enemigo que se sabía, había levantado su campamento en Port Harriet House, a 51º 39’S/58º 08’O.

Los primeros en despegar fueron los MK-62 de la escuadrilla “Baco”  cuyas tripulaciones estaban integradas por los capitanes Roberto Pastrán y Fernando Luis Casado a cargo del aparato Nº 1 (matrícula B-108) y los primeros tenientes Roberto Rivolier y Jorge Annino en el Nº 2 (matrícula B-109), quienes llevaban en sus carlingas cinco bombas MK-17 de 1000 libras cada una, con espoletas SSQ.

Inmediatamente después (21.50 hora argentina) hicieron lo propio los Mirage III E de la escuadrilla “Plutón”, tripulados por el mayor José M. Sánchez y el capitán Ricardo A. González, cuya misión era brindar cobertura a los bombarderos3.

Los Canberra llegaron a las islas a las 22.55 hs, el Nº 1 un tanto hacia el noreste, por lo que el avión de Rivolier debió iniciar su corrida de ataque en primer lugar arrojando sus bombas desde una altura de 13.000 metros escapando con un pronunciado viraje hacia el noreste. Así relata el piloto la incursión:

Eran cerca de las once de la noche y unas cinco millas antes de llegar al punto tiramos, porque hay que tener en cuenta que las bombas en su caída libre hacen un vuelo. Yo fui el primero en tirar porque el Baco 1, esto lo supe después, se había desviado un poco al este. Cuando viro para salir por el mismo lugar por donde había entrado, veo cinco resplandores intensos que correspondían a las explosiones y pocos segundos después veo otra serie de resplandores. Era el otro Canberra que también había tirado.

Hasta ahí todo había andado bárbaro, los Mirage nos estaban cuidando y de repente cuando los ingleses se dieron cuenta de que no era una maniobra de diversión, que realmente habíamos tirado con bombas, dijeron “a estos tipos los tenemos que bajar” y ahí empezó el drama de los misiles. El operador del radar Malvinas nos advirtió -cañitas voladoras en el aire- y el jefe de la sección de Mirage nos confirmó luego que vio cinco misiles. Yo personalmente sólo vi uno.

Entonces eyecto los tanques suplementarios y cuando estoy en el viraje veo una luz roja que se aproxima desde la derecha; indudablemente era un misil. Le digo al navegador que largue las contramedidas y así lo hace, pero el misil no nos alcanza porque aparentemente había superado su alcance y agotó el combustible.

Luego de varios cambios de rumbo, el radar Malvinas canta que había una PAC en el aire pero que estaba relativamente lejos, unas 80 millas, lo suficiente como para poder colocar rumbo sur y alejarnos sin que nos alcanzaran. Superado todo esto, se ve que el radar de Malvinas tenía la certeza de que algo había ocurrido con uno de los Canberra por eso nos pregunta qué Baco era el que contestaba. Contesto que era el 2 y me pide que busque al 1 en esa frecuencia de radio. Lo busque en las dos frecuencias previstas pero nunca contestó. Me ordenan, entonces, regresar a la base4.


Rivolier y Annino arrojaron bengalas de señuelo y escaparon hacia el oeste, mientras observaban los resplandores de la batalla en torno a Puerto Argentino. Cuando se retiraban, el radar Malvinas les informó que los perseguía una PAC, la cual se desplazaba a 70 millas náuticas de su posición, acercándose velozmente hacia ellos, pero en ningún momento llegaron a divisarla.

Una vez más, las bombas impactaron muy cerca de donde los británicos habían montado su cuartel general y estuvieron cerca de alcanzar a sus jefes.

Cuando el Canberra de Pastrán llegó al objetivo, el dispositivo antiaéreo británico estaba alerta y reaccionó de manera inmediata.

Casi en el mismo momento en que el avión arrojaba sus bombas, el destructor “Exeter” disparó desde Fitz Roy un Sea Dart que en el límite de su alcance penetró por el portabombas y explotó en su interior. El tanque Nº 1 estalló, envolviendo con sus llamas gran parte del fuselaje y en ese preciso instante el piloto perdió el control.

Volando sin gobierno a 12.000 metros de altura, el bombardero comenzó a caer en tirabuzón obligando a su tripulación a eyectarse.

Pastrán le ordenó a su navegante abandonar la nave y cuando se hallaban a 4000 metros del suelo, accionó la palanca de su asiento y salió despedido hacia la negrura de la noche. Casado, quedó atrapado en la cabina y al no poder salir (aparentemente estaba aturdido) se estrelló con el avión en la Isla Bougainville. Cosa curiosa, un porteño fue el primer piloto muerto en acción (primer teniente Daniel A. Jukic) y otro porteño el último en caer en combate (capitán Fernando Juan Casado).

Mientras Pastrán descendía colgado de su paracaídas, el Canberra Nº 2 y los Mirage volaban de regreso al continente donde aterrizaron a las 23.55, los cazas en primer lugar, seguidos por el bombardero con una diferencia de ocho minutos.

Según los autores de Malvinas. La Guerra Aérea, aquella fue la última acción significativa del conflicto para el Escuadrón 800:

Fue lanzada desde el HMS “Hermes” a las 20.35 y nuevamente a las 22.32 hs a causa de ecos desde el sudoeste. En la primera ocasión los intrusos regresaron cuando la PAC, se aproximaba. En la segunda ocasión los aviones se dirigían al oeste de Port Stanley. Los aviones eran una sección de Canberras (Grupo 2) con una escolta de dos Mirage III. A las 22.55 hs estuvieron en alcance de los Sea Dart a bordo de la HMS ‘Exeter’ y HMS “Cardiff”. Fue entonces cuando uno de los pilotos de la PAC (Sea Harrier) Mike Blisser fue testigo del fogonazo cuando un Sea Dart del HMS “Exeter” impactó y destruyó un Canberra (B-108). El piloto se eyectó con seguridad pero su navegador no pudo hacerlo y murió. La HMS “Cardiff” había disparado a los Mirage III pero a diferencia de la otra, sus Sea Dart resultaron cortos5.


Pastrán cayó en las heladas aguas del mar, muy cerca de la costa y de manera inmediata procedió a inflar su bote. Como tardó bastante en hacerlo, sus manos se le empezaron a congelar pero logrado el cometido, pudo desprenderse del paracaídas y subir a bordo. Navegó en plena noche a la luz de las bengalas arrojadas por los contendientes durante la batalla y al poco tiempo llegó la orilla, completamente agotado.

Pese al cansancio que invadía su cuerpo, logró subir la loma que se elevaba inmediatamente después de la playa y buscó cobijo en una grieta, utilizando el bote como cobertura.

A la mañana siguiente abandonó el refugio y comenzó a caminar por el campo en la más completa soledad, orientándose por el paso de los helicópteros ingleses que iban y venían desde el istmo de Darwin a Puerto Argentino. Caería prisionero de una patrulla británica cuando en la capital se acordaba el cese del fuego y la guerra llegaba a su fin.

La última misión de la Fuerza Aérea Argentina tuvo lugar en la madrugada del 14 de junio, a cargo del Boeing 707 matrícula TC-91 del vicecomodoro Juan Daniel Paulik, quien efectuó exploración y reconocimiento lejano sobre el Atlántico Sur, llevando como tripulantes al vicecomodoro Walter Domingo Barbero (su copiloto), a los suboficiales Carlos Cándido Blazek y José Guillermo Nobile, a los cabos principales Miguel Ángel Salvador y Rubén Oscar Lescano y al cabo primero Ricardo Oscar Coca.  El día anterior, en la misma aeronave, la dotación encabezada por el vicecomodoro Héctor Cid hizo lo propio, cumpliendo idéntico cometido6.

El avión despegó a las 06.20 de El Palomar y con las primeras luces del día inició su patrulla sobre el Atlántico meridional, regresando a la misma base a las 14.40, cuando en Puerto Argentino ya se había decretado el cese de las hostilidades.

-Todo terminó – le dijo al piloto uno de los mecánicos cuando éste bajó por la escalerilla.

Pese al deber cumplido, al heroísmo demostrado a lo largo de casi tres meses de lucha y la determinación de sus hombres al momento de enfrentar la muerte, la pena y la impotencia embargaban al personal de la base, aún cuando la fuerza había salvado el honor cumpliendo su juramento al pie de la letra. Los caídos en combate y las cuantiosas pérdidas sufridas eran prueba de ello.






Notas
1 Tal como explica el capitán García Puebla en los libros del capitán Carballo, la tripulación formaba parte de la Escuadrilla del capitán Juan Nogueira pero ese día, le tocó a él salir como jefe.
2 Pablo Marcos Rafael Carballo, Halcones de Malvinas, op. cit, Cap. LXXXI, “Volando de noche”.
3 Iban armados con cañones de 30 mm y misiles aire/aire Magic/Matra.
4 http://www.aerovirtual.com.ar/Info_Canberra.html, “MK 62 Canberra”.
5 Rodney A. Burden, Michael I. Drapper, Douglas A. Rouge, Colin R. Smith y David A. Wilton , op. cit.
6 Completaban la tripulación el vicecomodoro Rubén Mario Montenegro, los suboficiales principales Andrés Martín Hustey, José Genaro Ramos y Adolfo Santiago Recalde, el cabo primero Marcos Dante Quiroga y el cabo Luis Oscar Roldán.


Fuente: Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur
Autor: Alberto N. Manfredi (h)

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